jueves 18 de abril de 2024 - Edición Nº1961

Derechos Humanos | 26 mar 2024

Cacao Amargo

Más de 2 millones de niños de entre 5 y 16 años trabajan en el mundo en plantaciones de cacao

Ninguno de los grandes fabricantes de chocolate están en los países donde se produce el insumo básico. La argentina Arcor figura en la lista de las más grandes corporaciones del rubro.


Por: Andrés Gaudín

Costa de Marfil, Niños trabajando en una plantación de Cacao. Foto: Freedom United

Podría empapelarse el mundo con los millones de páginas de los estudios de los organismos multilaterales y las más renombradas universidades, con los informes de prestigiosas redes periodísticas y las tesis de graduación de legiones de profesionales de las Ciencias Sociales. En las últimas décadas, la explotación infantil, y sobre todo la situación de esclavitud a la que están sometidos millones de niños, estremecen a los más sensibles y hasta han llevado  a dictar normas que, en general, se detienen en la abstracta calificación de “pecadoras” que lanzan sobre las multinacionales que se favorecen con ese régimen laboral. Los controles no existen y las sanciones quedan en manos de los consumidores. Sólo en la explotación del cacao, más de 2 millones de niños africanos de entre 5 y 16 años gastan en las plantaciones los breves tiempos de expectativa de vida que les asignaron las estadísticas.

“Mientras los niños africanos son forzados a trabajar por nada en las plantaciones de cacao y en los socavones mineros, desde siempre y hasta la actualidad las empresas occidentales extraen obscenos beneficios de esa mano de obra reducida a la esclavitud”, denunció a fines del año pasado un equipo pastoral de la Iglesia del País Vasco y reprodujo el portal libanés Al Mayadeen. Europa, que no produce ni un grano de cacao, agrega el medio árabe, es sin embargo el mayor exportador mundial de chocolate. Costa de Marfil, Ghana, Ecuador o Indonesia, que son los productores y abastecedores, no figuran en la clasificación mundial de proveedores de chocolate. Tras esa ausencia se oculta la obligación que tienen las empresas de declarar el origen de los granos que convierten en chocolate. Al Mayadeen recuerda que África sola es responsable del 70% de la producción mundial.

Vista desde otro ángulo, la disparidad entre industrializadores y productores es notable. El consumo global medio de cacao –cocoa, como le llaman en los países anglófonos para sortear las dificultades de pronunciación– es de 0,9 kilogramos per cápita/año, y los países con mayor índice se encuentran básicamente en Europa Occidental. Suiza encabeza la lista, con 11,6 kilogramos por persona y por año, seguida de lejos, aunque con alto consumo, por Reino Unido, Bélgica, Francia, Alemania, Países Bajos y, ya cruzando el Atlántico, por Estados Unidos.

En un documento tímidamente crítico de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la agencia de la ONU señala que “esta realidad se debe a la explotación de la población de los países africanos productores de cacao” y cita que “las raíces del problema se remontan a la época colonial, cuando los imperios europeos obligaron a los africanos a cultivar cacao para la exportación”. Lo mismo ocurre todavía hoy: los productores de cacao de África viven en la pobreza y trabajan en condiciones inhumanas, explica Al Mayadeen. El portal cita al Food Empowerment Project de California, para decir que “los niños de entre 5 y 16 años son forzados a trabajar 14 horas/día en condiciones peligrosas, no reciben educación, sufren abusos físicos y se les paga menos de medio dólar por día”. El informe agrega que sólo en Ghana y Costa de Marfil trabajan en esas condiciones unos 2,2 millones de niños.

En una newsletter distribuida entre sus abonados, Fior Markets (un operador indio en los mercados de divisas, materias primas, criptomonedas y acciones en general) valorizó el mercado mundial del cacao en 152.100 millones de dólares y estimó –a una tasa anual de crecimiento del 4,8%– que llegue a los 200.400 millones de dólares en 2028. El informe hace una breve referencia a lo que califica como “los principales actores del mercado” y cita, por su orden, a la suiza Nestlé, la estadounidense Mondelez International y su controlada Cadbury de Gran Bretaña, The Australian Carob, la estadounidense Kraft Foods, la italiana Ferrero Rocher, la suiza Ghirardelli Chocolate Company y la argentina Arcor, una multinacional creada y dirigida hasta hoy por la familia Pagani, y radicada en  la provincia de Córdoba desde sus orígenes, en 1951.

Las empresas occidentales, como las califica la curia vasca, no están solas en la defensa de sus intereses, en la justificación o el ocultamiento del trabajo esclavo. “Claro que hacer tareas repetitivas, como recoger las mazorcas del cacao, puede tener inconvenientes –señaló Neil Howard, investigador sobre trabajo infantil de la británica Universidad de Bath–, pero dado el contexto en el que viven muchos niños pobres no sólo es una necesidad económica, sino una experiencia de aprendizaje, porque el cultivo del cacao será el trabajo al que se dedicarán toda su vida”. Para hablar del tema en un lenguaje elusivo, Mondelez/Cadbury creó su propio sitio web, el “Cocoa Life”, que bajo el lema “Cacao bien hecho” sostiene que “el trabajo de los niños es la educación y el juego, por lo que no es aceptable ninguna cantidad de trabajo infantil en la cadena de suministro del cacao”.

El trabajo esclavo infantil existe en todo el mundo, en general oculto bajo el eufemismo de “ayuda a la economía familiar”, y no se da sólo en el ámbito rural. En la misma África y en el sudeste asiático, especialmente, es un fenómeno urbano que abarca todos los rubros imaginables, desde la fabricación de pelotas de fútbol e indumentaria deportiva hasta la producción de la más fina bijouterie, el mejor prêt-à-porter o las prendas exclusivas que las más afamadas marcas ofrecen en desfiles para invitados especiales en sus salones de las viejas ciudades europeas. En el caso del chocolate nadie definiría a un consumidor como un cómplice, ni siquiera pasivo, del trabajo esclavo. En los otros sí hay una complicidad activa de quienes, instituciones o personas, se prestan para glorificar países, dictaduras, productos o destinos turísticos.  

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