“El fascismo destruyó países. El nazismo exterminó pueblos. Y sus fantasmas siguen marchando, hoy en traje y corbata.”
Hay palabras que deberían estar enterradas en los escombros de la historia. Pero no mueren. Resurgen. Se transforman. Y vuelven a caminar.
El fascismo nació en Italia en 1922. Fue el régimen de Mussolini, autoritario, ultra nacionalista, enemigo del comunismo y obsesionado con la pureza de la patria. Su doctrina exaltaba al Estado por encima del individuo, silenciaba la disidencia y glorificaba la guerra como instrumento de poder.
El nazismo, su gemelo más oscuro, emergió en Alemania con Hitler en 1933. Adoptó los principios del fascismo, pero le añadió su ingrediente letal: el racismo biológico. El nazismo no solo perseguía el control total del Estado, sino la eliminación física de pueblos enteros. Su proyecto no era solo político, era genocida.
En 1939, Alemania e Italia entraron aliadas a la Segunda Guerra Mundial. Francia fue su enemigo común. ¿Por qué? Porque Francia representaba los restos del viejo orden liberal europeo. Porque había derrotado a Alemania en la Primera Guerra. Porque era potencia colonial, sí, pero también un obstáculo político y militar para el expansionismo nazi. Y porque su alianza con el Reino Unido amenazaba el proyecto de un nuevo Reich dominando Europa. Francia debía caer, y cayó rápido, en apenas seis semanas.
El resultado fue la destrucción total de Europa, la caída de sus regímenes y un trauma histórico que, ocho décadas después, aún no cicatriza del todo.
Hoy el mundo vuelve a escuchar discursos que creía olvidados. El fascismo no lleva botas negras. El nazismo ya no necesita cruz gamada. Pero siguen vivos en los partidos ultras, en los muros que se levantan, en los migrantes que se criminalizan, en los libros que se queman, en los líderes que celebran la brutalidad como si fuera virtud.
Y no están lejos. Están en Italia, en Alemania, en Hungría. En Estados Unidos, en Ucrania. En Israel, en Argentina. En Chile.
Y en las urnas.
Las raíces ideológicas del fascismo y nazismo (1920‑1933)
El fascismo no nació en una cueva, nació en Europa. En la política, en la rabia, en la revancha. Fue un hijo directo de la Primera Guerra Mundial y un nieto bastardo de la Revolución Industrial. No fue una ideología espontánea, fue una construcción metódica, sostenida por el miedo, la frustración y el resentimiento de millones. Se alimentó del caos y prometió orden. Nació para exterminar la disidencia, para glorificar la violencia, para convertir al Estado en un dios.
El nazismo fue su hermano mutante, nacido en Alemania pero con ambiciones más radicales. Agregó a la fórmula el antisemitismo como doctrina de Estado, el racismo como ley y la limpieza étnica como meta. El fascismo fue represión, el nazismo fue exterminio. Ambos crecieron bajo la promesa de restaurar la grandeza perdida, pero construyeron esa grandeza sobre sangre.
En 1922, Benito Mussolini marchó sobre Roma con su milicia negra. No disparó un solo tiro. El rey lo nombró Primer Ministro. El fascismo se instaló en Italia con la venia del poder. Prometía orden, modernización, expansión imperial. En pocos años suprimió sindicatos, partidos, prensa libre y convirtió al Parlamento en una farsa. La dictadura nacía vestida de ley.
En Alemania, el humillante Tratado de Versalles impuso sanciones económicas, desarme y pérdida territorial tras la derrota de 1918. La economía se desplomó. El desempleo alcanzó el 30%. La inflación hizo que una barra de pan costara millones de marcos. En ese terreno fértil emergió Adolf Hitler. En 1920 fundó el NSDAP. En 1923 fracasó en su intento de golpe en Múnich, fue encarcelado y escribió Mein Kampf. En 1933, fue nombrado Canciller. La historia se aceleró.
