jueves 02 de abril de 2026 - Edición Nº2675

Internacionales | 2 abr 2026

EEUU Y la Guerra en Oriente Medio.

EEUU: el “estado de la Nación”, y su impacto en Oriente Medio y el resto del Mundo (2/2)

08:35 |Ya lo hemos adelantado en la primera parte de este análisis: lo que suceda o surge en Estados Unidos rara vez se queda dentro de sus fronteras. No es casualidad. Es una gran Nación.


Por: Ángel Sanz Montes. Fuente: Agencvia Pressenza

 

Mientras Irán negociaba de buena fe, Trump y Netanyahu preparaban los bombardeos. Un mes después, el petróleo se ha duplicado, los fertilizantes escasean y 45 millones de personas más se asoman a la hambruna. La historia no dirá que fue inevitable, sino q (Imagen de ChatGPT Image)

Ya lo hemos adelantado en la primera parte de este análisis: lo que suceda o surge en Estados Unidos rara vez se queda dentro de sus fronteras. No es casualidad. Es una gran Nación. Pero también responde a una mentalidad especial, forjada durante siglos: sentirse la “Primera Nación”; creerse investida de un “Destino Manifiesto”, que obliga a civilizar al resto de naciones o pueblos. Más la «Doctrina Monroe» (1823), por la que el James Monroe declaró desde México hasta la Patagonia como su patio trasero. A eso se añadió el «Corolario Roosevelt«, en 1904, para justificar el intervencionismo estadounidense en  toda Latinoamérica, actuando incluso como «policía internacional«.

Esa lógica se ha proyectado mucho más allá. Explica la extraterritorialidad de las leyes estadounidenses, aplicadas coercitivamente al planeta entero. También la red de casi ochocientas bases y enclaves militares, diseminadas por todos los continentes. Todo ello a costa de bajar el nivel y expectativas de vida (años…) al que deberían aspirar sus ciudadanos «en casa».

Esta segunda parte del análisis se centra en las consecuencias de la geopolítica hegemónica —tal como la culmina Donald Trump— y en cómo ha hecho estallar en el escenario más difícil y tenso, Oriente Medio, una ataque abierto contra Irán. Examinaremos esta guerra no declarada, a traición; la confluencia entre el mesianismo de Netanyahu y el narcisismo de Trump; su impacto devastador sobre la región y el mundo entero. El objetivo declarado era cambiar el régimen. Abiertamente y con la naturalidad de quien va a cambiar una bombilla.

PARTE SEGUNDA: el Oriente Medio que Occidente, por sus intereses, nunca abandonó

Asumiendo que los Estados Unidos de Norteamérica sean la «Primera Nación», o al menos la más atravesada. Entonces, la salud del Orden Global, esa ficción «basado en reglas», hoy depende más que nunca de lo que pase o se decida en Washington. Los síntomas son alarmantes. En los mentideros diplomáticos y de la OTAN se olía, desde hace meses, una guerra abierta contra Irán. No fue un secreto, sino una guerra a traición y no declarada formalmente. Si el lector quiere saltarse el análisis histórico sobre como Oriente Medio llego a la situación actual, puede saltar directamente al bloque de la guerra contra Irán y sus consecuencias Globales  (*)

Mesianismo y narcisismo: dos fuerzas que se dan cita en Irán

Occidente lleva metiendo las manos en Oriente Medio desde antes de que existiera Oriente Medio como lo conocemos. Pero no fue hasta el desmoronamiento del Imperio Otomano, tras la Primera Guerra Mundial, cuando se atrevió a redefinir la región a su antojo. El acuerdo secreto Sykes-Picot de 1916, firmado por británicos y franceses, trazó con regla y lápiz fronteras que ignoraban siglos de historia, migraciones, rutas de pastoreo y lealtades tribales. Así nacieron Estados de cartón piedra: Irak, Jordania, Líbano, Siria, por citar algunos. Todos concebidos no para sus habitantes, sino por asegurar zonas de influencia, oleoductos y puertos estratégicos. Fue el primer acto de una lógica por la que Occidente jamás se ha retirado de Oriente Medio.

