Por: Hugo Rodríguez Ghiara – Organización Mundo sin Guerras y sin Violencia.
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(Imagen de Globatium)
En un tiempo marcado por la competencia feroz, la desigualdad creciente y la sensación de que el mundo avanza hacia un callejón sin salida, surge una pregunta que incomoda pero que ya no puede seguir evitándose: ¿qué ocurre cuando el dinero se convierte en el mito central que organiza nuestras vidas?
La reflexión no es nueva, pero hoy adquiere una urgencia inédita. En una conversación que sigue resonando por su lucidez, el pensador latinoamericano Silo advertía que el problema de fondo no es únicamente económico, sino profundamente cultural y humano. “Predomina la ley del más fuerte”, señalaba, describiendo cómo hemos trasladado el darwinismo zoológico al campo social, como si la supervivencia individual fuera el único horizonte posible.
Ese desplazamiento —esa naturalización de la fuerza como criterio de organización— ha generado un clima global donde la competencia se impone sobre la cooperación, y donde el éxito se mide casi exclusivamente en términos de acumulación. En ese marco, el dinero deja de ser una herramienta para convertirse en un mito rector, un valor absoluto que subordina todos los demás.
El mito del dinero: una realidad tangible con consecuencias intangibles
Silo lo explicaba con claridad: nadie niega la existencia del dinero ni su función práctica. Lo que se cuestiona es el lugar que ha ocupado en la jerarquía de valores. Cuando el dinero se convierte en el centro, todo lo demás —la amistad, la solidaridad, la fe, el amor, la justicia— queda relegado a un segundo plano.
Y entonces surge la pregunta incómoda: si el dinero es el valor supremo, qué impide que alguien “apuñale a su vecino” para obtenerlo? La metáfora es extrema, pero ilustra un fenómeno cotidiano: decisiones políticas, empresariales y personales que sacrifican vidas, vínculos y comunidades en nombre del beneficio económico.
El resultado es un mundo donde la cohesión social se erosiona, donde la desconfianza crece y donde los valores que podrían sostener una convivencia más humana parecen debilitados o ridiculizados. La paradoja es evidente: cuanto más se absolutiza el dinero, más se deshumaniza la vida.
Una crisis que obliga a repensarlo todo
La situación actual —marcada por crisis económicas recurrentes, tensiones geopolíticas, migraciones masivas y un deterioro ambiental acelerado— muestra los límites de un sistema que ha puesto la rentabilidad por encima de la supervivencia colectiva.
Silo advertía que, incluso por razones de pura supervivencia, la humanidad tendrá que reorganizarse en base a nuevos valores. No se trata de un idealismo ingenuo, sino de una necesidad histórica. La pregunta ya no es si debemos cambiar, sino si podremos hacerlo a tiempo.
El ser humano como valor y preocupación central
Frente a este panorama, la propuesta es tan simple como revolucionaria: colocar al ser humano en el centro. No como recurso, no como consumidor, no como fuerza laboral, sino como valor fundamental.
¿Qué significaría esto en la práctica?
Una invitación a la reflexión colectiva
Esta nota no pretende ofrecer respuestas definitivas, sino abrir un espacio de reflexión. Si el mito del dinero ha moldeado el mundo que hoy habitamos, quizá ha llegado el momento de preguntarnos qué otro mito —qué otro valor central— podría guiarnos hacia un futuro más justo, más humano y más habitable.
Porque, como recordaba Silo, los valores que hoy predominan no conducen a la cohesión social. Y sin cohesión, ninguna sociedad puede sostenerse.
Tal vez sea hora de imaginar un nuevo horizonte. Uno donde el ser humano, en toda su diversidad y dignidad, vuelva a ocupar el lugar que nunca debió perder.