El odio tenía dirección. Los enemigos estaban claros: comunistas, judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados, opositores. Pero había otro enemigo: Francia. Para Hitler y Mussolini, Francia no solo era un rival militar. Era una amenaza cultural. La cuna de la Ilustración, de la democracia liberal, del pensamiento crítico. Era el espejo que debía romperse. Francia era el adversario interno y externo, al que había que desplazar del centro de Europa.
El fascismo y el nazismo eran ideologías distintas, pero compartían una lógica común consistente en el culto al líder, el militarismo, la expansión territorial, el odio al pluralismo, la aniquilación del otro. Entre 1920 y 1933 no solo se construyó un discurso, se preparó la guerra.
Una alianza nacida de la revancha y el expansionismo (1933‑1939)
Alemania e Italia se unieron por odio y ambición. Los unía la frustración, la rabia nacionalista, la voluntad de aplastar al otro para reconstruirse a sí mismos. No se trataba solo de ideología, se trataba de revancha. Revancha contra las potencias que habían impuesto condiciones humillantes tras la Primera Guerra Mundial. Revancha contra un mundo que no los reconocía como imperios. Revancha contra un orden que les prohibía expandirse.
Mussolini soñaba con un nuevo Imperio Romano. Quería conquistar Etiopía, Libia, los Balcanes. Quería el Mediterráneo como un lago italiano. Hitler quería Lebensraum, espacio vital hacia el este. Quería destruir la URSS, esclavizar a los pueblos eslavos y aniquilar al pueblo judío. Ambos coincidían en un punto clave: el nuevo orden debía construirse por la fuerza.
Entre 1935 y 1939, Hitler y Mussolini probaron los límites del mundo. Primero Etiopía. Luego Austria. Luego Checoslovaquia. Luego España, donde ambos intervinieron militarmente para apoyar al fascismo de Franco. El mundo miró. La Sociedad de Naciones fracasó. Francia y Reino Unido, temerosos, buscaron apaciguar a los dictadores. Y en ese silencio, la alianza creció.
En 1936 firmaron el Eje Roma‑Berlín. Luego, el Pacto Antikomintern. Y en 1939, firmaron el llamado “Pacto de Acero”, una alianza militar total. Ya no era una simpatía ideológica, era una coordinación estratégica. Se preparaban para la guerra. Y Francia estaba en la mira.
¿Por qué Francia? Porque era símbolo y obstáculo. Era símbolo de la democracia, de la resistencia liberal. Pero también era un obstáculo para los planes de expansión hacia Europa Occidental y África del Norte. Francia tenía colonias, ejércitos, influencia. Y Hitler jamás le perdonó la ocupación del Rin ni la firma del Tratado de Versalles. La guerra sería inevitable. Y no sería contra un enemigo lejano. Sería contra el vecino.
Segunda Guerra Mundial: destrucción total (1939‑1945)
El mundo volvió a arder. La guerra que juraron evitar tras 1918 se convirtió en una carnicería sin límites. Los tanques cruzaron fronteras, los cielos fueron invadidos por bombas, y la muerte se volvió rutina.
Alemania inició su expansión con la invasión a Polonia en 1939. Luego Bélgica, Países Bajos, Noruega, Dinamarca. Y después Francia. En menos de un año, el nazismo extendió su sombra sobre media Europa. París cayó. El norte francés quedó bajo ocupación directa del Tercer Reich. El sur fue entregado a un gobierno títere: el régimen de Vichy, dirigido por el mariscal Pétain, colaboracionista con los nazis.
Charles de Gaulle huyó a Inglaterra. Desde Londres organizó la Resistencia Francesa. Grabó discursos, tejió redes clandestinas, unificó fuerzas, inspiró una nación humillada. Fue la voz libre de Francia.
