viernes 05 de junio de 2026 - Edición Nº2739

Internacionales | 5 jun 2026

La Guerra Cultural del Siglo XXI.

Las disputas por la hegemonía cultural frente al renovado avance de la ultraderecha

17:25 |Los cambios recientes en la política mundial no pueden ser explicados únicamente como producto de giros electoriales ni de la emergencia coyuntural de líderes populistas.


Por: Cesari Irwing Rico Becerra. Fuente: https://www.alai.info/

Los cambios recientes en la política mundial no pueden ser explicados únicamente como producto de giros electoriales ni de la emergencia coyuntural de líderes populistas. Estos cambios responden a una disputa de fondo por los sentidos comunes y los marcos interpretativos con los que las sociedades entienden el mundo, se reconocen en él y deciden actuar para su modificación o perpetuación.

Proyectos como el MAGA de Donald Trump en Estados Unidos, el bukelismo en El Salvador, el movimiento liderado por Javier Milei en Argentina o la agenda de Vox en España representan fenómenos culturales de largo alcance que están reconfigurando los imaginarios geopolíticos contemporáneos de acuerdo con Agnew.

Resulta tanto paradójico como revelador observar que estos proyectos políticos de ultraderecha hayan logrado apropiarse, de manera más o menos consciente, de algunas de las lecciones más potentes del pensamiento político de izquierda del siglo XX. Particularmente, el legado de Antonio Gramsci (1999) que teoriza con extraordinaria lucidez los mecanismos a través de los cuales una clase social logra imponer su visión del mundo como algo natural, normal, deseable y universal al resto de las clases sociales, constituyendo así una hegemonía sostenida en formas de coerción y consenso y desplegadas de forma muy compleja sobre la propia sociedad dominada.

Lo que estamos presenciando hoy podría denominarse como un “gramscianismo bastardo” caracterizado por una apropiación tergiversada, invertida y muchas veces planificada de las herramientas gramscianas al servicio de los proyectos políticos que recuperan el espíritu de aquellos monstruos que el propio Gramsci combatió en su tiempo. En la presente reflexión, se buscará profundizar en ello y delinear algunas líneas de análisis hacia el futuro.

Gramsci y la batalla por la hegemonía: una herramienta teórica para nuestro tiempo

Para comprender el fenómeno de las ultraderechas es necesario repasar brevermente el concepto gramsciano de hegemonía. Para Gramsci, el poder de una clase dominante no se sostiene únicamente por la coerción y sus instituciones, sino por la capacidad de obtener el consenso de los dominados. Este consenso se construye en el terreno de la cultura: escuelas, iglesias, medios de comunicación, arte, lenguaje, y demás dispositivos culturales de poder que van moldeando la vida cotidiana, sus rutas y sus rutinas. Por tanto, la hegemonía se configura como una forma de dirección moral e intelectual que convierte al orden exstente en una estructura que aparenta normalidad, y que es interiorizado como algo natural y justo. De acuerdo con Ceceña, la hegemonía responde a una:

(…) capacidad que se nutre tanto de la pertinencia argumental del discurso y su similitud con las expresiones visibles de la realidad (o su capacidad para visibilizar las expresiones ocultas), como de las manifestaciones de fuerza que provienen de las condiciones objetivas en las que tienen lugar las relaciones sociales, sea que éstas aparezcan bajo formas explícitas o sólo bajo formas disciplinarias o indicativas (p. 39).

En su momento, Gramsci comprendió que la revolución no podría reducirse a la toma del Estado pues, antes de consquistar el poder político, sería necesaria una larga guerra de posiciones en el terreno cultural, como afirma Cox. Así, se hacía necesario construir una voluntad colectiva, una visión del mundo alternativa capaz de articular los intereses de distintos sectores bajo un proyecto común. Esta fue la estrategia que las izquierdas latinoamericana y europea intentaron desarrollar, con resultados distintos, a lo largo del siglo XX. Hoy, sin embargo, parecen ser los movimientos políticos de ultraderecha quienes con mayor eficacia parecen estar librando esta guerra de posiciones. No necesariamente por ser avidos lectores del gramscianismo –aunque personalidades como Steve Bannon o Peter Thiel parecen conocer bien esta tradición–, sino por la comprensión de que el terreno decisivo de la política contemporánea está en el dominio cultural del sujeto y su imaginación social, sus identidades y sus afectos.

