lunes 25 de mayo de 2026 - Edición Nº2728

Internacionales | 25 may 2026

Encíclica Papal sobre la IA.

La pregunta que León XIV le hace a la era de la IA: cómo seguir siendo humanos

13:13 |“Magnifica Humanitas”, la primera encíclica del pontífice estadounidense, retoma la pregunta de León XIII en “Rerum Novarum” y la proyecta sobre la inteligencia artificial: cómo evitar que la persona quede al servicio del progreso, y no al revés


Por: Patricio Degiorgis

En mayo de 1891, cuando Europa atravesaba las profundas transformaciones provocadas por la Revolución Industrial, el papa León XIII publicó una encíclica que marcaría un punto de inflexión en la historia de la Iglesia y del pensamiento social contemporáneo. Rerum Novarum -“De las cosas nuevas”- no fue simplemente un documento religioso, sino una intervención intelectual y moral frente al gran desafío de su tiempo: cómo preservar la dignidad humana en una sociedad transformada por la máquina, la industrialización y las nuevas relaciones económicas derivadas del capitalismo moderno.

Ciento treinta y cinco años después, otro Papa -que eligió llamarse también León- parece haber querido establecer un diálogo deliberado con aquel antecedente histórico. Su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”, se inscribe explícitamente en la tradición inaugurada por León XIII y busca ofrecer una respuesta a las transformaciones tecnológicas que caracterizan al siglo XXI. La coincidencia difícilmente sea casual.

El documento fue firmado el 15 de mayo de 2026, exactamente en el 135° aniversario de Rerum Novarum. Más aún, desde sus primeras páginas, León XIV reconoce que, si el gran desafío de finales del siglo XIX fue interpretar las consecuencias sociales de la industrialización, la tarea actual consiste en discernir las implicancias humanas, políticas y éticas de la inteligencia artificial, la digitalización y la robótica. Ambas encíclicas nacen así de una preocupación semejante, ya que mientras León XIII se preguntaba cómo evitar que la máquina redujera al trabajador a una pieza más del engranaje productivo, León XIV se interroga sobre cómo impedir que el algoritmo reduzca a la persona a un conjunto de datos, patrones de comportamiento o variables estadísticas.

Sin embargo, el desafío contemporáneo posee una dimensión distinta. Mientras la revolución industrial transformó la manera de producir, la revolución digital está comenzando a transformar la manera de pensar, decidir, comunicarse y relacionarse. Las máquinas del siglo XIX multiplicaron la fuerza física del ser humano; las tecnologías actuales buscan reproducir capacidades intelectuales que durante siglos fueron consideradas exclusivamente humanas. Así, la discusión ya no se limita a quién controla los medios de producción, sino que involucra a quién controla los datos, los sistemas de información y los algoritmos sobre los que se organiza una parte creciente de la vida social.

Quizás allí resida la principal originalidad de Magnifica HumanitasLeón XIV no centra su reflexión en la tecnología en sí misma, sino en la persona humana. La cuestión fundamental no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué significa seguir siendo plenamente humanos en una época dominada por tecnologías cada vez más sofisticadas. Incluso el propio título refleja ese cambio de perspectiva. Mientras Rerum Novarum ponía el acento en las transformaciones materiales que alteraban la sociedad industrial, Magnifica Humanitas coloca en el centro a la humanidad misma. La innovación tecnológica aparece como escenario; la dignidad de la persona, como preocupación principal.

Esta elección resulta particularmente significativa en una época fascinada por la velocidad de la innovación. Gran parte del debate público sobre inteligencia artificial gira en torno a sus capacidades y beneficios potenciales. León XIV propone invertir la mirada. Antes de preguntarnos qué puede hacer la tecnología, nos invita a reflexionar sobre qué sociedad queremos construir y qué valores estamos dispuestos a preservar. Por eso rechaza implícitamente la idea de que el avance tecnológico constituye un destino inevitable frente al cual sólo cabe adaptarse. La tecnología nunca es neutral. Detrás de cada innovación existen decisiones humanas, intereses económicos, prioridades políticas y determinadas concepciones acerca del desarrollo y del bien común.

La observación adquiere especial relevancia cuando advierte que el poder tecnológico contemporáneo ya no se encuentra principalmente en manos de los Estados, sino de grandes corporaciones privadas con capacidad de influencia global. Y aquí aparece uno de los aportes más interesantes del documento: si la cuestión social del siglo XIX giraba alrededor de la concentración del capital industrial, la del siglo XXI gira, en buena medida, alrededor de la concentración del poder tecnológico. Un reducido número de empresas administra plataformas utilizadas diariamente por miles de millones de personas, controla volúmenes inéditos de información y dispone de recursos económicos superiores a los de numerosos Estados. Nunca antes en la historia de la humanidad había existido semejante capacidad para recopilar, procesar y utilizar datos sobre comportamientos individuales y colectivos.