Italia, gobernada por Mussolini, se unió al Eje. Invadió Grecia, Libia, Albania, Etiopía. Pero su ejército era débil. En 1943 cayó el Duce. Tropas aliadas desembarcaron en Sicilia. Italia fue partida. El norte bajo ocupación nazi. El sur bajo mando aliado. Guerra en casa. Ruina total.
Cifras del desastre
Muertos totales durante la Segunda Guerra Mundial: más de 70 millones.
Alemania con 6,9 millones de muertos (civiles y militares). Más de 3 millones de soldados caídos.
Italia con cerca de 500.000 muertos. Roma, Florencia, Milán, Nápoles fueron bombardeadas.
Francia, más de 600.000 muertos. Más de 1 millón de prisioneros. París ocupada. Lyon, Le Havre, Marsella y Caen, bombardeadas y destruidas.
Bombardeo de Dresde en 1945: 25.000 muertos en dos días. Una ciudad de arte convertida en fuego.
Berlín fue bombardeada más de 300 veces entre 1940 y 1945.
Los Aliados liberaron Europa, pero dejaron escombros. Hamburgo, Colonia, Frankfurt, Múnich quedaron hechas polvo. Alemania arrasada. El nazismo derrotado, pero el país en ruinas.
Francia resistió desde las sombras. Sabotajes, redes clandestinas, prensa oculta, transmisiones radiales con Londres. La Resistencia combatió en cada aldea, en cada bosque, en cada estación. Fue el alma invisible de la victoria moral. El Eje perdió. Pero a qué costo.
Un continente entero quedó en ruinas.
La reconstrucción de Europa y la Guerra Fría (1945‑1990)
Europa estaba en ruinas. Ciudades enteras reducidas a polvo. Economías quebradas. Millones de desplazados, heridos, hambrientos. Era reconstruir o morir.
Estados Unidos lanzó el Plan Marshall. No fue caridad. Fue estrategia. Un paquete de USD 13.000 millones para levantar a Europa Occidental y contener la expansión soviética. Alemania Occidental recibió más de USD 1.400 millones. Francia otros 2.500. Italia cerca de 1.200. Fue dinero con condiciones. La reconstrucción se ató al capitalismo. Nacía una Europa alineada.
Pero el Este no entró en esa lógica. Moscú rechazó el plan y consolidó su área de influencia. Nacieron dos bloques. Dos mundos. Dos doctrinas.
En 1949 se crea la OTAN, con sede en Bruselas, para “defender Europa del comunismo”. En 1955, la URSS responde con el Pacto de Varsovia. El continente quedó partido en dos. Muros visibles e invisibles cruzaron el mapa.
Alemania se dividió en dos naciones. Al oeste, la República Federal Alemana, capitalista, industrial, rescatada. Al este, la República Democrática Alemana, bajo control soviético, vigilada por la Stasi. Berlín fue cortada por un muro de 155 kilómetros. Cemento, alambre, torres de vigilancia. Una herida en el corazón de Europa.
Italia, en cambio, reconstruyó sus calles pero no su conciencia. Nunca se hizo una depuración real del fascismo. Muchos jerarcas del régimen fueron reciclados en el aparato estatal. La democracia cristiana tomó el poder, pero las raíces del Duce siguieron vivas en las sombras. El neofascismo sobrevivió en sindicatos, partidos, empresas y cuarteles. La posguerra fue un silencio cómplice.
Francia, bajo De Gaulle, reconstruyó su orgullo. Pero el país se partió internamente. Muchos colaboraron con los nazis. Otros murieron resistiendo. La fractura moral quedó abierta. La guerra terminó, pero el trauma no.
Y mientras se reconstruía Europa, miles de nazis escapaban por las sombras. Huyeron por rutas organizadas llamadas “ratlines”. Desde Austria, Italia y Alemania llegaron a puertos en Génova, Roma o Barcelona. De ahí tomaron barcos hacia Argentina, Chile, Brasil y Paraguay. Otros se refugiaron en Ucrania, donde colaboraron con sectores nacionalistas radicales que los acogieron como aliados contra los soviéticos. Algunos fueron recibidos con honores. Otros vivieron décadas sin ser juzgados. El Vaticano, ciertos gobiernos y redes de ultraderecha colaboraron en el silencio.
