Por: Oscar Ranzani
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Luis Puenzo. Director de Cine.
Luis Puenzo –fallecido este martes a los 80 años- quedará en la memoria de los argentinos de varias maneras: como el director que trabajó con figuras internacionales, como uno de los artífices de la Ley de Cine de 1994, como uno de los fundadores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina, como un presidente más del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales, o como un exitoso productor.
Pero esa extensa lista tiene una merecida e histórica abanderada: fue el realizador de La historia oficial, “la” película de Puenzo, que ganó el primer Oscar al Mejor Film Extranjero para el cine argentino, en una ceremonia en Hollywood que se llevó a cabo el 24 de marzo de 1986. Diez años después del inicio del golpe cívico-militar, Norma Aleandro –protagonista del film-anunció la obtención de la estatuilla dorada y ese fue uno de los momentos más emocionantes que regaló el cine nacional en toda su historia. Con el rostro visiblemente emocionado de ellos, lloraba buena parte del país: iba a ser muy largo el trabajo de reconstrucción de la memoria histórica. Pero una película podía funcionar como correa de transmisión de una cultura con trascendencia histórica que atravesara lo meramente cinematográfico.
Puenzo había nacido en Floresta el 19 de febrero de 1946. Sólo tenía dieciséis años cuando comenzó a filmar. Recordaba que, en aquel entonces, se dedicaba a realizar trabajos de publicidad cuatro días por semana. Toda una exigencia. El director reconocía que la publicidad era “cine por encargo” y que su labor consistía en poner en imágenes lo que pedía un cliente. “No eran historias mías, no eran mis películas”, señalaba. Por eso, cuando las puertas del cine se le abrieron, tuvo claro desde un principio que quería filmar “cosas que necesitaba mucho filmar”. Porque Puenzo siempre admitió que nunca hizo “películas fáciles ni mucho menos comerciales. Todos mis proyectos siempre fueron bastante difíciles y siempre con un desafío fuerte, un tirarse a la pileta, con un peligro creativo, de incertidumbre, de adrenalina corriendo. Así fueron todas”.
El debut como director y guionista arrancó en 1973 con Luces de mis zapatos, una película infantil protagonizada por Norman Briski. Después participó en la dirección del segmento “Cinco años de vida”, dentro del film colectivo Las sorpresas (1975).
Desde entonces, pasó una década. Corría 1985 y una película argentina iba a conmover a parte de una sociedad lastimada y herida, que no era la parte negadora o cómplice del terrorismo de Estado. Dos años después del retorno de la democracia se estrenaba La historia oficial, la primera ficción en abordar el robo de bebés, la complicidad civil con los represores y la luchas de las Abuelas de Plaza de Mayo durante los años de plomo. Fue también el film que logró instalar las secuelas de la dictadura en la comunidad cinematográfica internacional, tras obtener en 1986 el primer Oscar para el cine argentino.
Puenzo había comenzado a pensar la película en 1982 cuando las botas largas todavía estaban en el gobierno, el año en que comenzaría a desangrarse el poder militar como consecuencia de la loca aventura de un genocida alcohólico que declaró la guerra de las Malvinas. El año del estreno de La historia oficial fue el mismo del Juicio a las Juntas. Tiempo después, más precisamente el 24 de marzo de 1986, a diez años del golpe de Estado, el cineasta alzaba la estatuilla dorada que otorga anualmente la Academia de Hollywood. Esa noche, entrando a la casa que había alquilado en la colina de West Hollywood, Puenzo dejó una frase para la posteridad: “Aquí está, mírenlo bien, es nuestro”. La historia oficial venía de ganar el Premio del Jurado Ecuménico al Mejor Film en el 38º Festival de Cannes, y Norma Aleandro, de obtener el premio a la Mejor Actriz, ex aequo con Cher (por Mask, en el caso de la actriz norteamericana). También el Globo de Oro aquel año fue para La historia oficial.