El Mandato Británico sobre Palestina fue el epítome de esa arrogancia. Allí, la ya renqueante potencia colonial no solo ignoró las realidades locales, sino que facilitó la llegada de una inmigración sionista organizada. Esta, con el tiempo y atizada desde Reino Unido y EE.UU., desembocó en una insurgencia violenta. Organizaciones como El Irgún, el Lehi y la propia Haganá, atentaron, volaron hoteles, asesinaron ministros y sabotearon infraestructuras hasta que Gran Bretaña, escaldada, abandonó la zona en 1948. Marcharon, dejando un vacío que ya nadie podría llenar sin guerra. Porque el imperio que se retiraba dejaba atrás un mapa roto y una semilla para un conflicto perpetuo.

Quien ocupó el espacio fue Estados Unidos. No por vocación civilizadora, sino por necesidad energética. En los años 60 y 70, el petróleo se había convertido en el sistema circulatorio de Occidente, y Oriente Medio era su corazón. El golpe de mano definitivo llegó en 1971, cuando Richard Nixon rompió la convertibilidad del dólar en oro. Para que la moneda estadounidense no se desplomara, se apuntaló como «el petro-dólar», sellando para ello un pacto con los Āl Saʿūd (lo que ahora es Arabia Saudí). EE.UU. ofrecía seguridad y tecnología militar a cambio de que el petróleo saudí se vendiera exclusivamente en dólares.  A partir de entonces, cualquier intento de autonomía en la región, procesos de evolución hacia formas de democracia, revoluciones nacionalizadoras, gobiernos nacionalistas, y los cambios o evoluciones en lo social en general, fue percibido en Washington como una amenaza existencial.

Pero antes del petrodólar y antes de la Revolución Islámica, hubo un momento en que Irán pareció encaminarse hacia una democracia moderada. En 1951, el parlamento iraní eligió como primer ministro a Mohammad Mosaddegh. Un nacionalista pragmático que impulsó la nacionalización del petróleo iraní, hasta entonces controlado por corporaciones británicas y estadounidenses. Promovió reformas sociales como el seguro de desempleo y la liberación de campesinos. Reformas estas y las futuras que se financiarían con un mejor y más justo reparto de la riqueza petrolera de Irán, de la que desde 1908 recibía solo migajas. La respuesta de Londres fue feroz: boicot económico, movilización naval y, con la colaboración de la recién creada CIA, se gestó la Operación Ajax («cambio de régimen», igual que ahora en 2026).

El golpe de 1953, que derrocó al primer ministro Mosaddegh, orquestado por la CIA y el MI6, no fue un episodio menor. Fue la primera acción encubierta de Estados Unidos para derrocar un gobierno extranjero en tiempos de paz. Con él, Washington entregó el petróleo iraní a un consorcio internacional y apuntaló al sha Mohammad Reza Pahlavi durante más de dos décadas.

Pero el autoritarismo del sha, sostenido por Occidente, llevaba ya la semilla de su propia destrucción. En 1979, la Revolución Islámica barrió su régimen y trajo al poder a una teocracia, que hizo del anti-imperialismo su razón de ser. Con ello, Estados Unidos perdió a su principal aliado en el Golfo y ganó un enemigo que, desde entonces, ha marcado su política exterior en la región.

Lo que vino después es una escalada sin fin: apoyo a Sadam Husein en la guerra contra Irán, presencia militar permanente en el Golfo, sanciones económicas, bombardeos preventivos y dos invasiones a Irak. Libia quedó hecha pedazos. Siria, sumida en una guerra civil donde cada potencia extranjera alimentó a su facción, a excepción de la sociedad civil, que fue la única que pagó el precio. Cada intervención, cada golpe, cada arma suministrada, fue tejiendo la madeja de tensiones que este año ha estallado en Irán.

Mientras tanto, la idea de que esas sociedades pudieran evolucionar hacia Estados modernos, con identidad islámica o mixta (tal como lo  han hecho en otras en el mundo naciones de mayoría islámica), fue sistemáticamente torpedeada. Siria llegó a tener una estructura estatal relativamente funcional en los años 90, pero sus diferencias con Occidente y su posición geoestratégica la condenaron al desmembramiento. No porque el islam fuera incompatible con la modernidad, sino porque el petróleo, el gas y los corredores energéticos convertían cualquier estabilidad regional en un obstáculo para los intereses de las potencias externas.

