domingo 26 de abril de 2026 - Edición Nº2699

Internacionales | 26 abr 2026

Ni Defensa; Ni Justificación, Solo Comprender

Irán debía derrumbarse… ¿por qué sigue en pie?

10:18 |Este texto no está escrito para defender un sistema ni para justificarlo. Es un intento de comprender. Comprender por qué un sistema que, según muchas expectativas, se esperaba que colapsara, con todo sigue en pie. Y, sobre todo, comprender que sobrevivir no significa necesariamente tener éxito.


Por: Shayan Moradi

Un análisis estructural del poder, la resiliencia y la supervivencia política en Irán.

Este texto no está escrito para defender un sistema ni para justificarlo. Es un intento de comprender. Comprender por qué un sistema que, según muchas expectativas, se esperaba que colapsara, con todo sigue en pie. Y, sobre todo, comprender que sobrevivir no significa necesariamente tener éxito.

Han pasado dos años desde lo que se denominó “Operación Promesa Verdadera 1”.

En este período relativamente breve, un presidente murió en un accidente de helicóptero, el secretario general de Hezbolá fue asesinado, altos mandos militares fueron eliminados uno tras otro, y se produjeron dos ciclos de enfrentamiento militar directo con Israel y Estados Unidos. Las infraestructuras energéticas resultaron dañadas y la economía ha sufrido presiones crecientes y acumulativas.

Y, a pesar de todo esto, la estructura política, militar y tecnocrática del país no se ha colapsado. Esto plantea una pregunta seria, no una pregunta de intención propagandista, ni de negación, sino de análisis: ¿por qué un sistema que, aparentemente, debería ceder bajo semejante presión, continúa resistiendo?

Muchos observadores, tanto externos como internos, caen en un error analítico que se puede definir como “personalización del poder”. Este error se basa en la idea de que el poder en un sistema político está concentrado en los individuos; en consecuencia, eliminando a los individuos, el sistema debería derrumbarse. Este esquema funciona, al menos en parte, para regímenes patrimoniales clásicos. Como, por ejemplo, la Libia de Muamar el Gadafi o el Irak de Sadam Husein. Pero resulta insuficiente e incluso engañoso cuando se aplica a un sistema que, durante más de cuatro décadas, ha construido instituciones, estratificado el poder y distribuido la autoridad a través de estructuras paralelas.

En la ciencia política existe una distinción fundamental entre regímenes personalistas y sistemas institucionalizados. Los primeros se derrumban con la eliminación de la figura central. Los segundos, en cambio, tienden a regenerarse incluso después de la pérdida de individuos clave.

Gran parte del error en el análisis sobre Irán nace precisamente de este punto: se le interpreta como perteneciente a la primera categoría, mientras que en realidad, a pesar de todas sus debilidades, se acerca mucho más a la segunda.

En este sentido, la República Islámica puede describirse como un “régimen híbrido”: un sistema que combina autoritarismo, institucionalización burocrática y redes de poder paralelas. Un sistema que, al mismo tiempo, produce funcionalidad y disfunción.

Tomarse en serio un sistema así no significa aprobarlo, sino comprenderlo de manera precisa.

Para entender la resiliencia del Estado iraní hoy, hay que mirar más allá de 1979.

Las raíces del Estado moderno iraní se remontan a la Revolución Constitucional: un inicio que, desde el origen, fue profundamente contradictorio.

El proyecto de construcción del Estado en Irán se desarrolló en un contexto marcado por una fuerte centralización, la supresión de la diversidad religiosa, regional y política, la represión de los movimientos civiles y la dependencia de las rentas petroleras, en un lugar con el contrato social real basado en la tributación. El resultado fue un Estado fuerte, pero no necesariamente desarrollado; centralizado, pero no necesariamente eficiente; moderno en su forma, pero no siempre en su sustancia.

Esta herencia paradójica —un Estado que construye y al mismo tiempo reprime— ha continuado hasta hoy, y la República Islámica es heredera de ella, más que su origen. Irán sigue siendo un país semiperiférico, caracterizado por la corrupción estructural, el desarrollo desigual y capacidades fragmentadas entre regiones y grupos sociales. Y, sin embargo, este mismo Estado ha producido una burocracia funcional, un ejército organizado, un sistema educativo e infraestructuras técnicas que la República Islámica ha reorganizado, más que creado desde cero.

