lunes 27 de abril de 2026 - Edición Nº2700

Internacionales | 27 abr 2026

¿Qué Quedara de Argentina?

Peter Thiel se compró una mansión y de paso vino a quedarse con el Estado Argentino

08:04 |El jueves 23 de abril de 2026 la prensa fue expulsada de la Casa Rosada. Sin explicación oficial. Sin precedente conocido. La medida no coincidió con una visita de Estado, ni con una crisis de seguridad, ni con ninguno de los eventos que suelen justificar ese tipo de hermetismo. Coincidió, exactamente, con la llegada de Peter Thiel.


Por: Mariano Quiroga. Agencia Pressenza

(Imagen de @opra Oficina del Presidente de la República Argentina)

El jueves 23 de abril de 2026 la prensa fue expulsada de la Casa Rosada. Sin explicación oficial. Sin precedente conocido. La medida no coincidió con una visita de Estado, ni con una crisis de seguridad, ni con ninguno de los eventos que suelen justificar ese tipo de hermetismo. Coincidió, exactamente, con la llegada de Peter Thiel.

El hombre entró al despacho presidencial acompañado por su esposo, Matt Danzeisen, ex vicepresidente de BlackRock, y por un asesor argentino llamado Matias Van Thienen. También participó el canciller Pablo Quirno. El Presidente, consultado después, describió la reunión como «maravillosa» y dijo que Thiel «tiene intereses en el sector de agronegocios». Fue, probablemente, la frase más costosa en términos de credibilidad que Javier Milei pronunció en lo que va de su mandato. Porque Peter Thiel no viaja desde Silicon Valley a Buenos Aires para hablar de soja.

Thiel tiene 58 años, nació en Alemania y creció en California. Es cofundador de PayPal —junto a Elon Musk, con quien tiene una relación de décadas de idas y vueltas—, primer inversor externo de Facebook, y creador de Palantir Technologies, una empresa cuyo valor de mercado supera los 350.000 millones de dólares y cuyo nombre proviene de los orbes mágicos de El Señor de los Anillos: las piedras que permiten ver todo, en todas partes, al mismo tiempo. La metáfora no fue elegida al azar.

Palantir nació en 2003, financiada por In-Q-Tel, el brazo de inversión de la CIA. Su primer cliente fue el gobierno de Estados Unidos. Su primer producto fue un sistema de análisis de datos diseñado para localizar terroristas después del 11 de septiembre. Desde entonces, la empresa nunca se alejó demasiado de ese origen. En 2025 firmó un contrato de 10.000 millones de dólares con el Ejército estadounidense para centralizar el manejo de software y datos durante la próxima década. Desarrolla el sistema de misiles antiaéreos «Domo Dorado» de la administración Trump. Provee herramientas al ICE para identificar, localizar y deportar migrantes. Y, según admitió públicamente su propio CEO, su tecnología fue utilizada en el ataque a la infraestructura nuclear iraní en 2026

Alex Karp, filósofo de formación y CEO de Palantir, lo dijo ante un foro en Washington con la precisión de quien describe un triunfo deportivo: «Si mirás la operación ‘Martillo de medianoche’, la operación en Venezuela para capturar a Maduro, o la operación que estamos viendo en Irán, ves una sociedad dominando totalmente, y esa sociedad es la nuestra». No hay ambigüedad posible. No hay subtexto. Es el texto.

La primera visita de Thiel a la Argentina había ocurrido en mayo de 2024. El nexo fue Alec Oxenford —hoy embajador argentino en Washington— y el encuentro con Milei dejó en el empresario una impresión que él mismo describió como entusiasmo genuino. En octubre de ese año, en un foro del Club Económico de Miami, Thiel formuló una pregunta retórica que era, en realidad, una declaración de intenciones: «¿Por qué nos interesa tanto lo que pasa en Argentina? La respuesta es que sentimos que Argentina podría ser el futuro de Europa y de Estados Unidos». Hay que detenerse en esa frase. No dice que Argentina es un buen mercado, ni que tiene potencial de crecimiento. Dice que Argentina podría ser el futuro. El laboratorio. El ensayo general.