Esa es la base sobre la que hoy se proyecta el conflicto. Porque cuando se dice que Oriente Medio es un «avispero» irresoluble, se olvida que el avispero fue instalado desde fuera, alimentado con armas, dividido con fronteras artificiales y mantenido en estado de ebullición controlada durante décadas. Lo que ahora estalla no es una guerra civil eterna, ni un choque de civilizaciones. NO. Es la consecuencia de que las potencias occidentales, y Estados Unidos en particular, nunca hayan dejado que la región gestione sus propios equilibrios y evoluciones.

En ese contexto, la actual guerra contra Irán (no declarada pero esperada) se entiende que no es un estallido espontáneo. El Irán de los ayatolas y su teocracia extrema, llevaba desde los años setenta del Siglo XX preparándose. Convertida en una economía de guerra, en una sociedad arrinconada, orientada para la batalla final por su existencia, o por que perdure lo que queda de la milenaria Persia.

Ese proceso es la última vuelta de tuerca de un siglo y cuarto de injerencia, ahora comandada por dos líderes cuyas patologías personales (el mesianismo teocrático en un caso, el narcisismo y el matonismo en el otro) han decidido que ya no basta con desestabilizar: hay que destruir.

Desde el otro lado, llevaban años preparándose, en sincronía y sintonía con los intereses comunes, Estados Unidos y los sucesivos gobiernos de Israel. Aunque hay que retroceder al asesinato de Yitzhak Rabin, el 4 de noviembre de 1995, porque marcó un antes y después.

Rabin fue abatido al término de un mitin por la paz en Tel Aviv, por Yigal Amir, un estudiante religioso de 25 años, militante de la ultraderecha extremista y nacionalista. Amir no actuó desde el vacío ideológico. En los meses previos, Rabin había sido declarado oficialmente “traidor” por los sectores religiosos y políticos más radicales. Lo tildaron así por haber devuelto tierra a los palestinos, en los Acuerdos de Oslo. En los mítines de la ultraderecha, de entonces, se coreaba que Rabin era un «rodef». Es decir, un “perseguidor de judíos”. Término de la Ley y tradición judía (sólo en su interpretación más extrema), justifica matar a quien pone en peligro vidas judías o “el suelo sagrado de Israel”. Por ello, algunos rabinos radicales, fueron interrogados por haber emitido dictámenes religiosos que calificaban públicamente a Rabin como rodef (sobre este periodo, véase Wikipedia)

Shimon Peres, coartífice de los pactos de Oslo junto a Rabin, era considerado por la ultraderecha un “blando moderado”. Para los más extremistas, también un “traidor a la causa de Israel”, aunque el odio se concentraba en Rabin, que era el primer ministro y símbolo de la cesión de territorio. Tras el magnicidio de Rabín, Shimon Peres asumió el Gobierno interino y, seis meses después, perdió las elecciones ante Netanyahu por un estrechísimo margen, de apenas el 1%.

Netanyahu, hasta entonces líder del Likud en la oposición, se apresuró a condenar el asesinato y rechazó cualquier responsabilidad del ambiente político, aunque claramente  había contribuido a crearlo.  —“Usar esta tragedia nacional para lanzar lodo es inaceptable”, —dijo, desde el cinismo que le caracteriza. Sin embargo, su victoria electoral seis meses después, por un estrechísimo margen de apenas el 1%, confirmó que el voto de los sectores más radicales partidarios de la acción directa había encontrado en él a su intérprete.

Desde entonces, Netanyahu ha permanecido en el poder de forma intermitente pero dominante. Un primer mandato (1996-1999), luego una larga segunda etapa de doce años consecutivos (2009-2021), y de nuevo desde 2022 hasta hoy. Más de una década y media en la cúspide del poder. De la que guarda algún proceso en Tribunales por corrupción. Como su gemelo Trump.

La doctrina que ha guiado los gobiernos de Netanyahu es la del “Muro de Hierro”. Idea que heredó de su padre y de Ze’ev Jabotinsky. Este ideólogo la formuló en 1923, después de que Winston Churchill, entonces Secretario Colonial británico, (lucidamente) prohibiera el asentamiento sionista al este del río Jordán. Jabotinsky lo consideró una traición y escribió su ensayo para defender que solo una fuerza militar inexpugnable haría aceptable un Estado judío ante los árabes. Benjamin Netanyahu llevó esa doctrina al Gobierno y la estrategia militar y territorial. En su libro “Un lugar entre las naciones” (1993), ya rechazaba la soberanía palestina, defendía la expansión de asentamientos y proclamaba un derecho exclusivo sobre toda la tierra. Esa hoja de ruta, sin concesiones, ha guiado sus gobiernos hasta 2026.

