Por: Dr. Alon Ben-Meir. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Depositphotos)
Irán no es un poder transitorio al que se pueda doblegar mediante la coerción; es una civilización con más de 2.500 años de historia ininterrumpida, forjada por un profundo sentido de identidad, resiliencia y orgullo. Desde el legado filosófico de Avicena hasta la genialidad poética de Hafez y las contribuciones científicas de Al-Juarismi, la huella de Irán en la civilización global es profunda.
Esta historia, sumada a unos ingentes recursos humanos y naturales y a una posición geoestratégica dominante, conforma una mentalidad nacional que equipara la capitulación con la derrota existencial. Exigir una «rendición incondicional», como ha hecho Trump, no solo es temerario desde el punto de vista diplomático, sino culturalmente insensible. Una exigencia en esto términos es intrínsecamente inaceptable para Irán y garantiza resistencia, no obediencia.
Esto no quiere decir que la República Islámica de Irán sea benévolo y merezca toda consideración. El Gobierno ha cometido violaciones atroces de los derechos humanos, reprimiendo sistemáticamente a su población. Ha asesinado a miles de personas durante protestas recientes, llevado a cabo detenciones arbitrarias generalizadas e impuesto restricciones severas a los derechos de la mujer. Toda disidencia política es aplastada sistemáticamente mediante encarcelamientos, torturas y ejecuciones, reflejando un patrón de brutalidad estatal que continúa sin cesar.
Negociar requiere comprensión mutua
No obstante, negociar con eficacia no exige estar de acuerdo con el comportamiento, la ideología o la postura política de la otra parte, pero sí exige un esfuerzo genuino, incluso entre adversarios, por comprender que sus posiciones han sido escuchadas y tomadas en serio. Cuando una contraparte percibe indiferencia o desprecio, se vuelve mucho menos proclive a implicarse, y menos aún a transigir. Escuchar, por tanto, no es una concesión; es una necesidad estratégica. Al reconocer la legitimidad de los intereses del otro –aunque sea para cuestionarlos–, un negociador crea la confianza mínima necesaria para que las negociaciones avancen.
La ausencia de confianza
La profunda desconfianza de Irán hacia Estados Unidos, especialmente bajo el mandato de Trump, emana de una serie de acciones que han erosionado sistemáticamente la credibilidad de Washington. La retirada del Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA, por sus siglas en inglés) en 2018, el asesinato del general Soleimani en enero de 2020 y los dos ataques contra Irán incluso en medio de negociaciones (en junio de 2025 y febrero de 2026) han reforzado la convicción en Teherán de que Trump no es un interlocutor fiable. Ninguna parte negocia en serio cuando anticipa que la otra hará trampa en los momentos críticos.
Además, la pauta de Trump de amenazar con «aniquilar» Irán, bombardearlo «hasta devolverlo a la edad de piedra» y sus repetidas amenazas de atacar infraestructuras civiles, como la red eléctrica, los puentes, –entre otras–, como palanca para alcanzar un acuerdo en uno o dos días resulta absurda, dada la complejidad y las repercusiones de las negociaciones. Dicha coerción no hace sino ahondar la desconfianza, endurecer la resistencia y eliminar toda posibilidad realista de alcanzar un acuerdo duradero.
La retórica de Trump no proyecta fortaleza; más bien denota temeridad y desprecio, confirmando a los líderes iraníes que Estados Unidos está dispuesto a infligir daños indiscriminados. Esto refleja un enfoque de negociación fundamentalmente erróneo, pues Irán ve pocos incentivos para transigir con una contraparte a la que percibe a la vez como hostil y desleal, lo que agrava su desconfianza preexistente.
Sin embargo, la confianza no puede exigirse ni negociarse; debe cultivarse con cuidado a lo largo del tiempo. Para que Irán considere hacer concesiones significativas, debe sentirse seguro ante todo. Eso requiere garantías creíbles de que Estados Unidos se abstendrá de emprender acciones militares y evitará ataques israelíes. Solo dentro de un marco de contención garantizada podrá empezar a emerger una frágil base de confianza.
Las preocupaciones de seguridad nacional de Irán
Irán no busca tanto un arsenal nuclear operativo como la capacidad de montar uno rápidamente, creando así un poderoso elemento disuasorio frente a sus adversarios. En el pensamiento estratégico de Teherán, una capacidad nuclear latente –más que su materialización abierta– ofrece un seguro contra ataques que amenacen al régimen, al tiempo que evita el rechazo internacional total que desencadenaría un programa de bomba declarado.
Los analistas iraníes también extraen lecciones de Ucrania, que entregó el arsenal nuclear soviético heredado en virtud del Memorando de Budapest de 1994. Rusia probablemente no habría invadido Ucrania si esta hubiera conservado sus armas nucleares. Irán observa asimismo que el creciente arsenal de Kim Jong-un ha protegido eficazmente a su régimen de las amenazas externas serias o de intentos de cambio de régimen. La India y Pakistán, tras tres guerras convencionales importantes, han limitado desde entonces sus enfrentamientos a escaramuzas bajo la sombra de la disuasión nuclear mutua.
