viernes 26 de junio de 2026 - Edición Nº2760

Cultura | 26 jun 2026

A 41 Años del Falleciemiento de Borges.

Borges: una vida dedicada a las letras

10:11 |Hace cuarenta años, el 14 de junio de 1986, murió en Ginebra Jorge Luis Borges. Rodeado de fama y del reconocimiento del público internacional, muy apreciado por los hombres de letras y seguido por los jóvenes, fue candidato en varias ocasiones al Premio Nobel, que nunca obtuvo, provocando asombro e indignación entre sus numerosísimos admiradores.


Por: Diego Mattei. Fuente: https://www.laciviltacattolica.es/

Hace cuarenta años, el 14 de junio de 1986, murió en Ginebra Jorge Luis Borges. Rodeado de fama y del reconocimiento del público internacional, muy apreciado por los hombres de letras y seguido por los jóvenes, fue candidato en varias ocasiones al Premio Nobel, que nunca obtuvo, provocando asombro e indignación entre sus numerosísimos admiradores.

La vida

Nacido en Buenos Aires en el crepúsculo del siglo XIX, el 24 de agosto de 1899, Borges atravesó el siglo XX convirtiéndose en una de sus voces más significativas. Como Kafka, su apellido se transformó en adjetivo: « borgiano» es sinónimo de cultura enciclopédica y erudición, de extraordinaria concisión y cristalina claridad lingüística; de ficción, como los relatos que lo convirtieron en maestro indiscutido de este género literario; de gestos fatales, como los duelos entre gauchos o las muertes cantadas en las sagas escandinavas.

Políglota desde la cuna, reunía en sí mismo, por parte paterna, raíces portuguesas e inglesas, junto con un legado de laureles literarios; por parte materna, heredaba la gloria militar de generaciones pasadas y sangre española. Su padre, el abogado Jorge Guillermo Borges, le transmitió tanto el destino de la ceguera – hereditaria entre los hombres de la familia – como la tácita e irrevocable responsabilidad de convertirse en escritor; su madre, Leonor Acevedo de Borges, lo acompañó a lo largo de los años y fue su colaboradora más fiel hasta su muerte, a los 99 años. «Fue ella, aunque tardé en darme cuenta, quien silenciosa y eficazmente estimuló mi carrera literaria»[1].

En busca de una cura para la ceguera, en la primavera de 1914 el padre llevó consigo a toda la familia a Ginebra. El estallido de la Primera Guerra Mundial mantuvo a los Borges en Europa durante siete años: cinco en Suiza y dos en España, entre Mallorca y Madrid. A su regreso a la Argentina, en 1921, el joven Borges irrumpió en la escena cultural porteña con una formación internacional y políglota de primer nivel. Al inglés y al español, durante los años europeos había añadido el alemán, el francés y el amado latín, cuyo conocimiento está, según algunos estudiosos, en el origen de la extraordinaria sensibilidad etimológica del escritor argentino. «Al aprendizaje de la antigua lengua el escritor deberá “su extraordinaria habilidad sintáctica, su instinto casi mágico para las palabras (sobre todo para su significado etimológico) y su conocimiento de las infinitas posibilidades de la lengua española”»[2].

En Buenos Aires, el joven difundió las novedades de la vanguardia ultraísta, que él mismo había conocido en Madrid gracias al escritor Rafael Cansinos Assens y a las revistas Ultra y Grecia. Comenzaba así su destino como hombre de letras. Durante los años veinte publicó tres libros de poesía y cuatro de ensayos. De ese período han sobrevivido a la censura ejercida por el propio Borges como editor de su obra Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuaderno San Martín (1929). De los diversos ensayos (InquisicionesEl tamaño de mi esperanzaEl idioma de los argentinos y Evaristo Carriego) apenas sobrevivieron El idioma de los argentinos, que da nombre a una recopilación destinada a no ser reeditada, y la biografía de Evaristo Carriego.

Fueron años de trabajo intensísimo. Borges fundó varias revistas (Prisma y Proa) y colaboró en muchas otras. Escribió para la revista cultural mensual Nosotros, para el diario La Prensa y para la revista literaria Sur, dirigida por Victoria Ocampo; dirigió el suplemento ilustrado de Crítica, el periódico de mayor circulación en la Argentina, y estuvo a cargo del suplemento quincenal de orientación de lecturas de autores extranjeros para la revista femenina El Hogar. Los ensayos eruditos que publicó en los años treinta —Discusión (1932), Historia universal de la infamia (1935) e Historia de la eternidad (1936)— surgieron de la recopilación de los textos que Borges había ido dispersando, en los años de juventud y entusiasmo, por revistas y periódicos. A medio camino entre el ensayo y el relato, el padre Ferdinando Castelli escribió en esta misma revista[3], en 1971, que Borges había inventado un nuevo género literario.