Cuando la guerra contra Irán se vuelve contra todos: el precio global de una guerra anunciada

Visto el escenario de fondo históricamente hasta llegar a la actualidad. Esos 125 años de injerencia Occidental y un Israel crecientemente tomado por las fuerzas más extremistas (el nacionalismo sionista-radical, mezclado con la políticas y la religión). Aplica aquí el refrán castellano,  —“…de aquellos polvos, vienen estos lodos”…, en este caso, en un doble sentido.

Porque, de un lado, esta la tutela colonial y luego neocolonial, que nunca dejó que las sociedades de Oriente Próximo y Medio se emanciparan realmente. Las potencias occidentales primero, y Estados Unidos después, gobernaron la región a través de élites locales dóciles: monarquías, dictadores y caudillos que actuaron como caballos de Troya de los intereses externos. Cuando alguna de esas élites se desviaba del guión, como ocurrió con Mosaddegh en Irán, la respuesta era un golpe o una invasión. El resultado fue un entramado de Estados frágiles, con instituciones capturadas y sociedades sometidas a la voluntad de sus dueños de turno.

Por otro lado, la geopolítica del petróleo y del dólar, invevitables. Desde el pacto con los saudíes en los años setenta, la moneda estadounidense se convirtió en divisa obligada para el comercio del crudo. Eso ató el destino de la Región al mantenimiento de un orden que privilegiaba el flujo ininterrumpido de hidrocarburos por encima de cualquier, evolución, aspiración democrática, o de soberanía.

En ese juego, Israel ocupa un lugar singular. Nació como un experimento que pudo haber conducido a una convivencia posible: así lo contemplaba la Resolución 181 de la ONU, que definía dos Estados: uno judío y otro árabe; en un mismo territorio. Pero aquel planteamiento, quizá ingenuo, derivó hacia un proyecto expansionista guiado por el mesianismo del sionismo revisionista, desde Ben Gurión y Golda Meir, […], hasta Netanyahu. Muy pronto, sus líderes entendieron que, la fuerza inexpugnable, el control territorial implacable, la paulatina expansión por encima de lo consignado, y la alianza con la única superpotencia capaz de blindar ese camino, serían las claves estratégicas. La espina dorsal de la operativa. No «paz por territorios», sino guerra y ocupación, y luego anexión.

Netanyahu, heredero directo de esa tradición, ha llevado esa lógica hasta sus últimas consecuencias en su guerra contra Irán. Las hostilidades abiertas ya no solo afectan a la nación agredida. Irán ha extendido su respuesta en sucesivas oleadas, al ritmo de los ataques que sigue recibiendo, y ha ampliado sus objetivos progresivamente. Hoy el conflicto afecta a todo Oriente Medio —sus rutas marítimas, sus instalaciones petrolíferas y gasísticas— amenazando y estrangulando la economía global. Esa es la baza de Irán: no derrotar militarmente a sus atacantes, sino paralizar al mundo.

En resumen: Oriente Medio fue siempre un tablero de intereses globales y, en ese tablero, lo local —las gentes, los territorios, las culturas— ha sido siempre lo sacrificable.

La guerra (no declarada) contra Irán no es un estallido espontáneo, ni una respuesta inevitable a una provocación previa. Fue resultado de una maniobra que encaja a la perfección con la lógica narcisista de coerción estadounidense, descrita al inicio  y desarrollada en el primero de estos dos artículos. Esa lógica se ha sumado al mesianismo del presidente de Israel. El que más visitas ha hecho a la Casa Blanca, en toda la historia de ese país, Benjamín Netanyahu.

En los meses previos al estallido, se habían producido tres rondas de negociaciones nucleares entre Estados Unidos e Irán. La última de ellas, el 26 de febrero de 2026, mostró avances significativos. Irán, presionado por sanciones y por su aislamiento internacional, se había mostrado dispuesto a ceder en puntos clave. Como, por ejemplo, limitar su programa de enriquecimiento de uranio, aceptar inspecciones internacionales más rigurosas y desmantelar parte de su infraestructura nuclear (véase ptcnews.tv).