Durante 45 años, Europa vivió entre tanques, espionaje, propaganda y miedo. No hubo tiros. Pero fue una guerra en cámara lenta. Un continente partido entre Washington y Moscú. Y en medio, las cenizas del fascismo que nunca se barrieron del todo.
¿Desapareció el fascismo? No. Solo se escondió. (1990‑2010)
Cayó el Muro de Berlín y el mundo celebró el supuesto fin de la historia. Pero lo que murió no fue el fascismo. Solo se mudó de traje. Las esvásticas se guardaron en cajones, los desfiles se apagaron, pero las ideas de odio, supremacismo y ultranacionalismo siguieron vivas.
Mientras Europa se reconfiguraba con la expansión de la Unión Europea y la OTAN, una sombra más densa crecía en los márgenes. El neoliberalismo arrasó con lo público, debilitó el Estado y empobreció a millones. Esa mezcla de frustración, desigualdad y nostalgia fue el caldo de cultivo perfecto para que emergieran nuevas fuerzas neofascistas.
En Francia, Jean-Marie Le Pen llegó a segunda vuelta en 2002. En Austria, Jörg Haider encendía discursos xenófobos sin pudor. En Italia, Berlusconi rehabilitaba a ex miembros del MSI con total impunidad. En España, grupos ultras retomaban símbolos franquistas. El odio se reciclaba con lenguaje democrático.
La caída del comunismo no trajo la paz prometida. Trajo una expansión del mercado sin contrapesos, un sálvese quien pueda que dejó huérfanos ideológicos a millones. Y en esa orfandad creció la idea de que la democracia había fallado. El fascismo, disfrazado de “nuevo orden”, empezó a volver.
América Latina también vivió lo suyo. En Chile, las bases sociales de la dictadura nunca desaparecieron. En Argentina, los grupos más duros del menemismo sentaron las bases del ultraliberalismo actual. En Brasil, el “orden y progreso” se transformó en culto a la fuerza y desprecio por los derechos.
El regreso con nuevas formas: redes, miedo y desinformación (2010‑2024)
El fascismo ya no marcha por las calles con antorchas. Ahora circula por las redes. Tiene forma de tuit, de meme, de cadena de WhatsApp. No usa botas negras, usa algoritmos. La violencia no siempre es física. Basta con sembrar odio a través del miedo.
Giorgia Meloni, con un discurso identitario y nostálgico del pasado fascista, llegó a ser la primera ministra de Italia. En Alemania, Alternativa para Alemania (AfD) se consolidó como la tercera fuerza política del país. En Francia, Le Pen gana terreno cada año. En España, Vox ya se sienta en gobiernos regionales. En Hungría, Viktor Orbán gobierna desde hace más de una década con autoritarismo y xenofobia como doctrina de Estado.
Pero no es solo Europa. El virus es global. En Chile, sectores del pinochetismo se rearticulan con discursos de odio y negacionismo. En Argentina, el libertarismo ultra de Milei mezcla fascismo, antisindicalismo y antisistema con exaltación del mercado salvaje. En Estados Unidos, el trumpismo rehabilitó el racismo, el negacionismo climático y el desprecio por las instituciones democráticas. Bolsonaro en Brasil fue la versión tropical de esa misma ola.
Las redes sociales se han convertido en las nuevas trincheras. Plataformas que prometían conectar al mundo terminaron amplificando el odio. El algoritmo premia lo extremo. La mentira viaja más rápido que la verdad. Y mientras la desinformación se multiplica, los discursos fascistas se presentan como “alternativas legítimas” ante el fracaso de los modelos tradicionales.
