Por: Ami Cabrera
De inmediato, me llamó la atención su mirada sobre la humanidad en su grandeza: una mirada que no pone el foco en lo imperfecto, frágil e insuficiente que somos los seres humanos, sino que nos reconoce – por sobre todo – como seres creados y amados por Dios, capaces de la empatía, del juicio moral, la conciencia, la creatividad genuina y el amor.
El mensaje del Papa nos invita a pensar los límites humanos no como un problema que debemos resolver mediante la tecnología, sino como una condición que forma parte de nuestra dignidad como personas. Desde esta mirada cristiana, los límites no son un defecto que debe corregirse, sino una característica esencial que estamos llamados a preservar por sobre todo, custodiar y nutrir.
Y pensando en nuestras fragilidades y límites humanos, empecé a hacerme esta pregunta: ¿cuáles son los límites de mi humanidad?
Reconozco límites de tiempo —las mismas 24 horas que tiene cualquier persona y una vida que, con suerte, rondará los 80 años—, límites de energía física y límites de atención. No podemos estar en todas partes, hacer miles de tareas sin cansarnos y responder a todo al mismo tiempo.
Pienso particularmente en nuestra capacidad de atención, esa que hace posible comprender al otro, acompañar, consolar, celebrar procesos o simplemente comunicarnos.
Cuando estamos fatigados, sobrecargados o vivimos corriendo fuera de nuestros límites humanos, suele ocurrir algo curioso: lo primero que se deteriora no es nuestra inteligencia, sino nuestra capacidad de conectar con los demás: disminuye la empatía, perdemos la paciencia, no logramos escuchar, interpretamos peor y nos volvemos reactivos y menos sensibles.
Muchas veces lo expresamos con esa frase de moda: “estoy en automático”. Casi una advertencia para quienes podrían ponerse en frente o esperar algo empático de nosotros.
Una conversación significativa, una amistad cuidada, una historia escuchada con interés genuino o un abrazo oportuno siguen siendo experiencias que ninguna tecnología puede reemplazar, ayudan pero no generan. Pero para que estas magníficas habilidades humanas ocurran necesitamos ser conscientes si estamos respetando nuestros límites, dentro de ellos, nuestros poderes como humanos ocurren.
Hace unos días me enfermé de gripe. Me recetaron una medicación que me tuvo tres noches seguidas sin dormir. Definitivamente salí de mis límites y, a partir de esta experiencia, entré corriendo en mi humanidad. Ahora celebro cada mañana después de haber dormido cerca de ocho horas seguidas y agradezco la tecnología del colchón, la almohada, el aire acondicionado, la iluminación y tantas otras innovaciones que me ayudan a descansar mejor.
Quizás la magnífica humanidad de la que habla esta encíclica no resida en superar todos nuestros límites, sino en reconocerlos y cuidarlos —también con ayuda de la tecnología— para que puedan florecer nuestras capacidades humanas: la atención, la empatía, la conversación y el encuentro con los demás.
Volviendo a la encíclica, la “Torre de Babel” de la que habla León XIV es justamente la que se construye sin conexión, sin empatía, sin la capacidad de entendernos, consolarnos, abrazarnos y comunicarnos de verdad.
Estoy empezando a leer este documento porque sé que me ayudará a pensar. Me pregunto si te gustaría participar de encuentros de conversación —en el modo y en los límites propios que nos gustan a los seres humanos— para pensar juntos estos temas.