Pero Donald Trump no buscaba un acuerdo diplomático. La evidencia disponible indica que las conversaciones no fueron más que una cobertura para movilizar recursos militares y planificar el ataque. El 28 de febrero de 2026, apenas dos días después de la última ronda negociadora, Estados Unidos e Israel lanzaron una serie de bombardeos aéreos sobre Irán, dando inicio oficial al conflicto. La operación recibió el nombre de «Operación Epic Fury» (Furia Épica), y sus objetivos declarados eran: destruir el arsenal de misiles balísticos iraní, aniquilar su marina y asegurar que el régimen nunca pudiera obtener un arma nuclear.

La primera víctima fue el ayatolá Ali Jamenei, líder supremo de Irán, abatido en el primer día de los ataques. Su hijo, Mojtaba Jamenei, asumió el poder, pero resultó herido en bombardeos posteriores y no ha aparecido en público desde entonces.

El arte de la negociación como señuelo o «treta»

La estrategia fue clínica en su crueldad. Mientras Irán creía estar negociando de buena fe, Trump utilizaba cada día de diálogo para posicionar sus fuerzas. A mediados de marzo, el Pentágono ya había desplegado entre 40.000 y 50.000 soldados en bases de Oriente Medio, dos portaaviones y entre 150 y 300 aviones de combate.

La evidencia de la simulación negociadora es abrumadora. El enviado de la Casa Blanca para las conversaciones, Steve Witkoff, seguía hablando de posibles reuniones mientras los bombarderos ya estaban en el aire (véase Cadena SER). El propio Trump, cuando se le preguntaba por el estado de las negociaciones, ofrecía declaraciones contradictorias. El 28 de marzo anunció una pausa de diez días en los ataques a la infraestructura energética iraní para «dar una oportunidad a la diplomacia», pero al día siguiente, el 30 de marzo, ya amenazaba con «destruir por completo» todas las centrales eléctricas, pozos petroleros y demás instalaciones en la isla de Kharg, si Irán no aceptaba un acuerdo de inmediato.

En su lógica narcisista, la negociación no era un fin en sí misma, sino un instrumento para demostrar quién tenía el poder. Como ya hemos visto, cualquier límite, incluso el que impone una mesa de diálogo, es interpretado como una afrenta que debe ser contestada con escalada.

Tras algo más de un mes de guerra: el escenario a 1 de abril de 2026

A fecha de hoy, el conflicto cumple un mes. El saldo es devastador.

  • Más de 1.750 personas han muerto en Irán. Entre ellas, el líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, abatido el primer día. También altos mandos militares y ministros, y al menos 210 niños. En ese primer día un fatídico impacto, contra una escuela femenina en Minab, mató a 168 personas, entre estudiantes y demás presentes.
    La destrucción de infraestructura civil es masiva. La Media Luna Roja iraní contabiliza 3.643 edificios afectados: más de 3.090 viviendas, 528 comercios y al menos tres hospitales inoperativos. Grandes centros médicos, como el hospital Khatam en Teherán, con más de 1.000 camas, también han sido alcanzados.
  • El estrecho de Ormuz, por el que transita una quinta parte del petróleo mundial y el 30% del gas natural licuado del planeta, no está completamente cerrado. Cierto. Pero ha dejado de ser un espacio neutral. El tráfico se ha reducido a mínimos y se encuentra bajo control selectivo de Irán, que decide quién pasa y quién no. Además, exige peajes millonarios a quienes considera que debe “castigar”, y mantiene la amenaza de veto total de paso a determinados países. Lo que antes era una arteria del comercio global, por donde pasaba más del 20% de los hidrocarburos, funciona ya como un instrumento de guerra, porque el control de una infraestructura de paso vital se usa como arma.
  • Irán ha extendido el conflicto, lanzando ataques contra Israel, contra todas las bases estadounidenses en la región que ha podido alcanzar, y contra Arabia Saudí y Kuwait. Teherán los presenta como represalia por los bombardeos de EE.UU. e Israel recientes, además de una reacción por los que ya venían produciéndose en los últimos catorce meses previos (que ya fueran bombardeos abiertos o intervenciones infiltradas).
    Israel, por su parte, ya hace tiempo que viene atacando preventiva y sistemáticamente en toda la zona, y últimamente también en Irán. Siempre invocando su derecho a la autodefensa ante amenazas aún no ejecutadas pero plausibles. La perversión del lenguaje llama a esto “ataques preventivos”, un oxímoron que, en el fondo, revela la táctica habitual: atacar antes de que exista una agresión consumada, bajo el manto de una defensa anticipada que nunca deja de ampliar sus propios límites.
  • Los hutíes de Yemen, aliados de Irán, han entrado en el conflicto lanzando misiles contra Israel. Amenazando con cerrar el Golfo de Adén, o dificultar la navegación por el Mar Rojo hasta el Canal de Suez, desde allí el paso por el Mediterráneo y más allá.
  • Israel ha extendido la guerra al Líbano e Irán también, ahora con un conflicto abierto entre Hezbolá e Israel.

