Por: Pedro Pozas Terrados. Fuente: Agencia Pressenza.
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Quiero hablar de unos seres que no votan, no se manifiestan y no ocupan titulares, pero de los que depende, en gran medida, el equilibrio del planeta: los cetáceos. Ballenas, delfines, cachalotes… gigantes silenciosos que llevan millones de años sosteniendo la vida en los océanos sin pedir nada a cambio. Y, sin embargo, hoy están atrapados en una trampa mortal creada por nosotros mismos.
Vivimos un momento crítico. Se ha decretado una alerta biológica por el calentamiento de los océanos. Las temperaturas del agua están aumentando a un ritmo alarmante, alterando corrientes marinas, desplazando especies y rompiendo un equilibrio que ha tardado millones de años en construirse. Este cambio empuja a los cetáceos a modificar sus rutas migratorias, a adentrarse en territorios desconocidos, a buscar alimento donde ya no lo hay. Y en ese desplazamiento forzado encuentran más tráfico marítimo, más ruido submarino, más contaminación… y, en demasiadas ocasiones, la muerte. Varamientos masivos, colisiones con grandes buques, desorientación… no son hechos aislados, son consecuencias directas de nuestra huella.

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Pero lo más grave es que seguimos sin entender lo esencial. Los cetáceos no son solo víctimas del cambio climático. Son una de las claves para frenarlo. Las grandes ballenas desempeñan un papel fundamental en la regulación del clima. Cada vez que se sumergen y ascienden, transportan nutrientes desde las profundidades hasta la superficie, alimentando el fitoplancton. Y ese fitoplancton, invisible para muchos, produce más del 50% del oxígeno que respiramos y captura enormes cantidades de dióxido de carbono. Sin cetáceos, el océano pierde capacidad de absorber CO₂. Sin cetáceos, el cambio climático se acelera. Y aún hay más: cuando una ballena muere de forma natural y su cuerpo desciende al fondo marino, fija carbono durante siglos. Cada cetáceo es un aliado directo contra el calentamiento global.
Y sin embargo, seguimos destruyéndolos. A la subida de temperaturas se suma la contaminación por plásticos, el ruido constante de barcos y sonares, la sobrepesca que agota sus fuentes de alimento, la presión de un modelo económico que no deja espacio para la vida. Todo ello configura un escenario en el que estos guardianes del océano están siendo empujados hacia su desaparición.
Como “simio” que observa esta realidad, no puedo evitar hacerme una pregunta profundamente incómoda: ¿cómo es posible que estemos destruyendo a quienes nos están ayudando a sobrevivir? Nos reunimos en cumbres, hablamos de emisiones, firmamos acuerdos… pero ignoramos a uno de los mayores reguladores naturales del clima. Los cetáceos no necesitan discursos. Necesitan protección real, corredores seguros, reducción del ruido en los océanos, respeto por sus rutas, compromiso con la vida.

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Porque el océano no es solo agua. Es el pulmón del planeta.
Las ballenas, a través de su excremento, actúan como jardineros del océano. Fertilizan el agua, alimentan al fitoplancton y, a través de él, sostienen una vasta red de vida marina mientras ayudan a equilibrar nuestro clima. Imaginemos el océano como un motor. Las cetáceos son las piezas clave que mantienen ese motor funcionando. Si las perdemos, el motor empieza a fallar, afectando no solo a los océanos, sino a la vida en todo el planeta, incluida la nuestra. Por ello las ballenas son las ‘aliadas gigantes’ del clima. Cada una de ellas no solo mantiene la salud de los océanos, sino que también actúa como una poderosa herramienta natural para combatir el cambio climático. Protegerlas es invertir en el futuro del planeta. Son los gigantes climáticos del océano. No solo nadan en las profundidades, sino que también trabajan silenciosamente para capturar carbono, equilibrar nuestro clima y proteger el futuro del planeta. Desde los pequeños fitoplancton hasta los majestuosos elefantes, cada una de estas especies desempeña un papel único y vital en el equilibrio de la Tierra. Protegerlas no solo significa salvar a la naturaleza, sino garantizar la salud de nuestro hogar compartido.
Quizá todavía estamos a tiempo. Pero el tiempo se agota. Y cuando desaparezcan, no solo perderemos una especie… perderemos una parte esencial del equilibrio que nos mantiene vivos.
Y ese día, cuando el silencio sustituya a sus cantos, comprenderemos demasiado tarde que no estábamos salvando a las ballenas… estaban ellas salvándonos a nosotros.