viernes 05 de junio de 2026 - Edición Nº2739

Internacionales | 5 jun 2026

Resolución Pacifica del Conflicto.

La Historia no se doblegará ante el poder

09:10 |Durante las últimas tres décadas, he escrito cientos de artículos y varios libros sobre el conflicto israelo-palestino, examinándolo desde perspectivas históricas, religiosas, psicológicas y geoestratégicas, así como a través de las duras realidades sobre el terreno.


Por: Dr. Alon Ben-Meir. Fuente: Agencia Pressenza

Palestinos de Tantura fueron expulsados a Jordania en junio de 1948. (Imagen de Benno Rothenberg / Colección Meitar / Biblioteca Nacional de Israel / Colección Nacional de Fotografía de la Familia Pritzker, CC BY 4.0)

Durante las últimas tres décadas, he escrito cientos de artículos y varios libros sobre el conflicto israelo-palestino, examinándolo desde perspectivas históricas, religiosas, psicológicas y geoestratégicas, así como a través de las duras realidades sobre el terreno. Después de todo ello, una conclusión se ha mantenido ineludible: no habrá paz —ninguna— a menos que se ancle en una solución viable de dos Estados.

Casi seis décadas después de la guerra de 1967, el conflicto no avanza hacia una resolución sino hacia una ruptura permanente. Lo que comenzó como una lucha nacional y territorial se ha endurecido hasta convertirse en una confrontación de suma cero moldeada por el miedo, el trauma y narrativas mutuamente excluyentes. Los ciclos de violencia se han vuelto estructurales. Ya sea como ataques palestinos, represalias israelíes, la primera y la segunda Intifada, guerras repetidas en Gaza y disturbios persistentes en Cisjordania. Cada ciclo ha profundizado la desconfianza y ha estrechado el ya de por sí menguante espacio para el compromiso.

Las perspectivas psicológica e histórica
La memoria de la Nakba —la catástrofe de 1948 que provocó el desplazamiento de casi 700.000 palestinos—, sigue siendo fundamental para la identidad y la conciencia política palestinas. Para los palestinos, la Nakba no fue un acontecimiento histórico singular, sino el inicio de una experiencia continua de desposesión y exilio que sigue resonando a través de las generaciones.

Esto se refleja no solo en la persistencia de las comunidades de refugiados, sino en una convicción profundamente arraigada de que la injusticia histórica nunca ha sido reparada. Este legado moldea las actitudes palestinas hacia el conflicto actual, reforzando la sensación de que su lucha no consiste únicamente en poner fin a la ocupación, sino en recuperar la dignidad, los derechos y el reconocimiento que se les ha negado desde 1948.

Luego llegó el 7 de octubre de 2023 —un punto de inflexión de horror. El ataque de Hamás, dirigido contra civiles con brutalidad, masacrando a 1.200 personas, en su mayoría civiles israelíes, conmocionó a Israel hasta sus cimientos. Además de reafirmarse una creencia, profundamente arraigada en la sociedad israelí, de que la hostilidad palestina es inmutable y que poderosas facciones siguen comprometidas con la destrucción de Israel. Desde esta perspectiva, las pasadas ofertas de paz fracasaron no por unas condiciones defectuosas, sino porque la otra parte rechaza en última instancia la coexistencia.

Pero lo que vino después alteró fundamentalmente el panorama moral y político.

La guerra de represalia de Israel en Gaza, inicialmente planteada como una campaña para destruir Hamás, rápidamente evolucionó hacia algo mucho más amplio y devastador. Barrios enteros fueron reducidos a escombros, la infraestructura civil fue desmantelada sistemáticamente y decenas de miles de palestinos murieron, incluida una enorme cantidad de niños.

Lo que comenzó como una guerra de autodefensa fue adquiriendo cada vez más los rasgos inequívocos del castigo colectivo y de una lógica de venganza y represalia. Tanto en escala como en método, la campaña cruzó un umbral crítico. No solo por desproporcionada, sino que, en su efecto acumulado, o considerada en su totalidad, resulta indistinguible de lo que muchos observadores jurídicos definen como conducta genocida.

Para los palestinos, esto no fue una aberración, sino la confirmación de un temor largamente acariciado: que la trayectoria última de Israel no se dirige hacia la coexistencia, sino hacia la dominación permanente y el desplazamiento.

El refuerzo de la percepción

Esta percepción se ve reforzada a diario en Cisjordania, donde la violencia de los colonos ha aumentado tanto en frecuencia como en intensidad, a menudo en presencia y en ocasiones bajo la protección, de las fuerzas de seguridad israelíes. Estos actos no son aleatorios; responden a un patrón:

  • Grupos armados de colonos atacan aldeas palestinas e incendian viviendas y vehículos.
  • Arranque sistemático y destrucción de olivares, que socavan tanto los medios de vida como el patrimonio.
  • Agresiones físicas contra civiles, incluidos ancianos y niños.
  • Acoso sostenido que empuja a comunidades enteras a abandonar sus tierras.
  • Ataques incendiarios contra mezquitas y escuelas.
  • Interferencia en el acceso al agua, mediante bloqueo o contaminación de fuentes esenciales.
  • En conjunto, estas acciones dibujan un patrón continuado de transformación territorial.

Entre tanto, Mientras tanto, las declaraciones explícitas de miembros del actual gobierno israelí que abogan por un «Gran Israel» desde el mar Mediterráneo hasta el río Jordán han despojado de cualquier ambigüedad restante. Para los palestinos, tales declaraciones son indicaciones de una intención estratégica, que refuerzan la creencia de que su estadidad no se está negociando —sino que se está excluyendo sistemáticamente.

