Por: Maximiliano Manzoni. Fuente: Agencia InnContext
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Es múltiple el desafío de mitigar y adaptarnos al cambio climático, la presión sobre la biodiversidad y los costos de la transición energética. Pero América Latina puede mirarse a sí misma no solo para aprender de sus soluciones basadas en la naturaleza, sino también para dar pistas al mundo sobre el poder de estas soluciones cuando son las mismas comunidades que están en primera línea de los impactos climáticos las que las piensan, diseñan y lideran.
Es lo que sostiene Fabiana Menna, de la Fundación Gran Chaco, una organización que trabaja con redes de mujeres indígenas entre Argentina y Paraguay. Menna puntualizó que el Chaco es “el segundo ecosistema más importante de Sudamérica” y que sufre grandes desafíos como la pobreza y el cambio climático.
La estrategia de la Fundación Gran Chaco se enfoca en abordar estos desafíos a través de un desarrollo productivo que busca generar ingresos para combatir la pobreza, “mientras se garantiza la conservación de los recursos naturales”. Una parte integral de esta labor es la conexión de las mujeres rurales no solo con los desafíos climáticos, sino también con las soluciones digitales. Un ejemplo concreto, señala Menna, es la instalación de nodos de conectividad a Internet en cinco comunidades de las provincias de Santiago del Estero, Jujuy, Salta y Formosa.
Esto significó no solo la conexión, sino también “un sistema donde mujeres de las comunidades se enseñaban unas a otras cómo usar computadoras”. Muchas empezaron a digitalizar información sobre costumbres, cultura y gastronomía de sus pueblos, algo esencial para ampliar la dimensión del cuidado de ecosistemas como los bosques y pastizales. Menna enfatizó la necesidad de utilizar y escalar el conocimiento tradicional indígena. “Necesitamos reforzar la recolección del conocimiento tradicional sobre soluciones basadas en la naturaleza para que luego pueda ser sistematizado y presentado a la academia, y así escalar en otras regiones del mundo”.
Esa necesidad será esencial, según Menna, para garantizar que proyectos de compensación por el cuidado de bosques —como los crecientes esquemas de créditos de carbono y biodiversidad, tanto en los mercados voluntarios como regulados— garanticen no solo el consentimiento previo e informado de las comunidades locales, sino también su participación y valoración directa. “Se identificó una clara oportunidad para amplificar las experiencias territoriales y lograr un impacto global a través de alianzas estratégicas. Allí estamos avanzando para que, en territorios liderados por mujeres rurales, se realice reforestación con especies nativas y protección de bosques preexistentes en 100 mil hectáreas del Gran Chaco”.
La región, arreciada por el avance de la deforestación y los incendios forestales en los últimos diez años, no solo es una ecorregión esencial para la regulación de las temperaturas de Sudamérica: es un bioma sensible con gran diversidad ambiental y social, como territorio de pueblos indígenas como los Nivaclé, los Yshir y los Guaraní Ñandeva, además de los Ayoreo en aislamiento voluntario, y hogar de especies amenazadas o casi amenazadas como el jaguar, el pecarí quimilero, el armadillo gigante y el tapir. Científicos han advertido que el Chaco ya tiene amenazada su capacidad de almacenar carbono, de retener agua y de canalizar la lluvia que llega desde la Amazonía como humedad atmosférica —los llamados ríos voladores— debido a la acelerada deforestación, la ampliación de la frontera agropecuaria y otros usos del suelo.
“Construir soluciones donde las comunidades no sean espectadores pasivos es un camino necesario, pero no sencillo”, asegura Ibel Diarte, líder indígena Qom en la Cooperativa Comar y una de las personas a cargo de liderar la fusión entre el conocimiento tradicional y las herramientas digitales. Ibel representa a 2.600 mujeres Qom que trabajan a través de la artesanía, la agricultura y la ganadería a orillas del río Pilcomayo, que separa a Argentina y Paraguay.
Para la lideresa, el objetivo es que las soluciones basadas en la naturaleza reflejen “un enfoque codiseñado e integrado entre economía y ecología, donde la salud de los ecosistemas determina la seguridad alimentaria y económica”.
