Por: Maximiliano Manzoni . Fuente: Agencia InnContext
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Cómo poner la ética en el centro de las discusiones para hacer frente al cambio climático. Especialistas, observadores y actores en territorio reflexionan sobre cómo garantizar que las voces de todos estén representadas en la mesa global que define el futuro ante un mundo cada vez más caliente.
En un mundo que se debate en el andarivel entre intereses comerciales y tensiones políticas a la hora de hacer frente a temas tan sensibles como transicionar hacia una era sin fósiles y reducir la deforestación, son cada vez más las voces que cuestionan el actual modo de decidir y consensuar políticas, y la capacidad de estos procesos de otorgar el impulso necesario en esta década crítica.
¿Cómo cubrir la distancia entre los instrumentos que hemos creado y la ambición que necesitamos?
Un elemento que sorprende a Manuel Pulgar-Vidal, abogado y exministro del Ambiente de Perú, actualmente líder global de Clima y Energía en World Wildlife Fund (WWF), es la ausencia de la dimensión ética en las discusiones climáticas formales. “Creo que no me equivoco si digo que la única voz que traía el elemento ético al debate climático era el papa Francisco, por su encíclica y por su exhortación apostólica en la COP28, pero no más que ello”, dice Pulgar-Vidal. El experto cree que esta falta atraviesa las conversaciones porque “las consecuencias del cambio climático requieren fundamentalmente un enfoque ético. No hay forma de enfrentar las consecuencias climáticas si no es con solidaridad”.
Aunque la mirada solidaria se expresó en 2025 a través de algunos compromisos coordinados de países, sectores privados y organizaciones —incluyendo el llamado Fondo Bosques Tropicales para Siempre (TFFF, por sus siglas en inglés), lanzado por Brasil con el apoyo de diversos gobiernos europeos y bancos multilaterales—, debido a que estos esfuerzos no fueron parte del proceso formal de las negociaciones de la última conferencia del clima en Belém, el riesgo cada vez mayor es que sean “fuegos artificiales” o un “carrusel de caballitos para distraernos, pero a la hora de la decisión, ¿dónde quedó?”, explica con analogías el experto.
Otro gesto —tanto simbólico como de implicancias bien materiales— fue la presencia misma de las negociaciones climáticas en las “puertas de la Amazonía” durante la COP30. Aunque no exento de críticas debido a las dificultades logísticas que rodearon a la conferencia, para Carolina Passet, investigadora y licenciada en Relaciones Internacionales, “este proceso de conversaciones climáticas globales no podía no contar con el aporte de los territorios y de las comunidades”. Passet, quien es parte de Argentina 1.5, un grupo de investigadoras, especialistas y activistas en pos de la transición en el país sudamericano, definió una tensión presente a lo largo de las dos semanas en Brasil: “el conocimiento científico por sí mismo no basta, debe necesariamente ir acompañado del diálogo con el conocimiento local, el conocimiento tradicional, el conocimiento indígena”. Durante la conferencia, uno de los momentos más álgidos fue cuando, el 11 de noviembre, una protesta con presencia de representantes de pueblos indígenas terminó en una confrontación con miembros de la seguridad, que derivó en personas heridas.
“Todos reconocen la existencia de las leyes”, dice Passet, “la existencia de los marcos internacionales…, pero esperan ciertas decisiones en torno a mejores y más directos mecanismos de financiamiento”. Passet y Argentina 1.5 trabajaron antes y durante la conferencia con un grupo variado de actores que incluía desde recicladores y brigadistas amazónicos hasta aliados en el Gran Chaco —que abarca tanto a Argentina como a Bolivia y Paraguay— y voces científicas. El tema ético fue uno de los primeros en surgir de estos diálogos. “La necesidad que todos nos plantearon es la de ser considerados actores y actoras climáticos. Aunque las soluciones llegan, continúan realizando un trabajo invisibilizado o no reconocido lo suficiente”.
