Por: María Fernanda Barreto. Fuente: https://geolat.info/colombia
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El Ultraderechista Abelardo de la Espriella. Presidente electo de Colombia.
Terminado el proceso electoral de la segunda vuelta para elegir el Presidente de la República de Colombia, los resultados parecen ya irreversibles. Más allá de un arcaico y vulnerable sistema electoral, el fraude se consolidó de muchos modos. Tras un arduo trabajo de equipos jurídicos y voluntariado político, la posibilidad de recuperar los cerca de 251 mil votos que le harían falta a Iván Cepeda para superar a Abelardo de la Espriella, está prácticamente descartada. Lo que significaría que, a pesar de tener un muy estrecho margen a favor, el candidato de la ultraderecha es el nuevo presidente electo de Colombia y asumirá el cargo el próximo 7 de agosto.
Famoso y rico abogado de corruptos, paramilitares y narcotraficantes, De la Espriella llega a la Presidencia con el respaldo público del propio Donald Trump durante los últimos días de la campaña. Pero la injerencia estadounidense no sólo se dio desde la Casa Blanca, también se le sumaron senadores estadounidenses de origen colombiano, y un estadounidense ecuatoriano que preside la República del Ecuador.
Nacido en Colombia pero con nacionalidad estadounidense e italiana, el primer presidente colombo estadounidense llega a la Casa de Nariño y así Estados Unidos da el último paso que le faltaba para ocupar este país, inmensamente rico y geoestratégicamente ubicado en el continente.
El discurso del candidato Iván Cepeda el día domingo, al conocerse el llamado “preconteo” y en la rueda de prensa que dio al día siguiente, destacó el logro de haber remontado tres millones de votos entre la primera y la segunda vuelta para obtener más de 12 millones de votos y convertir su derrota electoral en un poderoso acumulado histórico, visiblemente sostenido por la juventud cansada de la política tradicional y genocida.
En tiempos de la “paz por la fuerza” del imperialismo, la resistencia de los pueblos se pone una vez más a prueba, el derecho internacional y la democracia liberal vuelven a dejar claro que están diseñados para sostener los intereses de este sistema opresor y que sus puertas no están abiertas para las mayorías. El pueblo colombiano, que ha apostado por conseguir transformaciones sin cambiar las reglas del juego, ha quedado nuevamente atrapado por el poder de las maquinarias mafiosas que -incluso desde Israel- financiaron campañas contra la candidatura del Pacto Histórico, por las empresas trasnacionales y nacionales que constriñeron el voto, por la presión de las fuerzas paramilitares en los territorios, por la masiva guerra mediática y cognitiva y, por supuesto, por los condicionamientos de una sociedad cuyo conflicto social y armado sigue sin resolverse.
Donde la desigualdad y la exclusión son la norma, la democracia es sólo una utopía que va más allá de las reformas y el simple ejercicio electoral. El recién nacido partido “Pacto Histórico” obtuvo una votación inédita que da cuenta de un país partido en dos, pero no todos los votos le pertenecen, muchos son votos de la juventud antifascista, de la gente cansada de la exclusión y la pobreza, y de quienes simplemente supieron ver en Abelardo un uribismo renovado dispuesto a destripar a la izquierda, en un país en guerra, en el que“destripar” es una práctica común y no una metáfora.
Corren tiempos difíciles para el mundo cuando la hegemonía capitalista está en grave crisis y el imperio declara la guerra a los pueblos. Aunque las victorias y las derrotas electorales son importantes, lo verdaderamente definitivo es la capacidad de los pueblos de desarrollar y sostener su poder. Aún falta el análisis profundo y autocrítico de algunos sectores del llamado progresismo, que siguen sin siquiera ver que la negativa de Petro a reconocer la legitimidad de Nicolás Maduro sirvió para legitimar el bombardeo de Venezuela y el secuestro del presidente venezolano, y que este hecho impactó gravemente en la correlación de fuerzas en el continente y está en la raíz de esta derrota.
Pero más allá de Gustavo Petro, el reconocido defensor de derechos humanos Iván Cepeda, que por ley se convierte ahora en Senador, o incluso la valiente lideresa Aida Quilcué, que ahora ocupará también su lugar en la Cámara de representantes, la verdadera vanguardia en Colombia sigue siendo la juventud. Ésa fue la que vimos movilizada en la heroica carrera de los últimos días para procurar una victoria, la misma que arriesgó e incluso entregó su vida en las calles en el 2021. No la que alucina que se enriquece porque logra comprar una casa o un carro, sino la juventud de los barrios más populares y los campos más asediados, la que lucha por su propia vida, en un país violento, desigual y saqueado, la que incluso se organiza para crear. Su resistencia y su capacidad de lucha no se mide en encuestas corporativas, ni se cuenta en las vulnerables urnas de cartón, esa se ve cuando se camina el país.