Cuando subió al escenario no había forma de eludir el tema, Puenzo tampoco quería evitarlo y, por otro lado, ya sabía que su discurso iba a amplificarse a nivel mundial. “Al mismo tiempo que estoy aquí, sobre este escenario, aceptando este honor, no puedo dejar de recordar que otro 24 de marzo, hace hoy diez años sufrimos el último golpe militar en nuestro país. Nunca olvidaremos esta pesadilla, pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños. Gracias”, expresó emocionado.
Si bien a lo largo de estos 43 años de democracia, el cine nacional dio cuenta del ominoso período de la dictadura, en diversos formatos, géneros, historias, estéticas y narrativas, el largometraje de Puenzo fue prácticamente pionero porque en los albores de la democracia indagaba en la búsqueda de los nietos por parte de las Abuelas de Plaza de Mayo a partir de la historia de una mujer (Aleandro), esposa de un amigo de los represores (Héctor Alterio), que se preguntaba si su hija adoptiva Gaby podría ser hija de desaparecidos.
Además de Aleandro y Alterio, La historia oficial tuvo un elenco de lujo: Chunchuna Villafañe, Hugo Arana, Patricio Contreras y Chela Ruiz, en los roles centrales, más la niña Analía Castro, y Pablo Rago. Puenzo había escrito el guión con la siempre recordada Aída Bortnik.
“Se sabía que había criaturas desaparecidas, pero no se sabía cómo eran los procedimientos, cómo se hacía, cómo iban a parar a manos de otra gente. Y me acuerdo que cuando fuimos a Abuelas de Plaza de Mayo iban por la identidad restituida número tres, si mal no me recuerdo”, contó el realizador a este diario. Y un dato intimista: “La historia oficial la filmé en casa, en los cuartos de mis hijos, en el living, a veces con sus juguetes, que eran los que usaba Analía Castro para su personaje de Gaby. Analía era de la edad de mis chicos y jugaba con ellos en medio de la filmación”, recordaba el cineasta.
Puenzo filmó en un momento en que el país comenzaba a narrarse a sí mismo tras el horror. Y lo hizo con una aguda mirada que apostó por el conflicto íntimo como terreno de acceso a lo político. La historia de esa madre que descubría la verdad sobre su hija adoptiva no era solamente un drama familiar: era la metáfora de una sociedad que empezaba a hacerse preguntas incómodas. Pero su legado no puede pensarse únicamente en términos cinematográficos: Puenzo formó parte de una generación que entendió que la cultura no es un territorio neutral. En un país atravesado por la impunidad, su película dialogó con organismos de derechos humanos, como Abuelas de Plaza de Mayo, aportando a la construcción de una memoria activa y necesaria. En tiempos donde el negacionismo vuelve a encontrar eco en ciertos discursos políticos, la obra de Puenzo recupera una vigencia inquietante.
Tras La historia oficial, Puenzo continuó su carrera de director y guionista con títulos como Gringo viejo (1989), adaptación de la novela del escritor Carlos Fuentes, una producción internacional que contó con las actuaciones de Jane Fonda, Gregory Peck y Jimmy Smits, ambientada en los años de la Revolución Mexicana; La peste (1992), basada en la novela homónima de Albert Camus, donde adaptó el guion y dirigió a un elenco encabezado por William Hurt, Robert Duvall y Raúl Juliá, y La puta y la ballena (2003), largometraje rodado entre la Argentina y España protagonizado por Leonardo Sbaraglia, Miguel Angel Solá y Aitana Sánchez-Gijón.