Superar el “multilateralismo a medias”
Uno de estos actores es Severino Lima Junior, reciclador organizado en una cooperativa en Natal, en el noreste de Brasil, parte de la União Nacional de Catadores e Catadoras de Materiais Recicláveis (
Para el reciclador, el desafío no es solo mejorar la cantidad sino la calidad de la representación, con más miradas, principalmente de actores que hoy no están ahí. El sector de residuos, que persiste con desafíos que van desde la producción de plásticos derivados de combustibles fósiles y las emisiones de metano de vertederos a cielo abierto hasta la informalidad que lo vuelve vulnerable a fenómenos extremos, tiene como próximo objetivo “transferir todo ese legado constituido de la rama de recicladores a representantes indígenas y de las mujeres”.
Ese desafío, comparte Caroline Rocha, directora de LACLIMA, un observatorio de las políticas en la temática en Brasil y el mundo, no puede cumplirse si no se supera “el multilateralismo a medias” que aqueja al proceso de las COP en particular y a las discusiones sobre cambio climático en general. Es un desafío de considerable tamaño, piensa Rocha, ya que necesita de “una gobernanza con menos captura corporativa y más participación de los actores vulnerables”. De acuerdo con análisis independientes, en la COP30 participaron lobistas de empresas de combustibles fósiles y de la agroindustria, dos de los sectores con mayor responsabilidad en las emisiones de gases de efecto invernadero. Más de 5.000 lobistas de empresas de combustibles fósiles participaron en las negociaciones del clima de Naciones Unidas en las cuatro conferencias del clima anteriores a la de este año.
En Belém fueron más de 1.600, una cantidad que supera a todas las delegaciones excepto la del país anfitrión, Brasil. Estos datos fueron revelados por un análisis publicado por Kick Big Polluters Out (“
Esto significa que uno de cada 25 participantes de la COP30 en Belém representa a una industria de combustibles fósiles, según el análisis. Y aunque el número total es menor al de la COP28 en Dubái, en comparación con la cantidad de asistentes es un porcentaje similar. Son datos que, acotados solo a uno de los espacios donde el clima se vuelve central, muestran la cantidad de intereses en juego.
También es un desafío ético “crear mecanismos financieros que permitan a países del Sur Global presidir y acoger conferencias sin depender de patrocinios controversiales”. Durante la COP30, por ejemplo, el espacio organizado por sectores de la agroindustria tuvo más de 300 lobistas en una conferencia que, pese a realizarse en la Amazonía, no pudo avanzar en una hoja de ruta para revertir la deforestación.
Ya antes de las disputas que se volvieron imposibles de ignorar en la COP30 —como el papel de países petroleros en retrasar discusiones sobre la transición energética—, organizaciones como Transparencia Internacional habían llamado a rediseñar el proceso de las COP y de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Rocha comparte el diagnóstico y propone varias alternativas: una es reducir la fatiga de las negociaciones y de las “reuniones interminables, priorizando espacios más pequeños, frecuentes y orientados a soluciones”; la otra es promover “otros espacios” dentro de las conferencias donde los países hablen “de su progreso”.
Lo que es claro tanto para Rocha como para otras personas, como Pilar Bueno, directora ejecutiva de Argentina 1.5, es que se debe tener cuidado al formular una necesaria crítica a los actuales procesos de negociación climática, evitando al mismo tiempo favorecer a actores maliciosos que no tienen interés en mejorar la integridad y la participación, sino en derrumbar lo construido —entre lentitudes y promesas— en los últimos diez años desde el Acuerdo de París.
“Estamos en un contexto de multilateralismo dañado”, reflexiona Bueno, “debido a mezquindades políticas de distintos actores. Tenemos legalizada y legitimada una batalla entre actores que nos estamos peleando por quién es más pobre, quién es más vulnerable”.
Para Bueno, “el balance ético global viene a poner sobre la mesa cosas obvias: que no todos estamos sentados a la mesa. No queremos más multilateralismos parciales; no hay multilateralismo a medias. O es para todos o no sirve”.
“Este artículo fue producido con el apoyo de Agencia de Noticias InnContext”