La apropiación y tergiversación del pensamiento gramsciano desde las ultraderechas

Para Gramsci, la hegemonía es un proceso de articulación de clases subalternas en donde la clase trabajadora debía construir una visión del mundo alternativa a la dominante, como un “espacio de construcción del sujeto revolucionario” (p. 39). No obstante, como menciona Herrera, las ultraderechas utilizan la misma estrategia para consolidar formas de dominación que profundizan la desigualdad a través de una intolerancia nativista, un monismo político y una serie de conspiraciones infundadas que buscan desmantelar el Estado social y criminalizar a la disidencia.

Este “gramscianismo bastardo” opera a través de un movimiento de inversión, por el cual éste se presenta como “antisistema”, cuando en realidad es profundamente funcional a los intereses del capital y las grandes élites económicas. Así, figuras como Trump, Milei o Bukele se postulan como gobernantes de las y los olvidados, construyendo imágenes de renovación democrática mientras se concentra el poder y erosiona a las propias instituciones. En todos estos casos, el repertorio estético y discursivo de la rebelión popular encubre una agenda profundamente regresiva y ultraconservadora. No obstante, la efectividad de esta apropiacón ha mostrado un potencial importante de éxito, la eficacia cultural de estos proyectos es innegable y merece ser analizada con rigor, sin caer en la condescendencia del reduccionismo tendiente a la manipulación o ignorancia de las bases, o a la locura de sus dirigentes.

Plataformas digitales y el acceso a las juventudes como infraestructura del sentido común

Desde las reflexiones gramscianas, las instituciones de la sociedad civil como la iglesia, la escuela, la prensa o la familia se consolidan como “correas de transimisión” que distribuyen un discurso hegemónico, y es justamente en estos espacios donde se libra la batalla por la hegemonía. En la actualidad, las plataformas y redes sociodigitales han transformado radicalmente las condiciones en que se construye y reproduce el sentido común político.

Los movimientos de ultraderecha han sabido colonizar estos espacios con una habilidad que las izquierdas no logran igualar. Desde esta perspectiva, en la economía de atención digital del capitalismo de la vigilancia no gana quien tiene el argumento más sólido, sino quien conecta emocionalmente de forma más intensa (Zuboff, 2018). Por otro lado, la importancia de la información y los datos como nueva materia prima representa la importancia del ciberespacio como nueva infraestructura del sentido común que dicta la hegemonía cultural contemporánea.

Estos fenómenos tienen una dimensión gramsciana directa, pues las ultraderechas están construyendo sus propios intelectuales orgánicos en el entorno digital. Los sistemas algorítmicos y los contenidos difundidos en las plataformas sociodigitales funcionan como correas de transmisión de un nuevo sentido común que normaliza la xenofobia, el negacionismo climático, en antifeminismo y el autoritarismo, presentándose como defensor moral del libre pensamiento y la heterodoxia, construyendo la idea de lo “woke” como amenaza al proyecto de la “buena sociedad” (Herrera, 2020).

Como proyectos políticos, las ultraderechas encuentran en estas infraestructuras de control social un espacio idóneo para la circulación de sus mensajes e ideas de una forma abiertamente planificada. En ese sentido, la “nueva derecha europea” con representantes como Alain De Benoist (1982) han demostrado, desde hace ya varias décadas, la necesitad de “ganarse” los corazones de las juventudes, pues éstos habían sido ganados por los movimientos y pensamientos de izquierda. Es por ello que la penetración de estos discursos ultraderechistas en las generaciones más jovenes está demostrando ser una dimensión vital de todos estos proyectos, los cuales están siendo pensados, reflexionados y planificados de forma estratégica.

