domingo 01 de marzo de 2026 - Edición Nº2643

Internacionales | 1 mar 2026

La Guerra como Instrumento de Disuación.

Cuando la disuasión se rompe: la guerra como instrumento de reconfiguración regional forzosa

09:14 |La ofensiva coordinada entre Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio táctico aislado, sino la cristalización de una acumulación de tensiones estratégicas que han desbordado el carril diplomático y, lo diré, así hacerlo siempre fue la exigencia de Israel y en el fondo; era la idea inicial de los Estados Unidos.


Por: Claudia Aranda. Fuente: Agencia Pressenza

Ciudad de Teherán (Imagen de Xinhua)

La ofensiva coordinada entre Estados Unidos e Israel contra Irán no es un episodio táctico aislado, sino la cristalización de una acumulación de tensiones estratégicas que han desbordado el carril diplomático y, lo diré, así hacerlo siempre fue la exigencia de Israel y en el fondo era la idea inicial de los Estados Unidos. Las oleadas sucesivas de misiles, la ampliación del teatro hacia el Golfo y el giro explícito hacia el discurso de cambio de régimen revelan que la confrontación ya no gira solo en torno a capacidades nucleares, sino al equilibrio de poder en Oriente Medio y la arquitectura misma del orden internacional.

La dimensión estratégica de esta crisis no puede analizarse como una simple secuencia de acción y reacción. Lo que se ha roto no es solo una tregua tácita, sino la lógica de contención que durante años permitió que la confrontación entre Irán, Israel y Estados Unidos permaneciera en un plano indirecto. El hecho de que la ofensiva se haya producido mientras aún existía un canal diplomático abierto demuestra que la decisión de recurrir a la fuerza fue concebida como un instrumento para alterar el equilibrio político, no solo para responder a una amenaza inminente.

El despliegue sostenido de fuerzas estadounidenses en la región, junto con la coordinación específica con Israel, revela una planificación de mediano plazo. No se trata de un golpe quirúrgico, sino de una señal estratégica: redefinir los límites de tolerancia frente a Irán y, al mismo tiempo, enviar un mensaje disuasivo a otros actores regionales. El uso de la fuerza, en este caso, cumple una doble función: degradar capacidades materiales y moldear percepciones de poder.

Irán, por su parte, ha respondido con un patrón que combina simbolismo y cálculo operativo. Las oleadas sucesivas de misiles no buscan únicamente infligir daño, sino demostrar resiliencia y capacidad de proyección bajo presión. Cada nueva salvación refuerza la idea de que el país no ha sido neutralizado y que conserva capacidad de respuesta. En términos estratégicos, es un intento de restaurar la disuasión a través de la persistencia.

Este intercambio ya ha trascendido la lógica bilateral. Cuando los impactos alcanzan o amenazan bases estadounidenses en el Golfo, el conflicto se desplaza hacia un plano regional ampliado. Los Estados que albergan infraestructura militar extranjera pasan de ser observadores a potenciales escenarios de confrontación. Esto introduce un riesgo adicional: la implicación indirecta de terceros que, aun sin buscarlo, quedan atrapados en la dinámica de represalias.

La retórica política ha agravado esta expansión. El llamado explícito al pueblo iraní para “tomar el control de su gobierno” transforma la narrativa del conflicto. Ya no se presenta únicamente como una operación para impedir el desarrollo de capacidades militares sensibles, sino como una confrontación con la estructura misma del régimen iraní. El lenguaje de cambio de régimen introduce un elemento existencial: cuando la supervivencia política se percibe en juego, los incentivos para la moderación disminuyen distribuidamente.

En este contexto, la cuestión nuclear adquiere una dimensión paradójica. La región convive desde hace décadas con una asimetría estratégica no declarada, donde la posesión nuclear de facto por parte de un Estado y la sospecha o ambición atribuida a otro se convierten en argumentos contrapuestos. La legitimidad del régimen internacional de no proliferación se ve tensionada cuando se perciben estándares diferenciados. Esta percepción alimenta narrativas de agravio y dificulta la construcción de consensos multilaterales estables.

Desde una perspectiva de gobernanza global, el conflicto evidencia una fractura más profunda: la erosión de los mecanismos preventivos. Cuando la fuerza se impone mientras la diplomacia aún no ha sido formalmente abandonada, se envía una señal a otros actores internacionales de que la negociación puede ser sustituida por la coerción si las condiciones políticas lo permiten. Esa señal tiene efectos sistémicos que van más allá de Oriente Medio.

La perspectiva de evolución es incierta, pero estructuralmente delimitada por tres trayectorias posibles.

Una primera es la ampliación regional. La activación indirecta de actores aliados de Irán en escenarios como Siria, Líbano o Irak podría multiplicar los frentes y fragmentar aún más el teatro de operaciones. En este escenario, el riesgo no es solo la intensidad, sino la dispersión: múltiples puntos de fricción que incrementan la probabilidad de errores de cálculo.

Una segunda es la prolongación del intercambio en forma de ciclos de desgaste. Oleadas sucesivas, intercepciones, represalias limitadas pero constantes. Este patrón no busca una victoria decisiva, sino la imposición gradual de costos hasta que una de las partes perciba que el equilibrio de riesgos se ha vuelto insostenible.

La tercera es la desescalada forzada por mediación externa. No como resultado de confianza mutua, sino como reconocimiento pragmático de que la expansión incontrolada del conflicto amenaza intereses globales mayores: estabilidad energética, seguridad marítima, equilibrio entre potencias. En este escenario, la diplomacia regresaría no como idealismo, sino como instrumento de contención de daños.

Lo que ya es evidente es que la crisis ha superado la fase de intercambio táctico. La dispersión geográfica de los impactos, la implicación directa de Estados Unidos, la coordinación con Israel y la dimensión política explícita convierten este episodio en un momento de inflexión regional. No se trata solo de misiles que cruzan el cielo nocturno, sino de la redefinición de líneas rojas, de narrativas de legitimidad y de la arquitectura de poder en Oriente Medio.

La pregunta no es únicamente quién gana una batalla concreta, sino qué tipo de orden emerge después de que la disuasión ha sido reemplazada por la confrontación abierta y por la evidente voluntad de EEUU de derrocar el régimen de los ayatolas con el apoyo interno del pueblo iraní, al cual estuvo alentando y amotinando de forma de injerencia directa durante las últimas semanas en los conflictos internos, ampliamente manipulados y difundidos en el eje comunicacional occidental.

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