Por: Javier Tolcachier. Fuente: Agencia Pressenza.
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(Imagen de Chaos Soccer Gear vía Pixabay)
En la actual competencia mundial de fútbol que se lleva a cabo en Estados Unidos, México y Canadá, se han introducido diversos cambios reglamentarios. Uno de ellos es la disposición de incluir “pausas de hidratación” al promediar cada uno de los dos tiempos de cuarenta y cinco minutos.
Esta modificación al ritmo habitual ha encontrado múltiples críticas. Los comentaristas, aficionados, técnicos y hasta algunos jugadores aducen que estas interrupciones alteran la fluidez y continuidad del juego, acercando su formato al de otros deportes en las ligas norteamericanas que contemplan tiempos muertos.
Si bien los descansos pautados son justificados oficialmente por las altas temperaturas en cada sede, el trasfondo refleja el interés de las cadenas televisivas y empresas patrocinantes, que introducen un mayor caudal de pauta publicitaria. De esta manera, la mercantilización sepulta la cultura esencialmente popular del fútbol.
Pero más allá del debate abierto alrededor de estas medidas , estas pausas bien podrían ser aprovechadas y encontrarían incluso una mayor legitimación, si además de recibir consejos de sus respectivos técnicos, los jugadores pudieran reflexionar sobre sí mismos y su desempeño en relación a otros seres humanos durante el juego.
Aún más. Es posible imaginar lo beneficioso que podría ser para cada uno de estos eximios futbolistas meditar unos pocos minutos sobre la dependencia del éxito, el costo vital que acarrea la fama y la radical injusticia sobre la cual se asientan las millonarias sumas que perciben, entre otras cuestiones.
En la cancha de todos los días
Extendiendo la reflexión, ¿acaso no sería de utilidad detener unos momentos el frenético ritmo que acostumbramos llevar para preguntarnos sobre lo qué realmente queremos y necesitamos? ¿no sería de provecho considerar opciones de vida que enriquezcan nuestra existencia, más allá de la mera supervivencia o de la ambición consumista?
Incluso podríamos llevar esta práctica más allá, sintiendo unos instantes la presencia de nuestros seres queridos y profundizando en cómo podríamos ayudarlos a crecer. Y observando a nuestro alrededor, de cuantas posibles maneras seríamos capaces de ampliar nuestra solidaridad hacia los demás.
Quizás sea demasiado para una breve pausa, pero tampoco estaría de más analizar las múltiples posibilidades que tenemos de actuar junto a otros para hacer que la vida de todos sea más digna, más confortable y plena.
Proponernos hacer de la coherencia y del trato solidario nuestro estilo de vida, podría ser un gran propósito a acometer a partir de estas sencillas consideraciones. Aspirar una bocanada de aire, llevarlo a nuestro corazón y pedir con sinceridad y emoción para alejarnos del rencor y la contradicción, no cabe duda que sería, en tan solo unos minutos, un bálsamo reparador para nuestras vidas.
Si bien el árbitro del encuentro ya está llamando a retomar el juego, nos queda una fuerte sensación de lo interesante que será hacer de estas pausas para hidratar el alma un ejercicio cotidiano.