viernes 20 de febrero de 2026 - Edición Nº2634

Derechos Humanos | 20 feb 2026

Memorias Militares y el Nunca Más.

“El negacionismo es una categoría política que no alcanza para explicar el fenómeno que vivimos”

15:30 |La socióloga Valentina Salvi sostiene que el oficialismo aggiornó discursos predemocráticos que rompen con la lógica del Nunca Más.


Por: Luciana Bertoia

Sociologa Valentina Salvi.

Valentina Salvi estudia desde hace más de quince años las memorias militares: cómo pasaron de considerarse vencedores tras el fin de la dictadura a presentarse como víctimas, sobre todo con el avance del proceso de justicia. Esos discursos fueron durante décadas marginales, pero con la llegada de Javier Milei y Victoria Villarruel al poder permeaban —y luego se consolidaron en— las narrativas oficiales. En diálogo con Página/12, la socióloga e investigadora del Conicet propone dejar de lado categorías que resultan insuficientes y, en cambio, indagar en las raíces más profundas de esos relatos que hoy se presentan como rebeldes y novedosos.

–¿Cómo llegamos al 50º aniversario del golpe?

–Nos encontramos en una situación inédita y, en algún punto, inimaginable. Discursos que ocupaban una posición marginal, sin eco en el discurso oficial del Estado —incluso durante el macrismo tuvieron escasa resonancia— pasaron del margen al centro del discurso gubernamental. Al mismo tiempo, discursos que parecían residuales y destinados a quedar atrás lograron renovarse, resurgir con fuerza y adquirir capacidad de interpelación y producción de sentido.

Me refiero, sobre todo, a discursos que provienen del seno de la dictadura y de la doctrina de la seguridad nacional, así como de las memorias militares. Se trata del resurgimiento de la noción de guerra —guerra interna, conflicto interno, guerra antisubversiva— como categoría presente no solo en el discurso gubernamental sino también en el discurso político de la derecha más radicalizada, como La Libertad Avanza. También reaparecen figuras como la noción de “excesos” o la categoría de “terrorismo”, que reemplaza a la de “subversión”. Estas categorías, antes marginales en el debate público, hoy circulan con capacidad de interpelación, en parte porque lograron resignificarse, especialmente en los últimos veinte años.

–¿Cómo lograron renovar esos discursos?

–La renovación tuvo un primer movimiento: hacia finales de los ‘90, las memorias de los militares tuvieron la capacidad de resignificar y apropiarse del discurso de los derechos humanos, de la narrativa humanitaria y de la figura de la víctima como eje articulador. Es un pasaje que se da desde un discurso belicista, centrado en la figura de los vencedores de la “guerra antisubversiva”, hacia otro que, si bien trae elementos de la seguridad nacional, se acerca a la retórica heredera del Nunca Más y surgida con la transición democrática.

Ese discurso residual que evocaba los años anteriores a la dictadura encontró nuevos canales de difusión al articularse con discursos propios de la transición, especialmente en el pasaje de la figura de los “muertos por la subversión” a la de “víctimas del terrorismo”. Hoy asistimos a una disputa por el universal de los derechos humanos. Las víctimas del terrorismo de Estado habían logrado universalizar su figura a partir de ese discurso, esto es, alcanzar reconocimiento social y estatal. Con las víctimas del terrorismo —personas asesinadas por organizaciones armadas—, especialmente los grupos de memoria completa buscan ahora desanclar ese universal y volver a anclarlo en su propia experiencia. No hay universal que no esté articulado con un particular; lo que está en juego es qué particular logra universalizarse. Por eso, estamos en medio de una disputa simbólica.

El discurso de la guerra, previo al Nunca Más, logró articularse con la narrativa humanitaria centrada en los derechos de las víctimas. Esa articulación, desarrollada sobre todo por las organizaciones de “memoria completa”, parecía inimaginable en el contexto transicional.

–¿El discurso de Agustín Laje no le da una vuelta más a la perspectiva más humanitaria?

–Las organizaciones de memoria completa son híbridas: combinan elementos de la narrativa humanitaria con figuras propias de la doctrina de la seguridad nacional y del discurso dictatorial. La diferencia con el discurso de Nicolás Márquez o Laje es que estos no se enmarcan directamente en la narrativa humanitaria, sino que la tensionan y la impugnan. La derecha más radicalizada no se preocupa por la corrección política y cuestiona la tradición del Nunca Más, aunque sin reivindicar abiertamente la dictadura. En el caso de Laje, no hay una reivindicación directa de la desaparición ni un elogio de la victoria frente al terrorismo, pero sí una justificación de la respuesta estatal en clave de doctrina de seguridad nacional frente a una violencia considerada originaria. Se presenta esa respuesta como necesaria y única posible. Esa diferencia es relevante.