Internalizando el núcleo del conflicto

En su núcleo, este conflicto no es solo sobre tierra o seguridad; trata o parte de reivindicaciones contrapuestas de la noción de justicia. La verdad filosófica que dimana de ello es que una nación no puede asegurar su futuro negando indefinidamente a otro pueblo coexistente sus derechos fundamentales. El poder puede suprimir, contener e incluso dominar, pero no puede extinguir la aspiración colectiva de un pueblo a la libertad y la autodeterminación.

Como observó G. W. F. Hegel: —«Lo racional es real, y lo real es racional». —Por amargas o trágicas que sean las circunstancias, la realidad impone su propia lógica. Dos pueblos habitan la misma tierra, ninguno de los cuales puede eliminar al otro. Por mucha violencia que se inflija, por devastadora que sea, no puede alterar este hecho fundamental.

Una segunda verdad, igualmente importante, se deriva de ello: el sufrimiento histórico, por profundo que sea, no otorga una licencia moral para perpetuar el sufrimiento de otros. La experiencia histórica judía, que culminó con los horrores del Holocausto, exige seguridad y reconocimiento — pero no puede justificar políticas que nieguen a otro pueblo su dignidad y existencia nacional.

Hannah Arendt advirtió con igual claridad que —«la violencia puede destruir el poder; es totalmente incapaz de crearlo». La supremacía militar puede producir resultados temporales, pero no puede conferir legitimidad, fomentar la reconciliación ni asegurar una paz duradera.

Hoy, aproximadamente siete millones de judíos israelíes y siete millones de palestinos viven entre el río Jordán y el mar Mediterráneo. Ninguna de las dos partes va a desaparecer. Este no es un conflicto que pueda resolverse mediante “una victoria”. Solo puede resolverse mediante el reconocimiento mutuo y el compromiso político.

Desde octubre de 2023, las posiciones de ambas partes se han endurecido de forma notable. En Israel, el discurso político se ha alejado aún más incluso de un apoyo condicionado al reconocimiento de un Estado palestino, y lo enmarca cada vez más como una amenaza existencial. Entre los palestinos, la devastación de Gaza y la persistencia de la ocupación han reforzado la idea de que las negociaciones son inútiles y de que la resistencia, en una forma u otra, es inevitable.

Esto debe cambiar.

Encontrar una solución permanente es imprescindible

La comunidad internacional debe desempeñar un papel decisivo para romper este estancamiento.

Durante décadas, Estados Unidos ha respaldado una solución de dos Estados sin dar pasos significativos para hacerla realidad. Más bien, Washington ha blindado a Israel frente a la rendición de cuentas y ha eliminado los incentivos para un cambio de política. Washington debe traducir su compromiso declarado a unas políticas concretas. Como condicionar la ayuda militar, oponerse inequívocamente a la expansión de asentamientos y dejar claro que la ocupación indefinida es incompatible con una asociación estratégica a largo plazo.

Los Estados europeos deben ir más allá de las declaraciones de principio y reconocer al Estado palestino, utilizar su comercio con Israel como instrumento de influencia y respaldar mecanismos de rendición de cuentas. Los Estados árabes, por su parte, deben entender los acuerdos de normalización no como un fin en sí mismos, sino como una herramienta para impulsar avances sustantivos, al tiempo que exigen cohesión política palestina y reformas institucionales.

Un nuevo gobierno israelí tendría que tomar medidas inmediatas, como detener la expansión de asentamientos, hacer cumplir el Estado de derecho contra la violencia de los colonos, reafirmar el compromiso con el compromiso territorial y volver a participar en negociaciones creíbles. Igual de importante es que debe comenzar a preparar a su opinión pública para los compromisos necesarios, enmarcando la paz no como una concesión, sino como un imperativo estratégico.

En última instancia, la sociedad israelí debe enfrentarse a una realidad difícil pero ineludible. La ausencia de un Estado palestino no es una fuente de seguridad; es su mayor amenaza a largo plazo. La ocupación permanente, la desigualdad y la guerra recurrente erosionarán lo que queda de la posición moral de Israel, su carácter democrático y su estabilidad interna.

El imperativo moral de una solución

En esta coyuntura crítica, el imperativo moral es tan convincente como el estratégico. Kant argumentó que los seres humanos deben ser tratados siempre como fines en sí mismos, nunca meramente como medios. Cualquier futuro político que niegue a israelíes o palestinos su dignidad y derechos fundamentales viola este principio en su núcleo. Una paz justa y duradera, por lo tanto, no es simplemente una cuestión de conveniencia política; es una necesidad moral.

Al final de todas las guerras, de todas las ideologías y de todas las ilusiones, una verdad permanece inamovible: ninguno de los dos pueblos desaparecerá, y ninguno puede asegurar su libertad a expensas de la humanidad del otro. La tierra que comparten no se pliega a la fuerza, ni la Historia se doblega ante el Poder. Aguarda, inexorable e inalterada, el reconocimiento, exigiendo verdad, justicia mutua, dignidad recíproca y una elección consciente por la paz.

Esa tierra ha visto correr suficiente sangre para probar que la fuerza no resuelve nada. Sin reconocimiento ni coraje político, ambas partes arriesgan perder no solo territorio, sino el futuro moral y humano que aún intentan salvar.


El Dr. Alon Ben-Meir es presidente del Instituto para la Resolución Humanitaria de Conflictos.

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