Con Gringo viejo se produjo su salto a una producción internacional. Puenzo se desplaza en este film hacia la Revolución Mexicana y pone en escena el choque entre culturas, ideales revolucionarios y desencanto. La puesta lleva a reflexionar sobre la identidad de dos culturas que entran en contacto y, al mismo tiempo, describe las luchas inherentes a los propios seres. En términos generales, el film respeta la esencia del libro, sumando a ello que la fotografía, la construcción escenográfica y la excelente interpretación de los personajes sumergen al espectador en el México de principios del siglo XX y en la atmósfera vital, psicológica y política que habrá de marcar no solamente la vida de dos ejércitos, un par de gringos, muchos mexicanos, sino de toda una nación.
Años más tarde, en 1992, con La peste retoma la dimensión alegórica. La acción se sitúa en la última década del siglo XX, en una ciudad llamada Orán (no la auténtica Orán argelina sino una ficticia), de aspecto europeo pero localizada en el sur de Sudamérica. La ciudad sufre una epidemia de peste bubónica y es sometida a cuarentena y diversos colectivos reaccionan de forma muy diversa ante ella. La epidemia que infecta la ciudad puede leerse como metáfora del autoritarismo y la fragmentación social, valores, o más bien, desvalores de la década del 90, sobre los cuales la película reflexiona al igual que sobre el individualismo creciente y la fragilidad del lazo social, en un contexto donde no había espacio para las utopías colectivas.
En La puta y la ballena, Puenzo entrelaza dos tiempos narrativos: la Argentina contemporánea y la de la Guerra Civil Española. Vera (Aitana Sánchez-Gijón) es una escritora que está perdida en España tras habérsele sido detectado un cáncer de mama y tener una crisis matrimonial. En Buenos Aires le realizan una mastectomía y es allí donde encuentra un tema para su próxima novela: una ballena que se pierde dos veces en la misma playa y una corista que se prostituye en la Patagonia. A través de personajes que indagan y buscan, que aman de veras, pero también huyen, el largometraje vuelve a plasmar temas de su filmografía como la memoria, el exilio y la transmisión de la violencia.
Como productor, su influencia también fue decisiva. Desde su empresa productora apoyó proyectos que, sin su respaldo, difícilmente hubieran encontrado financiamiento en una industria históricamente precarizada. Y también produjo diversos films nacionales dirigidos por sus hijos Lucía Puenzo (Wakolda, El niño Pez, XXY) y Nicolás (Los últimos).
Además de su rol como autor y realizador, Puenzo tuvo participación activa en la política audiovisual argentina, ya que, en 1994 fue un actor decisivo en la redacción de la Ley de Cine (ley Nº 24.377/94), que estableció la autarquía del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa) y la forma de financiamiento, lo que dio un impulso a la producción de películas. La misma que el gobierno de Javier Milei le dio un tiro de gracia paralizando prácticamente la producción nacional con el vaciamiento del Instituto. “Con Pino Solanas trabajamos mucho la ley: él en ese momento era titular de la Comisión de Cultura. Pino adentro, la DAC afuera y yo como vocero y presidente de la DAC trabajamos mucho por la ley, mucho más de lo que se sabe. Fueron dos años, de 1992 a 1994. Con Pino nos unen muchas cosas y también la ley”, señaló hace unos años a este cronista. También fue uno de los miembros fundadores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de la Argentina en 2004, mientras que, entre fines de 2019 y abril de 2022, se desempeñó como presidente del Incaa, con más ilusiones -asumió con mucha energía y con un gran apoyo de la industria- que logros concretos: sectores de la industria reclamaron inactividad en el Instituto y cuestionaron el plan de fomento impulsado por Puenzo, entre otros conflictos.
Despedir a Luis Puenzo implica también volver a ver sus ficciones, no como piezas de museo, sino como intervenciones vivas. Porque si algo deja claro su trayectoria es que el cine, cuando se compromete con su tiempo, puede ser mucho más que entretenimiento: puede ser una forma de justicia. Justicia que la dictadura borró de un plumazo para su plan macabro y criminal, como lo refleja la obra cumbre de Puenzo, La historia oficial. En la era de relatos que buscan simplificar la historia, su cine insiste -a pesar de su ausencia física- en complejizarla.