Cuando Thiel regresó en abril de 2026 no llegó solo a reunirse con el Presidente. Antes de pisar Casa Rosada, ya se había reunido con Santiago Caputo, el asesor más poderoso del gobierno, con influencia directa sobre la SIDE. Y la semana siguiente, también mantuvo encuentros con autoridades del organismo de inteligencia argentino. Ninguna fuente oficial confirmó ni desmintió nada. El silencio oficial fue, en este caso, más elocuente que cualquier declaración.

Hay que comprender qué hace Palantir exactamente. Sus plataformas Gotham y AIP no son simples programas de gestión de datos. Son sistemas capaces de cruzar en tiempo real información proveniente de satélites, drones, redes sociales, registros financieros, cámaras de vigilancia y comunicaciones intervenidas, y convertir todo ese volumen en inteligencia procesada: perfiles individuales, mapas de amenaza, decisiones automatizadas de objetivos. La misma tecnología que guió misiles sobre Irán puede construir un perfil de un dirigente sindical, un periodista, un candidato opositor o una organización de derechos humanos. No es una posibilidad teórica. Es el uso documentado que hace en otros países.

Días antes de la reunión en Casa Rosada, el empresario compró una mansión de 1.600 metros cuadrados en Barrio Parque por cerca de doce millones de dólares. Y según rumores no confirmados estaría interesado en comprar territorio en la Patagonia. No tierras productivas en el sentido convencional. La Patagonia, en la cosmovisión de Thiel y del movimiento tecnolibertario al que pertenece, tiene otro valor: es el refugio. El territorio donde la élite de Silicon Valley planea sobrevivir al colapso del hemisferio norte.

Detrás de cada decisión de Thiel hay una ideología que él mismo no disimula. En octubre de 2025, en una serie de conferencias privadas, calificó a la activista climática Greta Thunberg y a quienes critican el desarrollo sin restricciones de la inteligencia artificial como «legionarios del Anticristo». No es retórica religiosa decorativa. Es parte de un sistema de creencias coherente que combina el aceleracionismo tecnológico del filósofo Nick Land, el pensamiento neorreaccionario de Curtis Yarvin y una lectura escatológica del cristianismo donde el fin de los tiempos y la singularidad tecnológica convergen en el mismo punto de la historia.

Nick Land, el «padre» del aceleracionismo contemporáneo, plantea que las fuerzas tecnológicas y capitalistas deben intensificarse sin importar sus efectos desestabilizadores, que la democracia no es garante de la libertad sino un obstáculo para la innovación, y que el fin de la democracia es la condición de posibilidad de un salto hacia un futuro transhumanista. En esa visión, la misión histórica de la humanidad es desarrollar la IA hasta el punto en que ésta supere a sus creadores. Cuando eso ocurra, sobrevivirá una élite de transhumanos que habrán usado la tecnología para vencer a la biología. El resto de la humanidad habrá cumplido su función histórica. Thiel no solo financia ideas: financia compañías de longevidad y ha declarado, sin ironía, su objetivo personal de no morir.

El 18 de abril de 2026, Palantir publicó en X el resumen de 22 puntos que el mundo leyó como su manifiesto. La élite ingenieril de Silicon Valley «tiene la obligación afirmativa de participar en la defensa de la nación». Las democracias occidentales deben dejar de disculparse por su historia. La era de la disuasión nuclear terminó: la nueva disuasión se construye sobre armas de inteligencia artificial, «un campo donde los adversarios no se detendrán en debates teatrales sobre ética o seguridad». «Algunas culturas han producido avances vitales», concluye el texto, mientras «otras permanecen disfuncionales y regresivas».

La Argentina que Thiel encontró es exactamente el escenario que necesitaba: un gobierno ideológicamente afín que ya reformó la ley de inteligencia por decreto, que expulsó a la prensa el día que él llegó, que construyó un marco normativo sin regulación ambiental para los data centers y que tiene a un asesor presidencial señalado por el propio embajador de Trump como «interlocutor prioritario». La suma de estas piezas no es accidental. Es arquitectura.

La pregunta que queda flotando, después de todo, no es qué quiere Thiel de la Argentina. Eso ya está bastante claro: soberanía digital, recursos estratégicos, un laboratorio político y, eventualmente, un refugio. La pregunta es qué queda de la Argentina después de Thiel.

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