Los objetivos declarados por Trump para la operación eran cuatro inicialmente: destruir los misiles iraníes, aniquilar su marina, evitar que obtuviera armas nucleares y cortar su financiación a grupos terroristas. Pero un mes después, la lista se ha ampliado a cinco objetivos, y algunos de ellos especialmente notorio por sus términos como «la rendición incondicional del régimen», que siguen sin cumplirse. Sin embargo, Trump afirma recientemente «que la operación podría estar terminando«. Para los que vivimos en la realidad, o para aquellos que la sufren sobre el terreno, la percepción es que el conflicto no muestra señales de desescalada, al contrario. Irán ya está movilizando a sus tropas por todo el país. Si hay desembarco estadounidense en Irán será una guerra larga y cruenta (véase DW y ElPeriódico).

La verdad es la primera víctima en una guerra, reza el aforismo. Pero incluso así, medios informados y la propia Casa Blanca han confirmado que se está considerando una operación terrestre para extraer por la fuerza los 400 kilogramos de uranio enriquecido, que supuestamente han de estar en las instalaciones de Isfahán y Natanz. Los preparativos militares ya están en marcha: se baraja el despliegue de hasta 6.000 soldados, y tal vez hasta llegar has los 10.000, incluidos paracaidistas de la 82ª División Aerotransportada. Los analistas militares advierten que, cualquier intento de asalto a las instalaciones nucleares iraníes, o cualquiera de las bases lanzaderas de misiles, o de las profundas bases desde done salen los vehículos que las trasportan, sería “una de las operaciones más complejas emprendidas por Estados Unidos en los últimos años”’. Porque todos esos objetivos están fuertemente fortificadas y con gran presencia de tropas, que Irán declara haber movilizado un ejército de cerca de un millón de efectivos.

El previsible colapso económico global

Las consecuencias económicas de esta guerra, por decisión personal de un presidente que antepuso su necesidad de suministro narcisista y su caída de popularidad a la estabilidad mundial, para “coaligarse con la peor causa de la zona” (la de Netanyahu), están siendo catastróficas.

Sirva este breve resumen, inspirado en análisis detallados de medios internacionales fiables, para dimensionar la magnitud del desastre que se nos viene encima. O bien sirva para reaccionar cada uno y espantarse de la insensatez que subyace y lo que se nos viene encima. Este esfuerzo de comprensión, nos debe llevar a exigir de nuestros líderes que reaccionen. Porque:

  • El precio del petróleo se ha duplicado: de menos de 70 dólares por barril el 27 de febrero a un máximo de casi 120 dólares a principios de marzo, estabilizándose por encima de los 100. En Estados Unidos, la gasolina roza los 4 dólares por galón, el nivel más alto desde la invasión rusa de Ucrania en 2022.
  • Escasez de combustible en Asia: Tailandia y Vietnam ya están racionando gasolina. En Filipinas y la India, los consumidores hacen colas de horas para repostar. El cierre del estrecho de Ormuz ha eliminado el equivalente a 20 millones de barriles diarios del mercado.
  • Inflación desbocada y riesgo de estanflación: Cada aumento del 10% en los precios del petróleo eleva la inflación mundial 0,4 puntos y reduce el crecimiento global hasta un 0,2%. Algunos economistas advierten de un regreso a la estanflación de los años 70: precios altos, economía estancada y desempleo creciente.
  • Crisis alimentaria en ciernes: La escasez de gas natural, que es componente esencial para la fabricación de fertilizantes, ha disparado su precio. Casi un tercio de los fertilizantes del mundo se transportan a través del estrecho de Ormuz, y el tráfico en la zona ha caído más del 90% desde el inicio de la guerra al 30/03/2026). India, Argelia y Eslovaquia han cerrado o reducido plantas de fertilizantes (véase UN-Geneva). China ha restringido sus exportaciones. Los agricultores australianos están sembrando menos trigo, y los de maíz y soja en Estados Unidos han solicitado ayuda de emergencia.