El fascismo de hoy se camufla. No necesita tanques ni himnos. Le basta con el caos informativo y el desencanto ciudadano. Ese es el nuevo campo de batalla. Y lo estamos perdiendo.
Ucrania, neonazismo y la paradoja occidental
Occidente dice combatir el fascismo pero financia batallones neonazis. Esa es la paradoja de Ucrania. El Batallón Azov, una milicia con símbolos nazis en sus uniformes, no solo fue tolerado, sino incorporado a las Fuerzas Armadas ucranianas. La narrativa oficial lo blanqueó como una “unidad patriótica”. Pero su origen y acciones siguen manchadas por crímenes y xenofobia.
Rusia instrumentaliza este hecho para justificar su invasión. Dice combatir el fascismo cuando en casa reprime, encarcela y persigue a sus opositores. El antifascismo ruso es un disfraz geopolítico. No hay pureza moral en esta guerra.
La OTAN mira hacia otro lado. Calla. Se hace la ciega cuando los aliados adoptan posturas que en otros contextos serían inaceptables. ¿Por qué? Porque el enemigo estratégico sigue siendo Rusia y China. Y en esta lógica binaria, todo lo que sirva para debilitar a Moscú se tolera. Incluso el neonazismo.
La paradoja no termina ahí. Zelenski, un presidente judío, lidera un país que convive con células ultraderechistas armadas. Es la guerra del siglo XXI. Llena de contradicciones, de hipocresías, de relatos rotos.
Aunque Zelenski no tiene vínculos personales con el nazismo y su ascendencia judía lo posiciona como víctima del Holocausto, su mandato ha convivido (y legitimado) a grupos ultranacionalistas de inspiración nazi. El Batallón Azov no es un mito ruso. Existen fotos, símbolos, comunicados, desfiles y declaraciones. El lobo negro de la insignia, el saludo fascista, la iconografía SS. Todo documentado, todo omitido por los grandes medios occidentales. ¿Por qué? Porque admitirlo desmonta el relato de una guerra entre el bien y el mal. Y eso es lo último que quieren Washington, Bruselas o Londres.
Zelenski no los disolvió. No los enfrentó. Los integró al Estado. Les permitió crecer. Calló cuando se alzaban voces dentro de Ucrania pidiendo desmilitarizar a los grupos neonazis. El silencio no es neutral. Es complicidad. Y aunque el foco mundial está puesto en la invasión rusa (cruel, inaceptable y condenable), la historia no puede escribirse con omisiones selectivas. El nazismo, aunque sea minoritario, no puede tolerarse en ninguna bandera. Ni siquiera bajo la excusa de la defensa nacional
El fascismo económico: desigualdad extrema y odio de clase
El fascismo no solo viste uniforme. También se disfraza de tecnócrata, de CEO, de banquero central. Hoy, el autoritarismo no necesita tanques, sino tasas de interés. No necesita campos de concentración, sino deuda externa.
En 2024, el 1% más rico controla más del 43% de la riqueza mundial. Mientras miles de millones sobreviven con menos de 6 dólares al día. Las empresas más poderosas del planeta tienen más caja que muchos Estados. BlackRock, Amazon, ExxonMobil, Nestlé son corporaciones que deciden más que muchos presidentes.
Esa desigualdad no es solo injusta. Es gasolina para el odio. Y ese odio se canaliza con discursos fascistas. Contra el inmigrante. Contra el pobre. Contra la mujer. Contra el diferente.
Javier Milei en Argentina no representa solo un experimento libertario. Representa una élite desesperada por mantener sus privilegios. Detesta al Estado, pero no a las empresas públicas que puede privatizar. Promete libertad, pero gobierna con decretos. Ataca a los débiles, no a los poderosos. Y tiene como ídolo a Margaret Thatcher, la dama de hierro que aplastó sindicatos y amasó fortuna para los ricos.