Esta experiencia refuerza la convicción de Teherán de que solo una opción nuclear creíble –la capacidad manifiesta de fabricar un arma– puede prevenir una agresión similar, y que renunciar a tal disuasión exigiría garantías de seguridad de gran alcance que hagan sentir a Irán seguro incluso sin la sombra nuclear.
Las negociaciones complejas no pueden acelerarse
Las negociaciones serias con Irán, que abarcan estratos de asuntos nucleares, regionales y de seguridad, no pueden realizarse apresuradamente en cuestión de días o semanas. El JCPOA tardó casi dos años y medio en finalizarse, precisamente por su complejidad y por la profundidad de la desconfianza mutua. Cualquier administración que busque genuinamente un acuerdo duradero e integral debe aceptar que el tiempo no es un lujo, sino un requisito previo para el éxito.
Si Trump quiere un acuerdo creíble, debe poner fin a las hostilidades, mantener el alto el fuego durante todo el proceso de negociación y permitir que la confianza crezca de forma incremental a medida que las conversaciones avancen. Intentar forzar un acuerdo en un plazo breve no puede tomarse en serio en Teherán. Un acuerdo alcanzado bajo coacción y contra reloj carecerá tanto de legitimidad como de consistencia, y casi con toda seguridad se vendrá abajo ante la primera crisis.
Las concesiones exigidas tanto a EE. UU. como a Irán son intrínsecamente difíciles de negociar y llevarán tiempo; sin embargo, son fundamentales para cualquier acuerdo viable. Para alcanzar un acuerdo viable, Irán y Estados Unidos deberían dar una serie de pasos concretos y verificables que aborden directamente las principales preocupaciones de seguridad de ambas partes.
Irán debe reabrir inmediatamente el estrecho de Ormuz a todo el tráfico marítimo, comercial y militar, y comprometerse a mantener la libertad de navegación. Debe cesar de armar a Hezbolá, a los hutíes en Yemen y a las milicias afines en Irak, y reducir gradualmente su programa de misiles balísticos ofensivos bajo verificación intrusiva. Irán también debe dejar de amenazar a Israel con una retórica genocida –que ha sido y sigue siendo la fuente de su intensa hostilidad y una de las principales causas de la inestabilidad en la región– y enviar al exterior o degradar sus existencias de uranio enriquecido al 60 %.
A cambio, EE. UU. debe también levantar su bloqueo militar del estrecho de Ormuz y prorrogar el alto el fuego sin fijar una fecha de caducidad. Debe reconocer el derecho de Irán a un programa nuclear civil bajo las más estrictas salvaguardias, para garantizar que no haya desviación hacia el armamento. Washington debería comenzar a liberar los fondos congelados de Irán y levantar gradualmente las sanciones, de forma cuidadosamente calibrada y vinculada al cumplimiento verificado de los compromisos. Estados Unidos debe también comprometerse formalmente a no interferir en la política interna de Irán, renunciando a las operaciones de cambio de régimen y a la desestabilización encubierta, si bien se reserva el derecho a pronunciarse sobre los derechos humanos.
Si ambas partes se adhieren plenamente a este proceso a lo largo del tiempo, podrán avanzar hacia conversaciones estructuradas sobre la normalización gradual de las relaciones, incluida la restauración de la representación diplomática y el desarrollo de vínculos económicos y culturales.
A pesar de la proclamación de victoria de Trump, Irán emergió como el ganador de facto en su confrontación con EE. UU. e Israel, que fracasaron en su intento de lograr un cambio de régimen o de provocar un levantamiento popular. Al contrario, el liderazgo iraní es ahora más joven y más resuelto. El conflicto puso de manifiesto los límites del poder militar estadounidense e israelí, mientras que Irán demostró su resiliencia y su capacidad para interrumpir los flujos petroleros mundiales a través del estrecho de Ormuz. Con ello, Teherán dio a entender que ya no es un actor marginal, sino una potencia con la que hay que contar.
Para frenar el extremismo de Irán, EE. UU. debe abandonar sus fantasías de cambio de régimen y reconocer las preocupaciones de seguridad y los intereses legítimos de Teherán. La coerción y las exigencias de capitulación solo endurecen la resistencia. La estabilidad requiere concesiones recíprocas y diplomacia sostenida. Cualquier otro enfoque no hará más que profundizar la confrontación, reforzar la disuasión iraní y llevar de nuevo la región al borde del abismo.
Dr. Alon Ben-Meir es profesor jubilado de relaciones internacionales, habiendo ejercido principalmente en el Center for Global Affairs de la NYU. Impartió cursos sobre negociación internacional y estudios de Oriente Medio.