Este fenómeno no puede explicarse simplemente por la manipulación algorítmica o la desinformación, aunque ambos jueguen un papel relevante. Existe un sustrato sociológico profundo, por el que las generaciones que llegan a la adultez en las últimas décadas lo hacen en un contexto de incertidumbre estructural, precariedad laboral, crisis de vivienda, deuda estudiantil, cambio climático y la sensación de que las instituciones democráticas son incapaces de resolver los problemas cotidianos de una generación desencantada y decepcionada de proyectos políticos que prometían transformaciones estructurales y terminaron por alinearse a las formas dominantes de un capitalismo neoliberal.

La realidad demuestra que han sido los proyectos de ultraderecha los que han sabido interpelar ese desencanto con mayor eficacia, pues ofrecen explicaciones simples para problemas complejos, señalando a chivos expiatorios presentes en la vida cotidiana de las sociedades (inmigrantes, feministas, élites globalistas de difícil identificación, marxistas, obreros, etc.) proponiendo un retorno a una identidad nostálgica de un orden social que jamás existió, pero cuya evocación resulta emocionalmente poderosa. En ese sentido, estos proyectos replican la articulación gramsciana del bloque histórico, pero no a partir de la clase, sino de una identidad cultural, nacionalista, nativista y profundamente intolerante.

La masculinidad y la nostalgia de un patriarcado normativo es un vector especialmente relevante en este proceso, pues el avance de los feminismos y las luchas por modificar los roles de género y las injusticias estructurales contra las mujeres han generado en muchos varones jóvenes una sensación de desorientación que los movimientos ultraderechistas han sabido capitalizar, ofreciendo una narrativa de restauración patriarcal que encuentra en las plataformas digitales su principal canal de difusión.

¿Qué hacer? ¿Hacia la reconquista de un terreno cultural?

Frente a este sombrío panorama, la pregunta que se impone es cómo deberían responder los proyectos progresistas populares de izquierda. Algo seguro es que esta respuesta no puede ser meramente electoral, ni puede limitarse a la denuncia moral de un fascismo emergente. Cualquier respuesta requiere, precisamente, aprender las lecciones de este “gramscianismo bastardo” para desarrollar un pensamiento crítico orientado a la praxis política, es decir, una estrategia contra-hegemónica que dispute el sentido común desde valores compartidos.

Esto implica abandonar la condesencencia intelectual con la que, en diversas ocasiones, el pensamiento de izquiera se ha relacionado con los sectores populares. Quienes votan por estos proyectos no lo hacen desde la ignorancia, sino por interpelaciones que ofrecen sentidos de identidad, pertenencia y dignidad que muchas veces los proyectos progresistas no han sabido ofrecer. Por otro lado, es fundamental reconocer la importancia de las redes sociodigitales y los sistemas algorítmicos como una herramienta hegemónica crucial, pues se hace necesaria la configuración de formas de comunicación política que sean capaces de circular fluidamente las redes sociales, sin renunciar a la complejidad del pensamiento crítico.

La hegemonía, como lo postuló Gramsci, no es un estado que se conquista de una vez y para siempre, sino que es un campo de batalla permanente, una negociación constante entre formas sociales que pugnan por imponer su visión del mundo. Lo que hoy presenciamos es una ofensiva renovada en ese campo de batalla, protagonizada por proyectos ultraconservadores que han sabido combinar el resentimiento social, la capacidad comunicacional de las herramientas sociodigitales y el desencanto de una generación sin horizontes claros.

El “gramscianismo bastardo” es, en este sentido, un síntoma de la crisis de hegemonía contemporánea. La incapacidad institucional tanto de los proyectos progresistas como del ordenamiento liberal dominante para ofrecer una visión del mundo viable y sostenible, es el principal problema al que se enfrenta hoy el pensamiento de una izquierda urgida de renovación. Asistimos entonces a un momento histórico en donde, como el propio Gramsci lo anunciaba, lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer.

Referencias

De Benoist, A. (1982). La Nueva Derecha. Una respuesta clara, profunda e inteligente. Planeta.

Gramsci, A. (1981). Los cuadernos de la cárcel. Editorial Era.

Herrera Santana, D. (2020). El siglo del americanismo. Una interpretación histórica y geoestratégica de la hegemonía de los EU. Akal.

Zuboff, S. (2018). La era del capitalismo de la vigilancia. Paidós.

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