En todas las esquinas del planeta encontramos con frecuencia acaloradas discusiones. Sea sobre política, deporte, creencias religiosas, educación, relaciones familiares, recetas de cocina, perfumes o cualquier otro tema, proliferan opiniones no siempre coincidentes y no exentas de pasión en su defensa.
Los argumentos vertidos son de distinto carácter, con mayor o menor fundamento y en ocasiones la disputa sube de tono, arriesgando no solo una colisión momentánea sino rupturas de relación que luego cuesta mucho recomponer y reconciliar.
Como hongos luego de la lluvia, las opiniones se extienden como una mata selvática que la mayor parte de las veces impide la reflexión calma y el pensamiento crítico.
Algo similar, a una escala mayor y asentados en posicionamientos mucho más peligrosos en los que se juega la vida de muchas personas, son los enfrentamientos y acusaciones entre las distintas naciones que polarizan y crean un campo propicio para la irrupción de enfrentamientos armados.
Por lo que bien vale, más allá de todo juicio provisorio, comprender cuál es la fuente de las distintas posiciones, preguntarse con mayor profundidad acerca de cuál es el sustrato del que provienen. Es decir, indagar sobre cierta geología de las opiniones que nos permita caminar hacia una creciente convergencia, hacia un hermanamiento de la humanidad, que con tanta urgencia necesitan el ámbito social e interpersonal en la actualidad.
Una primera excavación
En la superficie social poderosamente mediatizada de nuestros días, observamos el ulular de voces de influenciadores que, multiplicadas por algoritmos (¿o algor-timos?) encubiertos en las plataformas digitales corporativas, adquieren visos de verdades definitivas. Si uno se asoma al mecanismo, verá que en realidad se trata tan solo de propagandistas de alguna postura o moda que intenta instalarse en el medio. Pago, dádiva o favor mediante, se entiende.
Los gobiernos de turno enrolan, a su vez, a numerosos especialistas e invierten enormes sumas para inundar la virtualidad con sus mensajes, defendiendo su gestión y posición. Lejos de propiciar el diálogo democrático o el intercambio de pareceres, el objetivo es ganar la batalla por el apoyo de la opinión pública. Como en la contienda armada, aquí vale todo, desde el posicionamiento de temas de conveniencia hasta la mentira más sofisticada que dañe la reputación de quien no piensa igual.
Todo esto es muy obvio y conocido y sin embargo, la población tiende a verse influenciada por el embuste. Pero sin duda que hay cuestiones que calzan mejor que otras en el molde de las conciencias a las que se pretende afectar. Conciencias que son activas, intencionales y en las que se aloja una buena cantidad de contenidos anteriores.
Adentrándonos apenas en la primera capa geológica de ese mundo interior, podemos ver que existen allí elementos que podemos denominar juicios previos (o “pre-juicios”) según los cuales el material que llega desde el exterior tiene más o menos aceptación. Este estrato opera como un filtro rápido que adhiere o rechaza con relativa velocidad los argumentos recibidos, proponiendo a su vez veloces respuestas al mundo. Siendo el ritmo frenético la característica de estos tiempos acelerados, la reacción inmediata se ha convertido no solo en hábito sino en un valor, sepultando la posibilidad de una mayor reflexión sobre el asunto tratado.
¿Pero cómo se ha conformado esta capa poco porosa que no pocas veces nos impide comunicarnos y hasta comprender a cabalidad lo que viene del mundo circundante?
El nivel biográfico
Descendiendo unos cuantos escalones en nuestra perforación geológica, advertimos que nuestra biografía personal no es neutra. Sin entrar en los dominios del análisis psicológico, es fácil comprobar que adherimos o rechazamos según lo que nos ha tocado vivir y hemos decidido hacer con las condiciones preexistentes en las que se ha desarrollado nuestra vida.
Tales condiciones han sido nuestro “paisaje de formación”1 y son el producto de múltiples factores, algunos más cercanos, como el entorno familiar, los amigos de infancia, la figura de tutores y maestros, el vecindario, entre otros. Sin duda que no es indiferente en qué condiciones socioeconómicas nos ha tocado crecer, nuestra ubicación de género y otros acontecimientos que han impregnado nuestra historia personal, ligada intrínsecamente a lo social.
