Por: Andrés Gaudin
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De norte a sur, en América Latina, la ola restauradora conservadora renace avasallante en unos cuantos puertos. En los últimos días el occidente que va del río Bravo a la Tierra de Fuego se convirtió en blanco de la ultraderecha. A veces con una violencia solapada, a veces a cara descubierta. Van desde la intervención encubierta hasta la desestabilización ejecutada mediante el uso de los resortes democráticos. En México, el mismo Donald Trump que masacra en Gaza e invade a Irán, echó a andar a sus servicios de inteligencia y vuelve a amenazar con una invasión terrestre. En Brasil, fue el Congreso el que dejó más que mal parado a Lula da Silva. Se dijo, se amplificó y nadie lo negó, que Javier Milei financia campañas desestabilizadoras en países democráticos.
Todo llegó a la vez, lo que hace descreer de las casualidades. Y todo parece corresponderse con un plan regional que arrancó el 3 de enero, en Caracas, con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y la agudización del bloqueo energético de Cuba. Y con los sistemáticos actos de descrédito de los gobiernos de México y Colombia. Y con el renacer radicalizado de la derecha en países tradicionalmente democráticos, como Uruguay. Y con los ataques contra España, porque el presidente Pedro Sánchez no responde a la política intervencionista de Estados Unidos y, además, tuvo la idea de reunir en Barcelona a los líderes de ese progresismo en el que se ha desdibujado la izquierda global a lo largo de décadas de strip tease ideológico.
Donde más golpeó la avanzada restauradora fue en Brasil, porque el gobierno de Lula fue precedido por un régimen, el de Jair Bolsonaro, que dejó bien aceitado un entramado golpista reñido con las mínimas formas de la democracia y porque el 4 de octubre tendrá elecciones presidenciales; porque sufrió dos resonantes derrotas legislativas que lo dejaron disminuido para enfrentar los cinco meses de gobierno que aún le restan; y porque le quita peso a su liderazgo adquirido en los organismos plurinacionales regionales y globales. En apenas 24 horas las dos cámaras rechazaron el nombramiento de su candidato a ocupar un cargo de la Corte y aprobaron una fórmula de amnistía encubierta que devuelve a Bolsonaro a la vida institucional. Rompieron con todo compromiso democrático.
El impacto se sintió en la dirigencia media e intermedia del Partido de los Trabajadores (PT) y sobre todo en los cuadros militantes que nunca vieron con buenos ojos la concesiva política de relacionamiento de Lula con el influyente movimiento evangélico. Es decir con los pastores, ya que la feligresía tiene voto en la instancia electoral pero no tiene ni voz ni voto en el atomizado espectro de las iglesias pentecostales. El PT, un partido de raíz obrera y marxista, nacido en 1980, empezó a mutar en 2002, cuando tras varias derrotas Lula hizo una alianza con el poderoso empresario José Alencar para integrar la fórmula que lo llevó a su primera presidencia. Desde entonces, el PT tuvo una mutación que lo llevó a alejarse de su ideología fundacional y sus raíces anticapitalistas. Desde entonces se afianzó su alianza con los pastores. Tras la traición de estos días queda la duda sobre el futuro.
En medio de este cuadro irrumpió un dato novedoso en la vida política regional: con el padrinazgo de Trump y el financiamiento del Estado de Israel y Milei se lanzó un plan de desestabilización mediante fake news contra Colombia, México, Honduras y otros países. La versión conocida a través del Diario Red y la Televisión Española (TVE) asegura que la idea de Trump es la de reinstalar en el gobierno de Honduras al expresidente y convicto narcotraficante Juan Orlando Hernández para convertir al país centroamericano en la cabecera de una zona de operaciones militares, logísticas y financieras. El primer paso del plan lo dio Trump en noviembre del año pasado, al indultar a Hernández, que cumplía en Nueva York una pena de 45 años por tráfico de drogas hacia el mercado norteamericano.
Del otro lado del Atlántico, en los feudos de la OTAN, Estados Unidos y sus laderos han puesto a España en el bando de los enemigos. Y a España paralelamente, oh contradicción, en la avanzada de las diatribas contra México, todo porque desde la antigua Tenochtitlan y hasta hoy tuvo el atrevimiento de exigirle que reconociera que su conquista de las tierras americanas y el exterminio de sus civilizaciones se lograron gracias a un genocidio. En estos días de ataque ultraderechista, e invitada por el partido ultraderechista Acción Nacional, visita el país la presidenta de Madrid y figura del Partido Popular, Isabel Díaz Ayuso. La líder del nazismo madrileño llegó para decir que la conquista fue un acto de amor y que en México no hay libertades. Lo que ella dice a viva voz, en tierra azteca, parece ser una mera casualidad
Acosada desde el norte por la amenaza de una invasión terrestre, la presidenta Claudia Sheinbaum se ha ocupado de atender, también, a la española, que entre sus provocaciones se dedicó a reivindicar al sanguinario Hernán Cortes, el conquistador que en sólo dos días del mes de octubre del año de 1519 mandó matar a miles de mexicanos. La masacre fue en Cholula. Primero fueron los sacerdotes y los señores. Luego los indígenas. En sus reportes a Carlos I, Cortés se ufanó de haber masacrado a tres mil personas “en unas pocas horas”. Después vinieron la matanza plena, el saqueo, el esclavismo y la quema de los templos. En estos tiempos de auge terrorista fue a ese Cortés al que homenajearon la nazi madrileña, los ultras mexicanos y quienes financian la campaña contra el progresismo americano.
En la otra España, la que proclama dignidad, las cosas se dan a la inversa para el gobierno de Pedro Sánchez, y todo porque manteniendo su consigna del “no a la guerra” repudia el genocidio israelí en Gaza y se niega a dar facilidades –en sus bases terrestres y aéreas y en el uso de sus cielos– a las tropas norteamericanas que atacan Irán. Los cascotazos llegan hasta desde sus aliados de la OTAN, que pese a ser cascoteados ellos también por Estados Unidos, el gran jefe de esa alianza, desnudan sus propias miserias atacando a España. Así, el secretario general de la OTAN, el holandés Mark Rutte, humillado él en persona por Trump, y a la vista del mundo, criticó las actitudes de Sánchez, señalando que hay que sacar a España de la lista de “aliados comprensivos” con Washington.