Por: César Verduga Vélez
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Los análisis electorales no pueden reducirse a operaciones estadísticas o matemáticas para pronosticar resultados. De hecho, desde Aristóteles hasta Hans Morgenthau y Antonio Gramsci, se ha argumentado que en los procesos políticos y en las elecciones de cualquier país del mundo es necesario considerar que el comportamiento humano está sujeto a múltiples variables históricas, psicológicas y políticas al momento de votar. Las matemáticas no son aplicables a la política, ya que esta se basa en valores, poder, irracionalidad y contingencia.
El sociólogo francés Alain Touraine, ya fallecido, analizó el caso de Colombia argumentando que, a diferencia de otros países latinoamericanos que sucumbieron al populismo o a dictaduras militares, allí el sistema político se ha mantenido bajo el control de una oligarquía bipartidista (liberal-conservadora) que ha demostrado una enorme y continua capacidad de integración y dominación social desde la Independencia.
Eso fue así hasta 2022, cuando el presidente de la República de Colombia, Gustavo Petro, quien no venía de la oligarquía bipartidista, accedió a la jefatura de Estado. Con Petro se inicia un proceso de construcción de una nueva hegemonía. Esta, como la definió Gramsci, es un proceso cultural con repercusiones políticas fundamentales en la sociedad y el Estado.
El candidato presidencial de izquierda Iván Cepeda es el probable segundo mandatario en la historia de Colombia que no proviene de esa oligarquía bipartidista cuya hegemonía se mantuvo por dos siglos. Simbólicamente, la derrota aplastante del partido Centro Democrático, liderado por el expresidente de Colombia Álvaro Uribe, expresa la agonía de esa hegemonía oligárquica. Cepeda representa a las fuerzas que quieren avanzar en la construcción de una nueva hegemonía.
Por su parte, el candidato presidencial de derecha Abelardo de la Espriella encarna a los sectores que quieren salvar, desde el populismo de derecha apartidista, la agonizante hegemonía oligárquica.
Veamos las cifras de la primera vuelta. De la Espriella obtuvo 10 341 499 votos, que equivalen al 43,74 %. Cepeda alcanzó 9 679 145 votos, el equivalente al 40,90 % de los sufragios emitidos.
Si las matemáticas fuesen aplicables a los procesos políticos, con el apoyo expresado por Uribe y su excandidata presidencial Paloma Valencia —quien obtuvo el 6,92 % de los votos— a favor de De la Espriella, ya estaría definida la elección de la segunda vuelta.
En el 2022 las múltiples candidaturas de la derecha colombiana sumaban el 52 % del electorado en la primera vuelta. Y, no obstante, la derecha perdió. Vale decir, no hay un electorado de derecha firme e ideológicamente consolidado en Colombia. Son ciudadanos cuya decisión es fluctuante según las múltiples variables de las estrategias electorales de los candidatos que disputen el balotaje.
Por tanto, la segunda vuelta en las elecciones colombianas no está dominada por certezas, sino por la incertidumbre. Dependerá de las estrategias de los candidatos y de su capacidad para hacer alianzas políticas y sociales; de su manejo adecuado de los debates, de sus expresiones y de su gestualidad corporal.
Recordando al inmortal premio nobel de literatura Gabriel García Márquez, la segunda vuelta colombiana no será la Crónica de una muerte anunciada para ninguno de los candidatos finalistas. Será la incertidumbre del coronel Aureliano Buendía en Cien años de soledad, quien termina sus días descifrando los pergaminos de Melquíades en su laboratorio de alquimia. El último Aureliano es el que sabe que su destino ya estaba escrito, pero muere sin entenderlo.