Ya en esta etapa de nuestra investigación podemos visualizar con claridad que somos parte de una generación, que ha tomado posición colectiva frente a la situación humana con la que se encontró. Esa radiación generacional forma parte inequívoca de decisiones y perspectivas que habitualmente suelen ser consideradas de carácter estrictamente individual. Por sí o por no, hemos estado expuestos a los horizontes presentados para el momento a cada generación.
Yendo aun más abajo… o más adentro
Continuando con nuestra analogía exploratoria, encontramos un nivel aún menos expuesto, pero de increíble potencia en nuestras acciones cotidianas. Se trata de la capa cultural, de los valores que se atesoran desde una temprana infancia por enseñanza y transmisión. Desde esta perspectiva, es posible descubrir tendencias arraigadas en nuestro modo de conducirnos que responden a situaciones muy alejadas en el tiempo y acaso también en el espacio.
Las culturas fueron amasadas lentamente a través de las respuestas que dieron los distintos pueblos a sus necesidades de supervivencia y evolución. Si bien las situaciones fueron cambiando, en gran parte por influencia de esas respuestas, las actitudes y los valores importantes para aquel momento dejaron su huella profunda, ocasionando luego desfases entre la memoria colectiva y las nuevas tareas a acometer frente a paisajes ya muy distintos.
Más allá de los intentos de sepultarla a través de la violencia, esa argamasa cultural, actúa vivamente en nuestras preferencias y emociones y constituye parte de nuestros mecanismos de adhesión o rechazo.
Sin embargo, lejos de quedar recluida en un espacio cultural estanco, la humanidad ha avanzado movilizándose y conectando cada rincón del planeta. Así llegamos a la impresionante experiencia de estar a las puertas del surgimiento de la primera civilización planetaria de la Historia Humana y a la aun más impactante posibilidad de colaborar en su construcción.
El vértigo y su superación
Este es un escenario que puede resultar apasionante, pero también suscitar una fuerte preocupación existencial. La incertidumbre sobre el futuro, la carencia de pilares sólidos en los cuales afirmarse, la volatilidad y la extrañeza ante una modificación radical del entorno, conforman vectores de resistencia y facilitan la adopción de actitudes (y opiniones) regresivas.
La pregunta que emerge entonces desde el interior es qué hacer, cómo adaptarse a este nuevo mundo, cómo incorporarse creativamente para co-construir nuevas realidades dignas de la existencia humana, cómo relacionarse con los demás, cualesquiera sea su origen y su aparato de creencias forjado a lo largo del tiempo.
Una primera inquietud que surge en lo inmediato es: ¿Es posible despegarse, inhibir el propio paisaje de formación y actuar desde un espacio neutro? La experiencia nos indica que eso no es asunto sencillo, y que además podría no ser del todo deseable, ya que con ello perderíamos acumulaciones positivas por las que las anteriores generaciones trabajaron con esmero y que pueden contribuir al nuevo mundo.
Lo que sí es menos complejo y de sumo interés para el momento histórico que atravesamos, es comprender las distintas capas geológicas en las que formamos nuestra opinión y postura de vida. De este modo, podemos ser más flexibles, más cercanos con otros, comprendiendo que los demás también se han formado de igual modo, pero con materiales diferentes.
Y nada nos impide continuar con nuestra expedición exploratoria llegando hasta los espacios más profundos de nuestro ser y descubrir en nuestra condición humana común una belleza indescriptible que nos conmueve e invita a ser parte de un gran plan universal. Un plan que está en el entramado mismo de la Vida y que impulsa a la liberación de las determinaciones que le dieron origen. Un plan que se desarrolla cotidianamente y de manera colectiva, en el que cada pueblo e individuo tiene parte, misión y lugar. Un plan en el que estamos sumergidos y somos agentes indudables. Un plan que es de todos y para todos, cuya inmensidad estimula y proporciona un vibrante sentido en la vida, el de crear la Realidad y ser forjadores de nuestro propio destino.
1 “Cuando se habla de paisaje de formación se hace alusión a los acontecimientos que vivió un ser humano desde su nacimiento y en relación a un medio. La influencia del paisaje de formación no está dada simplemente por una perspectiva temporal intelectual formada biográficamente y desde donde se observa lo actual, sino que se trata de un ajuste continuo de situación en base a la propia experiencia. En este sentido, el p. de f. actúa como un “trasfondo” de interpretación y de acción, como una sensibilidad y como un conjunto de creencias y valoraciones con los que vive un individuo o una generación”.