La FAO ha advertido que los precios mundiales de los fertilizantes podrían aumentar entre un 15% y un 20% en la primera mitad de 2026 si la crisis persiste (véase Agencia EFE). En las primeras semanas del conflicto, la urea ya subió un 19% en Oriente Medio y un 28% en Egipto. El Programa Mundial de Alimentos advierte que decenas de millones de personas más sufrirán hambre aguda si la guerra continúa hasta junio. Antes del estallido, globalmente 318 millones de personas ya enfrentaban niveles críticos de hambre (véase Xinhua-ES).

  • Impacto en la industria tecnológica: La guerra está interrumpiendo el suministro de helio, un subproducto del gas natural esencial para la fabricación de semiconductores, cohetes e imágenes médicas. Esto afecta directamente a la cadena de suministro de la revolución de la inteligencia artificial.
  • El mayor beneficiado puede ser Rusia: La crisis energética ha permitido a Rusia vender su crudo a precios de mercado en lugar de con descuento, lo que supone un salvavidas para su maltrecha economía. «El mayor beneficiario del conflicto es Rusia», admiten analistas del CSIS.

En Irán, la sinrazón desató una tormenta global cuyo precio pagaremos todos

Lo que estamos presenciando no es una guerra inevitable. Es el resultado de una lógica perversa: la del narcisismo patológico en la cúpula del poder. Las negociaciones con Irán no eran un camino hacia la paz, sino una táctica para ganar tiempo, desplegar fuerzas y culminar un ataque doble: dos operaciones militares confluyentes de Israel y Estados Unidos. El diálogo no era una invitación al entendimiento, sino un escenario para demostrar quién mandaba.

Mientras los misiles caen sobre Teherán, y desde Irán se responde contra objetivos militares y también civiles, en nombre de una defensa propia que amplía sin límite el campo de batalla, los efectos ya se extienden mucho más allá del frente. Los precios de los alimentos se disparan en África y Asia, y Trump amenaza con «destruir por completo» la infraestructura civil iraní si no se alcanza un acuerdo inmediato. La ironía es evidente: fue su propia administración la que dinamitó ese acuerdo cuando estaba al alcance de la mano.

A todo ello se suma un factor de extrema gravedad que apenas empieza a ser asumido en su dimensión real: el riesgo nuclear. El bombardeo de instalaciones vinculadas al programa nuclear iraní (incluidas infraestructuras sensibles en torno a reactores y complejos subterráneos, atacados repetidas veces), no solo representa una escalada militar, sino una temeridad con potencial de impacto regional.

No se trata ya de una amenaza abstracta ni alarmismo. El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) ha advertido sobre los riesgos de atacar instalaciones nucleares: cualquier daño puede provocar consecuencias radiológicas que trascienden fronteras y afectan a poblaciones enteras. A esta advertencia se suma la del director de la Agencia Internacional de la Energía, Fatih Birol, quien lo ha resumido con crudeza: —“Ningún país será inmune a los efectos de esta crisis si continúa en esta dirección” (véase El País).

En Israel, ambas advertencias fueron recibidas con sorna. —“Tardaron décadas en darse cuenta”, —replicaron desde círculos oficiales, omitiendo que fueron sus propios bombardeos sistemáticos contra las instalaciones nucleares iraníes el origen de de la escalada que hoy coloca al mundo al borde del precipicio.