Son los años en que Borges se adentra lentamente en el territorio de la prosa, mediante experimentos que va denominando, según los casos, artículos, bocetos o ejercicios narrativos. En el diario Crítica publica lo que él mismo considera su primer cuento breve propiamente dicho, Hombres de las orillas, que más tarde se convertirá en Hombre de la esquina rosada y pasará a formar parte de Historia universal de la infamia[4]. Los años cuarenta constituyen la década en que se convierte en autor de dos colecciones de relatos fundamentales para la literatura universal: Ficciones (1944) y El Aleph (1949).

A partir de 1946, Borges inicia una intensa actividad como conferenciante para compensar la pérdida de su salario como bibliotecario auxiliar de la biblioteca municipal de barrio Miguel Cané, donde trabajaba desde 1938, año de la muerte de su padre. Su timidez, su mirada miope y su voz vacilante, casi tartamuda, hacían de él un orador de extraordinario encanto, rodeado de un aura de sabio modesto que se sumaba a la imagen distante del escritor de perfección glacial[5]. Borges, maestro de la palabra escrita, se convierte también en una voz. Es el comienzo de ese archipiélago inabarcable de conferencias, entrevistas y apariciones radiofónicas y televisivas. «De modo que a los cuarenta y siete años descubrí que se me abría una vida nueva y emocionante. Recorrí la Argentina y el Uruguay dando conferencias sobre Swedenborg, Blake, los místicos persas y chinos, el budismo, la poesía gauchesca, Martin Buber, la Cábala, Las mil y una noches, T. E. Lawrence, la poesía medieval alemana, las sagas islandesas, Heine, Dante, el expresionismo y Cervantes. […] No sólo terminé ganando más dinero que en la biblioteca, sino que disfrutaba del trabajo y me sentía justificado»[6]. Así escribe en Esbozo de autobiografía, y en esta enumeración está contenido todo el universo de Borges y su estilo único e irrepetible.

En 1955, Perón abandonó la Argentina y Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional, cargo que desempeñó hasta 1973, aunque de manera principalmente formal debido al deterioro de su vista: «Desde la infancia, mi visión fue empeorando gradualmente hasta extinguirse por completo. Fue como un lento crepúsculo de verano. No hubo nada particularmente patético o dramático. Me sometí a ocho operaciones de los ojos (la primera fue en 1927), pero hacia finales de los años cincuenta, cuando escribí el Poema de los dones, ya era ciego para todo lo que se refiere a leer y escribir»[7]. En el poema citado escribe:

Dios, […] con magnífica ironía

me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños

a unos ojos sin luz, que sólo pueden

leer en las bibliotecas de los sueños

Los años cuarenta y cincuenta son también los años de la colaboración con Adolfo Bioy Casares, con quien publicará textos policiales bajo el seudónimo de Bustos Domecq, relatos fantásticos, antologías temáticas y diversos juegos literarios y apócrifos.

Los años sesenta constituyen la década de su consagración internacional: en 1961 recibe el Premio Formentor, compartido ex aequo con Samuel Beckett; y en 1964 se publica en Francia un volumen de homenaje con contribuciones de escritores de todo el mundo.

A partir de 1960, Borges vuelve principalmente a la poesía[8] y solo en dos ocasiones regresa al cuento: con El informe de Brodie, de 1970, y con El libro de arena, de 1975. «Una de las principales consecuencias de mi ceguera fue mi gradual abandono del verso libre en favor de la métrica clásica. Más aún, la ceguera me hizo volver a la poesía. Como ya no podía hacer un primer borrador por escrito, tenía que confiar en la memoria. Evidentemente, es más fácil recordar versos que prosa, y más fácil recordar una métrica regular que versos libres. El verso regular es, por así decirlo, portátil»[9].

Dotado de una memoria prodigiosa, Borges continuó escribiendo con la ayuda de amigos y colaboradores, a quienes dictaba sus textos y pedía que le prestaran sus ojos para aquellas lecturas que ya le estaban vedadas[10].

Con la fama internacional se multiplicaron los viajes, los doctorados honoris causa, las entrevistas y las colaboraciones. Todos querían premiarlo, escucharlo o entrevistarlo. En 1985 se trasladó a Ginebra y allí falleció el 14 de junio de 1986, acompañado por su esposa, María Kodama[11].

Borges es un mundo, un universo complejo. En el marco de este artículo nos limitaremos a señalar cuatro aspectos de su figura literaria, sin ninguna pretensión de exhaustividad.