Por eso la inteligencia artificial deja de ser únicamente una cuestión tecnológica para convertirse también en una cuestión política. ¿Quién diseña los algoritmos? ¿Qué valores incorporan? ¿Qué intereses representan? ¿Quién controla los datos con los cuales son entrenados? ¿Qué mecanismos democráticos existen para supervisar sistemas capaces de influir sobre el acceso a la información, al empleo o incluso a la formación de opiniones? En esencia, son preguntas similares a las que León XIII formulaba respecto del poder económico en plena industrialización. En ambos casos se trata de examinar las consecuencias humanas de nuevas formas de organización del poder.

La analogía histórica se refuerza cuando la encíclica aborda el mundo del trabajoRerum Novarum colocó la dignidad del trabajador en el centro de la reflexión social católica y León XIV retoma esa tradición para proyectarla sobre los desafíos de la automatización y la inteligencia artificial. Las nuevas tecnologías prometen aumentar la productividad y reducir costos, pero también plantean interrogantes sobre el futuro del empleo y la sustitución de determinadas tareas humanas por sistemas automatizados. Frente a estas transformaciones, el Papa recuerda que la persona no existe para servir a los sistemas productivos, sino que son éstos los que deben estar al servicio de la persona y de su desarrollo integral. Se trata de una afirmación sencilla, aunque de enorme importancia en una época donde la lógica de la eficiencia amenaza con convertirse en criterio excluyente de organización social.

Entre los pasajes más sugerentes de la encíclica se encuentra la comparación entre la Torre de Babel y la reconstrucción de Jerusalén impulsada por Nehemías. Babel simboliza la tentación de absolutizar el poder humano y creer que todo puede ser alcanzado mediante la propia capacidad técnica. Jerusalén representa una comunidad construida sobre la cooperación, la responsabilidad compartida y el reconocimiento de límites.

La metáfora resulta especialmente apropiada para describir los dilemas de la era digital. La inteligencia artificial puede contribuir a mejorar diagnósticos médicos, optimizar servicios públicos o acelerar descubrimientos científicos, pero también puede utilizarse para vigilar poblaciones, manipular opiniones o profundizar desigualdades. La diferencia no está en la tecnología, sino en el proyecto humano que la orienta. Por eso León XIV sostiene que la verdadera elección de nuestro tiempo no consiste en aceptar o rechazar la tecnología, sino en determinar si la utilizaremos para construir una nueva Babel o una nueva Jerusalén. La fuerza de esta imagen radica en que evita tanto el optimismo tecnológico ingenuo como el pesimismo apocalíptico. Reconoce las oportunidades que ofrecen estas herramientas, pero recuerda que su legitimidad dependerá siempre de su contribución efectiva al bien común.

 

En ese sentido, Magnifica Humanitas se integra naturalmente en la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, aunque incorpora un elemento novedoso: plantea una cuestión profundamente antropológica. El riesgo principal no es solamente económico o político, sino cultural. Es la posibilidad de que terminemos aceptando una visión reducida del ser humano, donde el valor de las personas dependa exclusivamente de su utilidad, su rendimiento o su capacidad de adaptación a sistemas cada vez más automatizados. Por eso insiste en la idea central que la dignidad humana no necesita ser conquistada ni demostrada. No depende del éxito ni de la productividad, sino que es inherente a cada persona por el simple hecho de ser humana. Frente a una cultura obsesionada por medirlo todo, la encíclica recuerda que existen dimensiones esenciales de la experiencia humana -la conciencia, la libertad, la creatividad, el amor o la compasión- que no pueden reducirse a datos. Tal vez allí se encuentre la contribución más profunda de León XIV. Mientras gran parte del mundo discute cómo desarrollar inteligencias artificiales cada vez más poderosas, el Papa plantea una pregunta diferente: cómo preservar una humanidad cada vez más humana.

Hace ciento treinta y cinco años, Rerum Novarum ayudó a la Iglesia a dialogar con la modernidad industrial sin renunciar a sus principios fundamentales. Hoy, Magnifica Humanitas parece asumir una tarea semejante frente a la revolución digital. Entre la máquina de vapor y el algoritmo median más de cien años de historia. Sin embargo, la pregunta esencial permanece inalterada: cómo garantizar que el progreso tecnológico esté al servicio de la persona humana y no la persona humana al servicio del progreso tecnológico.

Aquí reside pues, la continuidad entre los dos papas llamados León y, probablemente, la clave interpretativa más fecunda de esta nueva encíclica. Las “cosas nuevas” cambian con cada época, pero lo que permanece inalterable es la necesidad de defender la dignidad humana frente a las nuevas formas de poder que cada revolución tecnológica trae consigo.

Patricio Degiorgis es director de la Cátedra Unión Europea-UCES y Director Ejecutivo del Centro de Estudios en Ciberentornos y Sociedad Digital-BTR

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