Por: Hugo Pereira. Fuente: Heñoi
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Configuración y consolidación del modelo de concentración de tierras
En Paraguay, la expansión del agronegocio agudizó una de las problemáticas estructurales más persistentes del país: la concentración de la tierra (Fogel, 2013). Este fenómeno constituye la herencia de un prolongado proceso de exclusión social iniciado en el período colonial, cuando la producción y exportación de bienes como la yerba mate y el tabaco generaban beneficios exclusivos para las élites nacionales e internacionales, en tanto que la mayoría de la población paraguaya permanecía sumida en la pobreza (White, 1989).
Durante las primeras décadas del Paraguay independiente, dicha estructura sufrió una modificación significativa. En los primeros sesenta años, particularmente bajo el liderazgo del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia a partir de 1814, el Estado asumió un rol protagónico en la administración del territorio, orientando su uso hacia el fortalecimiento de la agricultura familiar campesina. En ese período, la totalidad del Chaco y más del 95% de las tierras de la región oriental se encontraban bajo dominio estatal (Souchaud, 2007). Rodríguez de Francia desplazó a la oligarquía como actor político hegemónico y consolidó su poder sobre la base del campesinado, impulsando la reforma agraria más radical de América Latina (Fogel, 2017).
Este contexto representó una etapa de notable prosperidad para la población campesina, que, si bien carecía de lujos, no padecía hambre (Rojas, 2017). No obstante, dicho período concluyó tras la Guerra de la Triple Alianza —conflicto que enfrentó a Paraguay con Brasil, Argentina y Uruguay—, a partir de la cual el país experimentó un proceso de recolonización. En adelante, la explotación forestal de carácter latifundista y la exportación de materias primas se convirtieron en los ejes centrales de la economía nacional (Creydt, 2010). A las pérdidas territoriales derivadas del conflicto se sumó la enajenación de tierras públicas por parte de los gobiernos de posguerra en favor del capital internacional, lo que consolidó la estructura latifundista (Pastore, 1972).
En 1883 se estableció una ley pionera en la legislación agraria paraguaya, que autorizaba al Poder Ejecutivo a vender tierras públicas, preferentemente a sus arrendatarios y ocupantes. No obstante, el abrupto incremento en el costo de los alquileres y los plazos perentorios estipulados para el pago al contado impidieron que los pequeños productores pudieran cumplir con estas nuevas exigencias. Como consecuencia, miles de agricultores perdieron sus tierras sin posibilidad de adquirirlas (Pastore, 1972). Este proceso de eliminación del minifundio y expansión de la gran propiedad se intensificó en 1885 con una ley que permitió al gobierno la “enajenación total de las tierras fiscales, estuvieran o no ocupadas” (Pastore, 1972: 226). Las familias campesinas quedaron así cercadas por los alambrados de los nuevos propietarios, y sus reclamos solo encontraron como respuesta la invocación por parte de los latifundistas del derecho absoluto de propiedad (Pastore, 1972). En las décadas siguientes, las restricciones se endurecieron. En 1944, un decreto gubernamental negó al campesino considerado “intruso” los derechos establecidos en las leyes agrarias desde 1918, y otro decreto posterior eliminó la obligación de reubicar a los campesinos desalojados de predios privados (Pastore, 1972: 389-390).
Finalmente, la venta de tierras públicas, su adjudicación irregular a personas ajenas a los objetivos de reforma agraria y la irrupción del modelo agroexportador en la década de 1970, que demandaba grandes extensiones, agotaron los terrenos fiscales y encarecieron los privados. Estos factores redujeron drásticamente la colonización campesina planificada, evidenciada en la caída de parcelas habilitadas en colonias oficiales de 18.078 en el trienio 1976/1978 a apenas 7.773 en el trienio siguiente (Fogel, 1989). En las últimas décadas, la economía paraguaya profundizó su especialización agroexportadora, reforzando la inserción del espacio rural en el mercado global (Pereira, 2020).
Uno de los rasgos estructurales del acaparamiento de tierras, identificado por Borras et al. (2011), es la transformación en el uso del suelo, proceso que conlleva la conversión de bosques nativos o de tierras anteriormente destinadas a la producción de subsistencia en superficies orientadas a la generación de biocombustibles y otros bienes con fines de comercialización. Según los autores, las formas de acceso y control de la tierra pueden concretarse mediante mecanismos tanto legales como ilegales. El acaparamiento de tierras orientado a satisfacer la demanda del mercado mundial no constituye una práctica exclusiva de los países del norte global. Algunos países del sur global, cuyos propios territorios también se encuentran concentrados en manos de terratenientes extranjeros, participan igualmente en procesos de acaparamiento de tierras en naciones vecinas, como lo hacen Brasil y Argentina (Sosa Varrotti, 2017).