El asombro ante una humanidad que trasciende las fronteras

La literatura de Borges es global. Ha regalado al lector el asombro y la maravilla de los vínculos inesperados entre literaturas distantes. En sus obras, especialmente en sus poemas, la pampa, escenario de las hazañas heroicas de los gauchos argentinos, se entrelaza con la memoria de los vikingos que desembarcaron en Inglaterra en el siglo X; los versos de Dante con las páginas del Quijote; los mitos griegos con las milongas argentinas y con las noches árabes de Las mil y una noches. Con sus vertiginosas enumeraciones, nombres y lugares se suceden junto a libros, minuciosos detalles de la naturaleza, el rostro de Jesús y el recuerdo de Stevenson, Schopenhauer y libros apócrifos. Borges abraza el mundo y lo humano, y transforma al lector al introducirlo en una red de significados que evocan y sugieren la sobreabundancia de una pertenencia más amplia, en la que, a través del tiempo y del espacio, todo está conectado.

En una época de fronteras y de soberanismos de corto aliento, Borges abre de par en par el mundo y lo revela en sus relaciones. En El Aleph, una esfera cambiante de apenas unos centímetros contiene el espacio cósmico: «Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo»[12]. O en Otro poema de los dones, donde Borges escribe: «Gracias quiero dar al divino / laberinto de los efectos y de las causas / por la diversidad de las criaturas / que forman este singular universo», y continúa con una enumeración que abarca a Helena de Troya, Ángel Silesio, el pan, la sal, la rosa, Sócrates, la espada y el arpa de los sajones, el lenguaje y la música, las palabras de Jesús en la cruz, Whitman y san Francisco, y mucho más.

En el relato El Congreso, Borges imagina a un hombre, don Alejandro, que funda un Parlamento Mundial y que, en la persecución de ese proyecto, pierde la razón y toda su fortuna, hasta afirmar, en una última noche de lúcida locura: «El Congreso del Mundo comenzó con el primer instante del mundo y proseguirá cuando seamos polvo. No hay un lugar en que no esté. El Congreso es los libros que hemos quemado. El Congreso es los caledonios que derrotaron a las legiones de los Césares. El Congreso es Job en el muladar y Cristo en la cruz. El Congreso es aquel muchacho inútil que malgasta mi hacienda con las rameras»[13]. Para Fernando Savater, este relato, escrito en 1971 después de una gestación de más de una década e incorporado posteriormente a El libro de arena (1975), representa la culminación de «un sereno y estoico humanismo cósmico, algo semejante a un panteísmo humanista»[14].

La riqueza de los símbolos borgianos

El nombre de Borges está estrechamente ligado a ciertos símbolos que aparecen reiteradamente en la obra del escritor: el laberinto y el espejo, la biblioteca y la enciclopedia. La biblioteca como espacio-Aleph, que coincide con el mundo y es el mundo. La enciclopedia, constituida por miles de ladrillos, como una muralla, que se encuentra «más acá y más allá del libro: por su carácter exhaustivo, su alcance, su capacidad de inclusión y de expansión, podría ser el Libro de los Libros»[15]. Ambas comparten una idea de tesoro, de acumulación y de conservación, y las dos aspiran a la totalidad y a la universalidad, ofreciendo refugio y puntos de referencia.

Al mismo tiempo, de emblemas de orden y catalogación, se transforman en posibles fuentes de caos cuando, desde su interior, producen variantes y aberraciones que amenazan la estabilidad del mundo real. En el caso de la biblioteca, conviene recordar los relatos La biblioteca total (1939) y La biblioteca de Babel (1941). En este último, la biblioteca es también laberinto, espacio de acoplamiento, de cópula y reproducción del sentido, que contiene el Todo. En cuanto a la enciclopedia como lugar de perturbación, vale la pena recordar el relato Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Uqbar es un mundo imaginado, del que apenas queda rastro en una nota de una edición perdida de una enciclopedia. Aun siendo pura invención, con vértigo metafísico pone en peligro la estabilidad del mundo porque amenaza con invadirlo mediante objetos, los hrönir, que pertenecen a ambas dimensiones[16]. Alan Pauls escribe con agudeza: «Borges ha borrado la inocencia de las bibliotecas y de las enciclopedias»[17].

El tiempo ocupa constantemente el centro de su reflexión, al igual que sus paradojas y las meditaciones sobre la memoria y la inmortalidad. Schopenhauer es el filósofo de referencia a este respecto, y en el ensayo Nueva refutación del tiempo Borges escribe: «El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego».

