Por: René Ramírez Gallegos. Fuente: https://www.alai.info/
![]()
Vivimos en el tiempo del deterioro lento. No del derrumbe súbito, sino del desgaste silencioso. El salario que no llega, el contrato que no viene, la casa que no se puede pagar. Todo cede un poco, todos los días, hasta que el presente se vuelve un lugar donde ya no cabe el futuro.
La crisis actual ha sido comparada, con una insistencia casi ritual, con la de los años treinta. No es una comparación trivial: hay síntomas que se repiten —disputa hegemónica, ascenso de derechas autoritarias, fragilidad institucional, guerras latentes. Pero detenerse ahí es, en el mejor de los casos, pereza analítica; en el peor, una forma elegante de equivocarse con precisión.
Porque esta crisis no es sólo económica. Tampoco es sólo política. Es civilizatoria. No está en juego únicamente la reproducción del capital, sino la reproducción de la vida. Energía, agua, cuerpos, afectos, tiempo. No es una recesión: es una implosión del sentido; de la misma existencia.
En los años treinta, el capitalismo encontró una salida. No fue espontánea: fue el resultado de luchas sociales, guerras, pactos forzados. El Estado intervino, redistribuyó, reguló. La fórmula keynesiana —ese compromiso inestable entre capital y trabajo— permitió recomponer legitimidad. El capital cedió para no arder.
Hoy las condiciones han cambiado de manera radical. No porque el capital haya aprendido a ser más justo, sino porque ha aprendido a gobernar de otra forma. Ya no necesita comprar la paz social del mismo modo. Puede tolerar la redistribución sin perder el control, siempre que el sentido del valor permanezca intacto. Ese es el problema.
El límite estructural del progresismo
Durante las últimas décadas, los gobiernos progresistas en América Latina lograron avances innegables: redujeron la pobreza, ampliaron derechos, restituyeron la dignidad de millones. Frente a la obscenidad neoliberal, representaron un giro histórico. Pero también alcanzaron un límite. No por falta de voluntad, sino por la profundidad del problema que enfrentaban.
Redistribuyeron, sí. Pero no tocaron el sistema que produce lo que se reparte. Porque repartieron bajo la misma lógica del valor. La agenda fue, en lo fundamental, una agenda de redistribución secundaria: transferencias monetarias, salarios, consumo. Se discutió cuánto y a quién, pero no qué se entiende por riqueza. Se disputó la distribución del ingreso, pero no la estructura que define qué cuenta como valor.
Y cuando el sentido no cambia, el sistema se adapta. Por eso el capital pudo tolerar —e incluso coexistir con— experiencias redistributivas. Porque mientras la riqueza siga siendo medida en términos de valor de cambio, mientras la vida siga subordinada al tiempo abstracto del mercado, la redistribución no altera el núcleo del problema. Puede suavizarlo, puede postergarlo, puede incluso dignificar la existencia. Pero no lo resuelve.
Porque el núcleo de la crisis actual no es distributivo. Es ontológico. Lo que está en disputa no es sólo la cantidad de riqueza, sino su definición. No basta con repartir mejor el tiempo alienado. Hay que disputar el sentido del tiempo mismo. ¿Para qué redistribuir relojes si nos roban el tiempo?
La desigualdad temporal y el legado colonial
Este es el punto ciego del pensamiento progresista. Se asume que la desigualdad es, fundamentalmente, una desigualdad de ingresos o de oportunidades. Pero esa es sólo la superficie. Debajo hay una estructura más profunda: una estratificación temporal.
Algunos tienen tiempo. Otros lo pierden. Algunos planifican el futuro. Otros sobreviven en un presente saturado. La desigualdad no es sólo económica: es temporal.
Y esa desigualdad tiene historia. Tiene geografía. Tiene cuerpo. Está anclada en la larga duración del colonialismo —no en el sentido trivial que hoy circula en ciertos discursos, donde el problema parece reducirse a un déficit moral o institucional de los pueblos colonizados—. El problema no es que el colonizado no supo organizarse. El problema es que el colonizador organizó el mundo a su favor y reproduce el colonialismo hoy.
La riqueza —y con ella el tiempo— se distribuyó históricamente de forma asimétrica. Y esa distribución no desapareció con la independencia formal. Se transformó en colonialismo interno: en estructuras de propiedad, en jerarquías raciales, en divisiones territoriales. La riqueza es canal de transmisión de un legado histórico. De un tiempo robado que se vuelve herencia.
Por eso, incluso en contextos de crecimiento o redistribución, las brechas persisten. No se trata sólo de flujos de ingreso, sino de stocks de poder patrimonial acumulado en el tiempo. Los avances progresistas fueron importantes, pero insuficientes para revertir la concentración patrimonial histórica. Mejores que la derecha, sin duda. Pero todavía dentro de los márgenes del sistema.
La pregunta no es sólo quién reparte el pastel. Es qué pastel estamos horneando. Y para qué, entre quienes y para quién.
Reconfiguración del capitalismo y ascenso de las derechas
El neoliberalismo del siglo XXI no es el del siglo XX. Desde la crisis financiera de 2008, el sistema no ha logrado restablecer un ciclo de crecimiento sostenido. América Latina ha experimentado una década de bajo dinamismo, acompañada de precarización del trabajo y de transformaciones demográficas y ecológicas de gran alcance.
Las derechas no han triunfado únicamente por su capacidad discursiva. Han sabido interpretar las mutaciones en curso y construir una intervención política coherente con ellas. Su eficacia no radica sólo en lo que dicen, sino en que lo que dicen resuena con experiencias materiales concretas.