Las prácticas tradicionales se basan en un profundo sentido de cuidado del entorno. “Cuando nosotras hablamos de conservación, hablamos del cuidado”, dice Diarte. Las mujeres que extraen del bosque las fibras necesarias para las artesanías, como las hojas de palma, lo hacen al mismo tiempo que recolectan sus plantas medicinales. “Ahora estamos desarrollando el tema del algarrobo, donde las prácticas que utilizamos entre distintas comunidades pueden ser compartidas a través de la aplicación de la tecnología”.
Aprender a confiar para conservar juntos
La idea de los mercados de carbono y las comunidades indígenas es un tema peliagudo. En los últimos años han sido numerosos los escándalos en los que pueblos enteros han sido estafados o dejados fuera de esquemas millonarios que se aprovechan de su trabajo y conocimiento sin la valoración correspondiente. Y, sin embargo, sostiene Fermín Chimatani Tayori, este tipo de esquemas son una pata necesaria para lograr la conservación de la Amazonía.
Chimatani Tayori es líder del pueblo Harakbut de Perú, que vive entre los ríos Madre de Dios e Inambari. Para él, la gobernanza indígena tiene un papel crucial, porque la apariencia de autosuficiencia de un bosque es engañosa: en realidad es el resultado de una gestión activa. “Cuando vuelas sobre el bosque puedes ver tanta frondosidad, parece que el bosque se cuida solo, pero es en realidad porque hay una gobernanza; ese bosque existe porque hay gente que lo cuida, que lo mantiene y que lo entiende”.
Perú ha sido pionero en un modelo de cogestión entre pueblos indígenas y el Ministerio del Ambiente a través de la llamada “Red Indígena de Áreas Protegidas”. Para el líder del pueblo Harakbut, el obstáculo principal no es la falta de recursos económicos, sino la falta de reconocimiento político. “Esto no se trata de tener más presupuesto, sino de tener el reconocimiento del modelo de gobernanza indígena”. Esta red jurisdiccional indígena cuenta con respaldo técnico y está “alineada con las políticas ambientales de Perú”, subraya.
Su comunidad ha adaptado conceptos como REDD+ a sus realidades específicas, permitiendo que “las propias comunidades tengan las capacidades” necesarias. Esta es la clave para la gestión exitosa de estas áreas naturales protegidas, que incluye la administración del carbono.
¿Cómo se construye esa confianza? “Es una conversación de años, donde llegamos a un punto en el que ellos —los funcionarios gubernamentales— entienden el valor de nuestro conocimiento y nosotros entendemos el de ellos a nivel de gestión pública”. Esa conversación no siempre es cómoda. Su propia historia lo demuestra. En la década de los 2000, Chimatani fue delegado y presidente de la reserva de su pueblo en la disputa con concesiones petroleras y el Ministerio de Energía de Perú.
Para llegar al estado actual de la relación con el gobierno, responde, “también es necesaria madurez y unidad de los pueblos indígenas, con una gestión intercultural”, piensa el líder peruano, que fue elegido en 2021 para integrar el Consejo Directivo del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado, convirtiéndose en el primer líder indígena amazónico en formar parte de este espacio.
El resultado de este proceso —“que llevó su tiempo”— es una figura de administración por parte de las comunidades de los territorios en la Amazonía peruana por tiempo indefinido. Una administración “que incluye el carbono…, pero no es ni lo primero ni lo más importante en lo que nos enfocamos”, dice Chimatani Tayori.
El siguiente paso para el líder amazónico es lograr ampliar a otras comunidades indígenas y locales la idea de que en cualquier solución basada en la naturaleza es necesaria la “distribución equitativa de los beneficios, el reconocimiento de que estos beneficios son producto de nuestro cuidado y la oportunidad de incidir en el diseño” de cada solución. Porque tan importante como apoyar propuestas para hacer frente a la triple crisis del clima, la biodiversidad y la pobreza es hacerlo de una manera que no repita las injusticias que nos llevaron a este momento.
“Este reportaje fue producido con el apoyo de la Agencia InnContext”.