martes 12 de mayo de 2026 - Edición Nº2715

Internacionales | 12 may 2026

Instagram La pérdida de seguridad y privacida

Meta le sacó el candado a nuestras conversaciones en Instagram

08:19 |El 8 de mayo de 2026, sin comunicado de prensa destacado, sin conferencia de prensa, sin el mínimo ritual que las corporaciones suelen reservar para sus decisiones más importantes, Instagram desactivó el cifrado de extremo a extremo en sus mensajes directos. Fue un jueves.


Por: Mariano Multiviral. Fuente: Agencia Pressenza

(Imagen de Pete Linforth/Pixabay)

El 8 de mayo de 2026, sin comunicado de prensa destacado, sin conferencia de prensa, sin el mínimo ritual que las corporaciones suelen reservar para sus decisiones más importantes, Instagram desactivó el cifrado de extremo a extremo en sus mensajes directos. Fue un jueves. La mayoría de los 500 millones de personas que usan la plataforma a diario ni se enteraron.

Los que sí lo notaron —especialistas en seguridad digital, organizaciones de derechos civiles, algunos periodistas— tardaron horas en procesar lo que había ocurrido. No porque fuera difícil de entender. Sino porque la magnitud de lo que se perdía contrastaba de manera casi obscena con la discreción con que se lo quitaba.

Para entender lo que pasó ese jueves hay que retroceder a 2023, cuando Instagram incorporó el cifrado de extremo a extremo en sus chats. Lo hizo tarde —WhatsApp lo tenía desde 2016, Signal desde su fundación— y lo hizo a regañadientes, empujada por la presión regulatoria europea y por la mala prensa acumulada después de que Frances Haugen, ex ingeniera de la empresa, filtrara documentos internos que mostraban que Meta sabía del daño que sus plataformas causaban y elegía no hacer nada. El cifrado llegó como gesto de buena voluntad. Como señal de que la empresa podía escuchar. Pero llegó con una trampa silenciosa: no venía activado por defecto. El usuario que quisiera proteger sus conversaciones tenía que encontrar la función por su propia cuenta, en un menú que no figuraba en los tutoriales oficiales y que la plataforma jamás promovió con la energía que dedica a sus nuevas funciones de Reels o a sus filtros de realidad aumentada.

El resultado era predecible. Pocos la usaron. Y ese «bajo uso» se convirtió, tres años después, en el argumento con el que la empresa justificó su eliminación. «La función tenía un uso limitado», dijo Meta en un comunicado escueto. La frase tiene la elegancia de las trampas bien diseñadas: es técnicamente cierta y políticamente falsa al mismo tiempo.

En 2019, cuando Meta atravesaba una de sus peores crisis reputacionales tras el escándalo de Cambridge Analytica, Zuckerberg publicó un largo ensayo en el que declaraba que «el futuro es privado». La prensa lo tomó como una revelación. Los analistas más escépticos lo leyeron como lo que era: una estrategia de comunicación diseñada para frenar la hemorragia de confianza en una plataforma que había demostrado, con datos y documentos, que trataba la privacidad de sus usuarios como un obstáculo de negocios.

Ese ensayo de 2019 y el comunicado de mayo de 2026 deberían leerse juntos. Son las dos caras de la misma moneda. Entre uno y otro, Meta adquirió más poder, más datos, más capacidad de influencia sobre la vida cotidiana de sus usuarios. Y cuando nadie miraba con suficiente atención, retiró la única función que ponía un límite técnico real a su capacidad de leer lo que la gente se dice en privado.

Lo que el cifrado de extremo a extremo garantizaba no era un tecnicismo. Era una promesa con consecuencias políticas concretas: que los mensajes que dos personas se enviaban en Instagram no podían ser leídos por la empresa, por ningún algoritmo entrenado para detectar patrones de consumo, por ningún gobierno que presentara un requerimiento legal. El mensaje existía, en su integridad, únicamente para el emisor y el receptor. Con el cifrado eliminado, esa promesa desaparece. Los mensajes viajarán seguros durante su transmisión —eso no cambia— pero podrán ser descifrados y analizados una vez que lleguen a los servidores de Meta. La empresa tendrá, a partir de ahora, la llave técnica para acceder al contenido de conversaciones que sus usuarios consideran privadas.

Las implicancias son múltiples y van en distintas direcciones. La primera es económica: los mensajes privados son una fuente de datos comportamentales extraordinariamente valiosa. Lo que la gente le dice a sus amigos, a sus parejas, a sus colegas es exponencialmente más revelador que lo que publica en su perfil público. Es el comportamiento sin máscara. El consumidor sin performance. Para una empresa cuyo modelo de negocio depende de la precisión del targeting publicitario, acceder a ese material es como pasar de radiografía a resonancia magnética.