Uno de los errores más extendidos consiste en atribuir la expansión de las derechas a la influencia de los medios y las redes sociales. Las narrativas no se inoculan en un vacío: se sedimentan sobre estructuras materiales.
América Latina ha experimentado un proceso de desindustrialización prematura y la emergencia de la economía de plataformas: una forma de inserción laboral caracterizada por la informalidad, la fragmentación y la autoexplotación. El empleador se vuelve difuso —una aplicación, un algoritmo— y el trabajador es reconfigurado como “emprendedor”. La subordinación no desaparece, pero se internaliza.
En este marco, la competencia ya no se organiza exclusivamente entre clases, sino entre sujetos que comparten condiciones materiales similares. El taxista contra el conductor de plataforma, el trabajador formal contra el informal. La lucha de clases tiende a ser sustituida por una lógica de pueblo contra pueblo. Esta fragmentación no es un efecto colateral, sino una condición funcional del nuevo régimen de acumulación.
Las derechas han construido narrativas que convierten la precariedad en mérito, la desigualdad en resultado de elecciones individuales y el conflicto social en una disputa moral entre “productivos” y “parásitos”. En ese desplazamiento, la estructura desaparece y el enemigo se vuelve cotidiano.
A esto se suma la dimensión tecnológica. Las plataformas digitales no son meros canales de comunicación: son infraestructuras que configuran formas específicas de interacción social. Su lógica —basada en la personalización, la segmentación y la maximización del tiempo de uso— tiende a producir sujetos individualizados, con menor disposición a la deliberación colectiva. La izquierda ha buscado disputar el mensaje en plataformas diseñadas para fragmentar el lazo social. El resultado es previsible.
A esta reconfiguración se suma la expansión del narcocapitalismo, que en varios países de la región ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una pedagogía de lo social. No sólo como economía ilegal, sino como forma de organizar la vida: jerarquías, lealtades, territorios, castigos. La violencia deja de ser excepción para convertirse en mecanismo cotidiano de resolución de conflictos. La lógica amigo-enemigo se intensifica y la deliberación pierde centralidad. En contextos donde el Estado es percibido como ausente o capturado, esa pedagogía adquiere legitimidad. No se trata de un problema de seguridad: es una forma de orden que erosiona desde abajo las bases mismas de la democracia. Y que la izquierda, con demasiada frecuencia, ha preferido no nombrar.
La doble ilusión y el divorcio entre Marx y Gramsci
Buena parte de la izquierda se ha refugiado en una doble ilusión: la de la gestión técnica y la de la disputa simbólica desconectada de la materia. Ha olvidado que la subjetividad no flota en el aire. Se produce en condiciones concretas de vida. Gramsci sin Marx es apenas retórica. Y Marx sin materia es fábrica sin trabajadores.
El problema no está en las pantallas. Está en la estructura que hace que las pantallas organicen la vida.
La derechización contemporánea no puede explicarse fundamentalmente por la disputa comunicacional, sino por transformaciones materiales profundas que reconfiguran las condiciones de reproducción de la vida. La izquierda arrastra un desfase analítico: ha tendido a separar la disputa cultural de la economía política de la acumulación. Ese divorcio constituye hoy una de sus principales debilidades.
Hacia una política de la vida
La salida no puede ser ni nostálgica ni moderada. No se trata de repetir la fórmula del siglo XX. Pero tampoco de renunciar al Estado. El Estado, tal como está configurado, reproduce en gran medida la lógica del capital. Puede corregirla, amortiguarla, redistribuir sus efectos. Pero difícilmente puede, por sí solo, transformarla.
Frente a la fragmentación social, la pregunta por la unidad adquiere centralidad. Pero no se trata de una unidad abstracta. La convergencia de luchas —feministas, ecologistas, indígenas, laborales— requiere un punto de articulación que permita reconstruir un horizonte común. Ese núcleo sigue siendo la lucha de clases, siempre que no se la reduzca al salario: en ella se inscriben también la opresión de género, la racialización del poder y la persistencia de la extracción colonial.
Para eso conviene mirar más atrás. Antes de la colonia. Antes del contrato social liberal. Antes de la ficción del individuo aislado. La democracia no nace en el Parlamento. Nace en la comunidad. En formas de organización donde la vida —no el valor de cambio— es el centro. Donde el tiempo no es mercancía, sino relación.
Democracia institucional sin democracia material es apenas administración de la desigualdad. Y redistribución sin cambio en el sentido del valor es, en el mejor de los casos, una tregua.
La radicalidad hoy no puede medirse sólo en términos de cuánto se redistribuye. Se mide en la capacidad de transformar qué se entiende por riqueza. De pasar del valor de las cosas al valor de la vida (buena). De romper con la lógica en la que todo lo que tiene precio tiene valor —y todo lo que no, desaparece.
La tarea implica reordenar la economía, la política, la cultura. Implica disputar el tiempo. Implica recuperar una mirada materialista que no se quede en la superficie de las disputas simbólicas. Implica volver a Marx —no como ejercicio doctrinario, sino como herramienta— y actualizar esa mirada incorporando las dimensiones ecológicas, tecnológicas y decoloniales que atraviesan el presente.
La pregunta, en definitiva, no es sólo cómo distribuir mejor lo existente, sino cómo producir de otro modo. No es sólo quién reparte, sino qué se reparte. Y para quién.
Si la historia ha sido, hasta ahora, la historia del tiempo expropiado, tal vez sea hora de que empiece a ser la historia de su recuperación.