Donald Trump en EE.UU. mezcla populismo, supremacismo blanco y ultraliberalismo. Quiere cárcel para los migrantes pero no para los banqueros. Pide orden pero aplaude la insurrección del Capitolio. Denuncia el fraude que nunca existió y vende gorras a 49,99 USD. Su base lo adora porque promete devolverles el poder perdido. Pero ese poder no es económico. Es racial.
Ambos, Milei y Trump, son síntomas. No causas. Emergen de una sociedad fracturada, desconfiada y manipulada.
Donde el miedo reemplazó al diálogo. Y donde el fascismo ya no se impone. Se elige.
El fascismo económico no necesita tanques. Necesita hambre. Necesita miedo. Necesita una población quebrada y desesperada que acepte cualquier cosa con tal de sobrevivir. La historia lo demuestra. Y hoy, en 2024, los indicadores están todos sobre la mesa. El capital financiero global acumula cifras récord mientras la vida humana se precariza.
Y en ese abismo crece la rabia. Y en esa rabia florecen los monstruos.
América Latina es el laboratorio de la ultraderecha
Las dictaduras latinoamericanas del siglo XX no solo fueron golpes militares. Fueron ensayos políticos. Campos de prueba. Laboratorios donde se experimentaron formas crudas de autoritarismo neoliberal. Chile con Pinochet, Argentina con Videla, Brasil con Geisel. Todos distintos en discurso, pero idénticos en método: desapariciones, represión, shock económico.
Esos regímenes no murieron. Se transformaron. Cambiaron de uniforme y se disfrazaron de tecnocracia. Hoy regresan en versión 2.0, con campañas en TikTok y promesas de libertad que solo encubren odio.
Javier Milei no es una excentricidad. Es la síntesis argentina del experimento ultraderechista. Mezcla lo peor de Pinochet, lo más bufonesco de Bolsonaro y lo más brutal del anarcocapitalismo. Ataca a los pobres, destruye el Estado, desprecia los derechos humanos. Pero lo hace entre aplausos. En televisión.
En Chile, el negacionismo avanza. La ultraderecha blanquea la dictadura y reivindica la tortura. Mientras tanto, en EE.UU., Trump levanta el mismo discurso de odio que hizo posible Auschwitz. Y nadie lo detiene.
Nada de esto es casual. Luego de la Segunda Guerra Mundial, miles de nazis escaparon hacia América Latina. Se refugiaron en barrios de Buenos Aires, en las playas del sur de Chile, en las selvas paraguayas. No llegaron solos. Trajeron ideología, redes, y una sed de poder que sigue viva. Lo peor: no llegaron vencidos, llegaron impunes.
¿Qué mundo veremos en 2030 y 2035?
Si el pasado fue brutal, el futuro puede ser peor. O no. Todo dependerá de nosotros.
Según The Economist y el Pew Research Center, las tendencias de ultraderecha crecerán si se combinan tres factores: crisis migratorias, inseguridad económica y desinformación digital. El CSIS advierte que, sin nuevos pactos sociales, Europa podría enfrentar una nueva ola autoritaria antes del 2035. Y no solo Europa.
El cambio climático empujará a millones fuera de sus territorios. Las guerras por agua y energía se multiplicarán. La inteligencia artificial redefinirá el trabajo y la privacidad. Las democracias no caerán por un golpe militar, caerán por apatía.
En 2024, la AfD alemana alcanza un 22% de apoyo. Meloni gobierna con un 26%. Le Pen roza el 27%. Más de 400 grupos neonazis están activos en Europa, según Europol.
En redes sociales, más del 80% del contenido de odio está dirigido a inmigrantes, mujeres o disidencias. Y el algoritmo lo amplifica. El fascismo ya no grita en la plaza. Susurra desde un teléfono.