–En los últimos días, la Fundación Faro, que él preside, circuló un video diciendo que, en realidad, no hubo 

un golpe de Estado, sino la exacerbación de la represión peronista…

–Una novedad, presente en ideólogos y difusores del oficialismo en redes sociales, es atribuir a Perón una voluntad de “limpieza” de los grupos de izquierda. Si bien este es un dato histórico, esa atribución tiene un fuerte contenido ideológico que desvirtúa el proceso histórico y la responsabilidad del peronismo, y que busca arbitrariamente establecer un continuo entre la violencia interna del peronismo —incluso con el peronismo en el poder del Estado constitucional— y la violencia clandestina ejercida por el Estado durante la dictadura.

La operación consiste en igualar en naturaleza esas violencias y, al hacerlo, devolver a la violencia represiva de la dictadura un carácter político, atribuyéndoselo a una continuidad con Perón. Uno de los legados de la transición democrática fue separar política y violencia, construir la violencia como un mal radical. Al establecer ese continuo, el nuevo discurso vuelve a articular violencia y política, impugnando uno de los núcleos del Nunca Más.

Mientras la memoria completa disputaba el Nunca Más desde dentro, tratando de tomar algunos de sus presupuestos, este nuevo discurso parece mostrar los límites de esa herencia política de la transición, pues se la lleva puesta.

–¿Este gobierno es una ruptura con 1983?

–En el campo de la memoria, trae al debate público categorías anteriores a la transición democrática: guerra, exceso, combatiente, la articulación entre violencia y política. Estas nociones aparecen con claridad en los audiovisuales oficiales del 24 de marzo. Se trata de discursos pretransicionales, predemocráticos.

–¿De qué hablan cuando hablan de memoria completa?

–“Memoria completa” retoma las tres figuras construidas por los organismos de derechos humanos —memoria, verdad y justicia— y les agrega el adjetivo “completa”, operando en espejo. Introduce en el debate público la violencia de las organizaciones armadas y construye sus propias víctimas y demandas en clave similar a la de los organismos: memoria completa, verdad completa, justicia completa.

Sin embargo, reintroduce figuras del discurso dictatorial que responsabilizan a las organizaciones armadas por la violencia de las Fuerzas Armadas y acusan a la transición de haber ocultado esa violencia. En el plano judicial, algunas organizaciones 

sostuvieron inicialmente la idea de reconciliación, es decir, renunciar a la demanda de justicia para ambos lados. En los últimos veinte años, esa posición se modificó. El Celtyv, por ejemplo, impulsa la reapertura de juicios en plano de igualdad, en clave de delitos de lesa humanidad, lo que abre un debate jurídico complejo.

–¿Cómo caracteriza al gobierno? ¿Es negacionista?

–El gobierno abreva en tradiciones arraigadas en la historia argentina: memorias militares, doctrina de la seguridad nacional, discursos de la dictadura y de los represores en los juicios. Existen similitudes con el alegato de (Emilio Eduardo) Massera en el Juicio a las Juntas.

La categoría “negacionismo” resulta insuficiente. No se trata simplemente de negar hechos, sino de reconfigurar tradiciones, fechas, relatos y sentidos, y reubicarlos en el debate público. Es una categoría política que no alcanza a explicar la historicidad y politicidad del fenómeno.

–¿Cómo se articula el homenaje a represores con el discurso de que son víctimas del proceso de justicia?

 

–La derecha logra articular elementos que desde otras perspectivas resultan antagónicos: el discurso de la guerra con el de los derechos humanos; el reconocimiento de combatientes con la figura de la víctima. Son articulaciones que, aunque parezcan incompatibles, se están consolidando en el espacio público.

–¿Qué papel tiene la academia en la transmisión de lo sucedido?

–Es importante analizar estos discursos en sus matices y no limitarlos a la acusación de negacionismo. Circulan socialmente, en aulas, redes y medios. Es necesario comprender su lógica, fundamentos y modos de operación.

Tras la pandemia predominó una respuesta que los calificaba de negacionistas y buscaba excluirlos del espacio público. Sin embargo, forman parte del debate social y requieren ser discutidos en sus propios términos, sin renunciar a la sanción política o moral cuando corresponda. También tienen un efecto inesperado, porque reabren debates que se vienen dando sobre la lucha armada y sus responsabilidades políticas.

–¿Y éste podría ser el contexto propicio para ese debate?

–En el ámbito académico se está dando desde hace años. En el ámbito político podría estar más presente. 

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