En los años ochenta, la República Islámica afrontó una auténtica “prueba de supervivencia”: una guerra de ocho años, conflictos armados internos y una serie de asesinatos políticos a gran escala en la cúpula dirigente, sumado todo ello al aislamiento internacional. Entre las víctimas estuvieron Mohammad Beheshti (jefe del poder judicial), Mohammad-Ali Rajai (presidente) y Mohammad-Javad Bahonar (primer ministro), asesinados en 1981, además de decenas de cuadros intermedios.

De esta fase, el sistema aprendió lecciones fundamentales: la cúpula dirigente debe ser reemplazable, la toma de decisiones debe estar distribuida, la supervivencia debe institucionalizarse, no personalizarse.

Esta experiencia se arraigó en la memoria institucional del sistema y fue posteriormente reforzada por las experiencias regionales, desde el Líbano hasta Irak, Siria y Yemen.

Irán observó de cerca cómo Irak se colapsó tras la eliminación de Sadam, cómo Libia se desintegró después de Gadafi, cómo Siria estuvo cerca de perder el Estado.

Estas experiencias han influido profundamente en la doctrina de seguridad y la estructura política de Irán.

Una de las características más distintivas de este sistema es la presencia de estructuras de poder paralelas: el Cuerpo de Guardianes de la Revolución junto al ejército regular, el Consejo de Guardianes junto al Parlamento, la oficina del Líder Supremo junto al gobierno, instituciones económicas semiestatales junto a los ministerios oficiales.

En la gestión cotidiana, este modelo suele generar a menudo ineficiencia, ambigüedad en la rendición de cuentas y corrupción. Pero desde el punto de vista de la resiliencia, crea una ventaja fundamental: no existe un único punto de ruptura.

En la teoría de sistemas, esto se conoce como “redundancia”: cuando un nodo es eliminado, el sistema continúa funcionando a través de otros caminos. La eliminación de figuras como Qasem Soleimani, Hassan Nasralá o Ebrahim Raisi representó golpes significativos, pero ninguno de ellos constituyó un punto de ruptura para el sistema en su conjunto.

Junto a esto, existe un nivel menos visible pero esencial: una tecnocracia estable. Mandos intermedios, ingenieros de las redes energéticas, especialistas de la industria petroquímica, expertos financieros: estas figuras no llegan a través de las elecciones y no desaparecen con las crisis políticas. Durante los recientes períodos de presión, ha sido precisamente este componente el que ha mantenido operativas las funciones esenciales del Estado.

Esto demuestra que incluso un Estado con una legitimidad cuestionada puede seguir funcionando si dispone de una burocracia técnica eficaz.

Sin embargo, la resiliencia de Irán no es solo institucional. Es también geográfica y demográfica. Con más de 80 millones de habitantes, una clase media educada y una fuerza laboral técnica en crecimiento, Irán posee una significativa capacidad interna.

Desde el punto de vista geopolítico, por su posición entre el Golfo Pérsico, el Mar Caspio, Asia Central y el Cáucaso, se sitúa en uno de los nodos más sensibles del sistema internacional.

Esto significa que el coste del colapso de Irán sería extremadamente elevado para actores regionales y globales. Por este motivo, incluso los adversarios de este sistema suelen preferir un Irán debilitado a un Irán colapsado. Esta realidad crea una suerte de “escudo geopolítico invisible” para la supervivencia del sistema.

Pero en todo este análisis estructural, no debe olvidarse un hecho simple: la resiliencia del sistema no coincide necesariamente con la resiliencia de la sociedad. Lo que aparece como estabilidad a nivel sistémico puede traducirse, en la vida cotidiana, en presión constante, incertidumbre y desgaste.

Lo que observamos hoy no es el producto de un único momento, sino el resultado de un largo proceso histórico de adaptación y supervivencia.

La República Islámica debe ser comprendida como un Sistema, no simplemente como un conjunto de individuos o una ideología abstracta.

No entender esta realidad no es una postura moral ni un análisis político: es, sencillamente, una simplificación.

Aun así, el futuro permanece abierto. El conflicto reciente no ha concluido aún y sus consecuencias siguen siendo inciertas. El sistema se encuentra al inicio de una fase de transición: nuevos equilibrios, nuevas figuras, nuevas dinámicas todavía en formación.

La pregunta principal ya no es por qué este sistema no se ha derrumbado. La verdadera pregunta es esta: ¿puede transformarse? ¿O continuará sobreviviendo sin cambiar?

Y, sobre todo: ¿quién asumirá el coste de esta supervivencia?

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