Cruzar ese umbral, aunque sea de forma indirecta, supone introducir en el conflicto una lógica nueva: la de daños irreversibles que ya no distinguen entre combatientes y terceros. Atacar instalaciones nucleares entraña un riesgo real: la dispersión de contaminación radiactiva en la atmósfera, en las aguas de superficie y del subsuelo; de contaminar la tierra de cultivo y las zonas habitadas. Ese peligro, arrastrado por los vientos y las dinámicas climáticas lo vuelven imprevisible y expansivo. Sus efectos no se detienen en las fronteras ni en el tiempo, y alcanzan a poblaciones enteras muy lejos del conflicto. Si ese límite cede. Si entra en juego el arma nuclear. Lo que sigue ya no es guerra, sino la ruptura de los últimos límites que aún contenían lo irreparable.

Entretanto, la comunidad internacional asiste con mecanismos atrofiados o inoperantes. El Consejo de Seguridad de la ONU, bloqueado por el veto de las potencias implicadas, ha quedado reducido a un foro de declaraciones sin consecuencias. Sin embargo, los resortes existen: la Asamblea General, la Corte Internacional de Justicia, la presión de los países no alineados y una ciudadanía global que empieza a movilizarse.

Es desde esos puntos cardinales de la cordura, institucionales, políticos, espirituales y sociales, desde donde aún podría levantarse un dique de contención. No por inercia, sino por decisión. No por equilibrio automático, sino por voluntad de frenar una una deriva que ya ha demostrado su capacidad para desbordar cualquier límite.

Que esa fuerza y cordura no se manifieste, ni se esté ejerciendo, no significa que no exista. Tampoco está en cuestión su legitimidad, sino su activación urgente y multilateral. Porque algo ya es seguro: Tras el ataque de EE.UU. e Israel a Irán, no vamos a volver a la situación de diciembre de 2025. Ese equilibrio precario, imperfecto, pero reconocible, con ciertas reglas, se ha ido.

La incógnita ya no está solo en lo que hagan los gobiernos, sino en lo que aceptemos nosotros, los 7700 humanos afectados indirectamente y con cierto margen de maniobra y contestación. Porque esta guerra, como tantas otras, no es un fenómeno natural en el sentido de los actos de la Naturaleza, sino los amargos frutos de decisiones humanas que se sostiene mientras admitamos la mentira de que todo era inevitable.

Cada vez que asumimos estas y otras grandes mentiras, o sus perversiones del lenguaje como: los “ataques preventivos”, la “operación militar especial”, nuestra “seguridad y securitización, como parte del orden del mundo y las dejamos pasar como un episodio más, contribuimos a ensanchar sus límites. Así es que se sustancian siempre en lo mismo: más guerra, destrucción y muerte. Es decir, dolor, sufrimiento y duelo.(Sobre “securitización”, este análisis de Dialnet muestra cómo se construyen discursos de “amenaza existencial”, para justificar medidas y condiciones de vida, antes inaceptables, desplazando la seguridad del ámbito militar al social y político.)

Hoy es Irán. Ayer fueron otros nombres, otros mapas, otras materias primas y otras excusas. Pero el mecanismo es el mismo, las multiples caras o métodos de la violencia.

Tal vez el primer dique, el más frágil sea el personal, porque implica compromiso y riesgo. Hoy en EE.UU., Suramerica, EU ya te pueden cerrrar una web o un canal en Youtube u otras plataformas, por pura censura. Pero también es el más honesto, tomar postura y negarse a normalizar todo lo que hemos visto en estos dos artículos. Acostumbrarnos a nombrar la violencia por lo que es.

Señalarla en todas sus formas, económica, doméstica, de género, laboral, callejera, en el patio del colegio, […] hasta llegar a la que enciende los conflictos armados entre las naciones. Nombrar los tipos de violencia por sus consecuencias y recordar, incluso ahora, que: lo que sea que se ha sido decidido por unos pocos (respecto de esta guerra), también puede y debe ser detenido en nombre de todos. Contestado desde todos los foros y lugares a nuestro alcance. Especialmente por las víctimas directas de esta sinrazón.


FUENTES:véase la primera parte  «EEUU: ‘el estado de la Nación’, y su impacto en Oriente Medio y el resto del Mundo (1/2)»

Conflicto Palestina-Israel

El narcisista patológico (patología)

La treta de la negociaciones con Irán, como cobertura militar

Detalles de la Operación Furia Épica y situación militar

Crisis energética y precio del petróleo

Crisis de fertilizantes y seguridad alimentaria

Impacto en la industria tecnológica (helio y semiconductores)

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