Si no entendemos el nexo entre desigualdad, exclusión, crisis ecológica y odio político, el 2030 nos pasará por encima
También en América Latina florecen las réplicas locales del virus fascista. Bolsonaro no cayó, se replegó. Su red sigue activa, su discurso sigue vivo. Kast, en Chile, representa una herencia directa del pinochetismo disfrazado de orden moral. En El Salvador, Nayib Bukele concentra poder como un caudillo digital. En Perú, en Paraguay, en Colombia, el discurso antiinmigrante y autoritario gana terreno. Y no olvidemos que Trump logró un segundo mandato. El péndulo global no se detuvo, solo está tomando impulso.
Y si el mundo no aprende, el 2035 será demasiado tarde. El cambio climático no esperará. La desigualdad será aún mayor. La inteligencia artificial decidirá lo que hoy decide la política. La ultraderecha ya entendió que el poder no se toma con tanques sino con algoritmos, con miedos, con votos envenenados.
Si los pueblos no despiertan, el fascismo no regresará, ya estará instalado….
Aún hay tiempo si despertamos
La historia no se repite, pero rima. Hoy, como en los años treinta, hay miedo, hay rabia, hay desigualdad. Y hay líderes dispuestos a usarlo todo como combustible.
El antifascismo no es una ideología. Es una defensa activa de la memoria. Una vacuna cívica. No se trata de izquierdas o derechas. Se trata de humanidad o barbarie.
El 2030 no será un año más. Será una encrucijada. O fascismo con Wi-Fi y drones, o democracia con justicia y conciencia planetaria.
¿De qué lado estarás tú cuando todo se decida?
Pero aún hay tiempo. La historia no está escrita en piedra. Las generaciones que sobrevivieron al horror construyeron Europa con memoria, con pacto, con derechos. Hoy, ese mismo impulso debe renacer, global, transversal, joven, sin fronteras. Un nuevo humanismo debe reemplazar al odio, y una nueva ética digital debe enfrentar las mentiras que intoxican la democracia. Porque donde hay verdad, no hay fascismo.
Podemos elegir un mundo distinto. Uno donde la riqueza no valga más que la vida. Donde gobernar no signifique explotar. Donde el poder no lo tenga el que más grita, sino el que más escucha. Donde la Tierra no sea un botín, sino un hogar. La pregunta no es si es posible. La pregunta es si despertaremos a tiempo.
Y aún estamos a tiempo.
CIFRAS DURAS INCORPORADAS
• PIB destruido en 1945:
Alemania -65%, Italia -58%.
Muertes civiles globales en la Segunda Guerra Mundial: más de 60 millones.
• Apoyo a partidos de ultraderecha en 2024: AfD (22%), Meloni (26%), Le Pen
(27%).
• Discursos de odio digital dirigidos a inmigrantes o minorías: +80%.
• Grupos neonazis activos en redes europeas: más de 400 (Europol, 2023).
Bibliografía y fuentes de referencia
Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Editorial Taurus.
Payne, Stanley. Historia del fascismo. Editorial Planeta.
Paxton, Robert. La anatomía del fascismo. Editorial Península.
Traverso, Enzo. Los nuevos rostros del fascismo. Siglo XXI.
Snyder, Timothy. Sobre la tiranía. Editorial Galaxia Gutenberg.
Gentile, Emilio. Fascismo. Historia e interpretación. Alianza Editorial.
Mazower, Mark. La Europa negra. Desde el fascismo hasta los años de guerra. Crítica.
Griffin, Roger. The Nature of Fascism. Routledge.
Hobsbawm, Eric. Historia del siglo XX. Crítica.
Judt, Tony. Postguerra. Una historia de Europa desde 1945. Taurus.
Naciones Unidas y Unesco – informes sobre derechos humanos, racismo y extremismos (2020–2024).
The Guardian, Le Monde, El País, Der Siegel, The New York Times – coberturas recientes sobre la ultraderecha en Europa, EE. UU. y América Latina (2018–2025).