Entre la concentración y la minifundización: desigualdades persistentes en la estructura agraria paraguaya (2008–2022)
De acuerdo con el Censo Agropecuario de 2022, la superficie agropecuaria identificada fue de 30.401.660 hectáreas, lo que representa una reducción de 685.233 hectáreas (2,2%) en comparación con el censo de 2008. No obstante, la concentración de la tierra se mantuvo prácticamente sin cambios. Aproximadamente 2.000.000 de hectáreas (6,5% del total censado en 2022), correspondientes a fincas de menos de 50 hectáreas, están distribuidas entre más de 255.000 productores, que constituyen el 92% del total. Este segmento incorporó 11.872 hectáreas más respecto a 2008. En el extremo opuesto, cerca de 23.000 terratenientes (8% del total) son propietarios de más de 28.000.000 de hectáreas, que representan el 93,5% de todas las tierras. Este segmento redujo su superficie en 1.317.091 hectáreas respecto a 2008, lo que equivale a una disminución del 4,4% (Cuadro 1).
Los extremos de la distribución evidencian la persistencia de la desigualdad en el acceso a la tierra, a pesar de una leve reducción en el segmento de mayor concentración. En el último estrato del cuadro 1, que agrupa las fincas más extensas, más de 12.000.000 de hectáreas (casi el 40% de la superficie agropecuaria total) se encontraban en 2022 en poder de 182 productores, es decir, el 0,07%. Esta proporción se mantiene igual a la de 2008, aunque el número absoluto de productores sea ligeramente menor. Por otra parte, al sumar los dos primeros estratos (1 y 2), se observa que la proporción de superficie en manos de productores con menos de 5 hectáreas se mantuvo en 0,8%, igual que en el 2008 en términos proporcionales. En términos absolutos equivale a más de 229.000 hectáreas en 2022, es decir, 8.282 hectáreas menos de las que poseía este segmento en 2008. La comparación de los datos censales, de 2008 y 2022, también permite observar que la cantidad de productores con menos de 5 hectáreas aumentó en 3.600, lo que confirma un proceso de minifundización en este segmento: hay menos tierras pero más productores.
Cuadro 1. Superficie de terrenos y productores individuales, según tamaño de fincas. Año 2022 (en números absolutos y porcentuales)

Fuente: Elaboración propia con base en datos del Censo Agropecuario 2022.
A pesar de una leve variación negativa respecto al año 2008, la curva de Lorenz elaborada con los datos del Censo Agropecuario de 2022 confirma gráficamente la persistencia de una marcada desigualdad en el acceso a la tierra en Paraguay (Gráfico 1). El índice de Gini calculado, de 0,9738 en 2022, evidencia la proximidad de la distribución de la tierra a una situación de desigualdad absoluta (Pereira y Solís, 2024).
Gráfico 1. Curva de Lorenz. Nivel de concentración de la tierra. Año 2022

Reflexiones finales
La elevada concentración de la tierra y la simultánea reducción del territorio campesino, especialmente el compuesto por las fincas de menor tamaño, son el resultado del modelo de desarrollo que se ha consolidado en Paraguay durante el último período intercensal (2008-2022): el agronegocio. Esto se encuentra relacionado con el acaparamiento de tierras por parte de apenas cuatro rubros, cultivados principalmente por la agricultura empresarial (soja, trigo, maíz y arroz de riego), destinados mayoritariamente a la exportación, los cuales ocupan el 93% de la superficie cultivada del país. El aumento en la proporción de tierra ocupada por estos mismos productos entre 2008 y 2022 confirma lo señalado por Gras y Hernández (2013) sobre la especialización del agronegocio en muy pocos cultivos, ratificando así la tendencia concentradora a la que se referían Giarracca y Teubal (2008).
La disminución de la proporción de superficie cultivada ocupada por los demás cultivos temporales, que se redujo a solo un 7% en 2022, tiene serias implicancias para la seguridad alimentaria de la población paraguaya en general, y de la campesina en particular. Una menor extensión de tierra dedicada a la producción de cultivos para el consumo interno profundiza la dependencia de la importación de alimentos y expone a la población a los riesgos de la volatilidad de los precios de los productos importados. Un mercado garantizado para los rubros agropecuarios producidos a gran escala ha incentivado en las últimas décadas la inversión en la compra de tierras rurales por parte de ciudadanos extranjeros, quienes han visto en la producción y exportación un negocio rentable y con importante sostenibilidad económica a lo largo del tiempo (Pereira, 2020).
Nota al pie
[1] Docente e investigador categorizado en el Sistema Nacional de Incentivos a Investigadores del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología del Paraguay.
Referencias bibliográficas
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Pereira, H. y Solís, H. (2024). “Evolución de la estructura agraria paraguaya.: Concentración persistente entre 2008 y 2022”. En Revista de Ciencias Sociales. Vol. 37. N° 55. (pp.1-24). https://doi.org/10.26489/rvs.v37i55.8
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