La segunda implicancia es política. Meta entrega datos de usuarios a gobiernos cuando recibe órdenes legales. Lo hace en todo el mundo, incluyendo América Latina, incluyendo Argentina. Entre 2020 y 2024, la empresa reportó haber recibido miles de solicitudes de datos de usuarios provenientes de distintos gobiernos de la región. En algunos casos, esas solicitudes involucraron a periodistas, activistas y opositores políticos. Con el cifrado vigente, esas solicitudes tenían un límite técnico: Meta podía entregar metadatos —quién le escribió a quién, cuándo, desde dónde— pero no el contenido de las conversaciones. Ese límite ya no existe.

En el contexto argentino, esta dimensión adquiere una textura particular. El gobierno de Javier Milei ha demostrado una disposición sistemática a utilizar los mecanismos del Estado para presionar, monitorear y desacreditar a sus críticos. La Secretaría de Inteligencia ha sido señalada en múltiples investigaciones periodísticas por operaciones de vigilancia política. Los servicios de inteligencia informales que operan en las redes —las llamadas «usinas de trolls» que funcionan en la orbita del poder— tienen una capacidad documentada de coordinar campañas de hostigamiento digital contra periodistas y militantes. En ese escenario, la ampliación técnica de la capacidad de acceso a mensajes privados en la plataforma más usada por los jóvenes argentinos no es una noticia tecnológica. Es una noticia política.

No hace falta imaginar escenarios conspiranoicos. Alcanza con mirar el historial. En Myanmar, Meta entregó datos que fueron usados para perseguir a la minoría rohinyá. En India, mensajes de activistas que circulaban en plataformas de Meta terminaron en manos de las autoridades y derivaron en detenciones. En Brasil, durante el gobierno Bolsonaro, grupos de WhatsApp de organizaciones sociales fueron infiltrados con información obtenida a través de requerimientos legales a la empresa. Los casos no son excepciones: son el patrón de comportamiento de una corporación que, cuando tiene que elegir entre la privacidad de sus usuarios y la relación con los gobiernos de turno, elige sistemáticamente a los gobiernos.

La recomendación de Meta a sus usuarios fue, en este contexto, reveladora en su cinismo. La empresa no sugirió Signal, la aplicación de código abierto creada por una organización sin fines de lucro que ha hecho del cifrado su razón de ser. No mencionó ninguna alternativa independiente de su ecosistema. Recomendó WhatsApp. Que también es de Meta. Que fue comprada en 2014 con la promesa explícita de que sus datos no serían integrados con los de Facebook —promesa que fue rota en 2016, multada por la Unión Europea, y archivada en el largo expediente de compromisos incumplidos de la empresa.

La jugada tiene una lógica impecable desde adentro del negocio: si un usuario abandona Instagram por razones de privacidad y se va a WhatsApp, no abandona el ecosistema Meta. Sigue siendo un perfil, una fuente de datos, un nodo en la red de relaciones que la empresa mapea con una precisión que ningún censo demográfico ha logrado replicar. La privacidad que Meta ofrece en WhatsApp es real, por ahora, pero vive dentro de un jardín amurallado cuyas reglas las escribe una sola empresa. Y esa empresa ya demostró, en múltiples ocasiones, que las reglas pueden cambiar cuando las circunstancias del negocio lo requieren.

Hay algo en la arquitectura de este episodio que excede a Instagram y a Meta. Es la normalización de una forma particular de resignación digital: la aceptación de que nuestras conversaciones privadas son, en última instancia, el producto que financiamos con nuestra intimidad. Que la «gratuidad» de las plataformas tiene un precio que se paga con algo más profundo que el dinero.

La mayoría de los usuarios de Instagram no cambiará sus hábitos después del 8 de mayo. Seguirá mandando mensajes, compartiendo fotos, coordinando encuentros, contando secretos en los chats directos de una aplicación que ahora puede, técnicamente, leer todo eso. No porque sean ingenuos. Sino porque la alternativa —abandonar la plataforma donde están sus vínculos, sus comunidades, sus fuentes de trabajo— tiene un costo social real que ninguna corporación pone en el balance cuando calcula el «bajo uso» de sus funciones de privacidad.

Eso también forma parte del negocio.

Más Noticias

NEWSLETTER

Suscríbase a nuestro boletín de noticias