Borges logra crear algunos de los mitos dominantes entre lectores y escritores de la segunda mitad del siglo XX: la esfera en un sótano de Buenos Aires que contiene el universo (El Aleph); la lotería que se expande hasta gobernar todos los azares de la existencia humana (La lotería en Babilonia); el mago que crea en sueños a un personaje y descubre que él mismo ha sido siempre soñado por otro (Las ruinas circulares)[18]. A estos podemos añadir el hombre de memoria prodigiosa, reducido a una marioneta por el peso insoportable del don recibido (Funes el memorioso); el hombre inmortal que, con el paso del tiempo, ha perdido el recuerdo de quién fue, pese a haber sido el poeta en los orígenes de la literatura occidental (El inmortal); la escritura de Dios inscrita en el pelaje de un tigre (La escritura del Dios); y los laberintos de piedra, de aire y de arena, concebidos como enigmas, así como los laberintos de palabras y de bifurcaciones temporales (El jardín de senderos que se bifurcanLa casa de AsteriónAbenjacán el Bojarí, muerto en su laberintoLos dos reyes y los dos laberintos).

El papel del lector

El lector que se acerca a las obras de Borges se siente implicado, valorado, elevado. «Su mejor arte se fundamenta en el hecho de que lee de manera insólita y descentrada a aquellos autores sobre los que estamos acostumbrados a discursos ya definitivamente establecidos […]. Borges es, ante todo, un incomparable estímulo del instinto literario, razón por la cual sus notas despiertan invariablemente el apetito de leer»[19]. Domenico Porzio, quizá el más fino conocedor de Borges en Italia, escribe: «La página de Borges se recibe como una experiencia siempre inconclusa e inagotable porque puede repetirse de nuevo: cada página acontece por primera vez en cada relectura; ha sido escrita para el descubrimiento, para el olvido y para el redescubrimiento»[20].

La magia de Borges es tal que sus relatos, densísimos, escapan a la fácil memorización de las tramas; sin embargo, permanece el recuerdo de la emoción que suscitan: sueños dentro de sueños, memorias de memorias, arquetipos, vértigos temporales. Los relatos actúan en el momento en que son leídos y, por ello, requieren la presencia del lector. Con cierta coquetería, pero también con un profundo sentido de la verdad, Borges se definió siempre como lector antes que como escritor. En el poema Un lector escribió este verso: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; / a mí me enorgullecen las que he leído». Toda lectura es un acontecimiento único y puntual, en el que entran en juego coordenadas y variables particulares. Borges nos enseñó el valor de ser lectores, el derecho a realizar elecciones, incluso desde una mirada parcial y arbitraria, y a disfrutar de aquello que es pequeño y descuidado. Para él, el placer de la lectura podía tener dos rostros: el de la evasión de la realidad o el del descubrimiento de un mundo en el que podemos ser más nosotros mismos que en el mundo real. Es la lectura la que «fabrica» el libro, la que lo constituye en su presente y multiplica sus reencarnaciones a través de las relecturas, las ediciones, las traducciones y las revisiones que se suceden en el tiempo; y, al mismo tiempo, lo mantiene único, como arquetipo.

Borges saborea los detalles, los valoriza, los convierte en pretexto para la escritura e invierte las escalas de valores: lee lo grande a partir de lo pequeño. Lo inferior, lo descentrado, lo marginal adquiere valor[21]. Sus relatos son con frecuencia historias transmitidas por otros, que han pasado de mano en mano; son comentarios de textos anteriores, reescrituras e invenciones de la realidad. Los descubrimientos son redescubrimientos, porque las primeras veces son en realidad segundas veces: un hecho relee el pasado y hace visible lo invisible. Borges no pretende ser original; por el contrario, convierte esa renuncia casi en una marca de estilo, sugiriendo que el original es siempre otro texto, anterior al suyo. Como ocurre en el relato La busca de Averroes —o, más precisamente, en El acercamiento a Almotásim—, el comentario crea el libro que presupone. Se produce así una inversión de los términos: primero existe la crítica y luego el libro. Es la culminación del vértigo borgiano: antes y después, causa y efecto, primario y secundario, original y derivado; todo aquello que descansa sobre el sentido común aparece invertido.

Esta intuición ha inspirado gran parte de la literatura posmoderna: la voz narrativa en los relatos de Borges no crea por sí misma, sino que recibe y trabaja con lo que ya existe[22]. Escribir, para Borges, consiste en «cambiar las cosas de lugar, cortar y pegar, extrapolar y practicar injertos, quitar y recolocar, expatriar y arraigar, separar e insertar»[23]. Hacer ficción es «extraer un material ya existente de su contexto e insertarlo en un contexto nuevo»[24].

En el continuo trabajo sobre sus textos, que Savater describió acertadamente como el «manuscrito permanente que fue su obra», Borges modifica, elimina, condena al olvido, añade prólogos, epílogos y notas marginales.

La lengua limpísima y esencial

Muchos coinciden en que Borges transformó profundamente el español, llevándolo a un renovado grado de esencialidad y sencillez. En 1984, Italo Calvino escribió sobre él: «Consigue condensar en textos de muy pocas páginas una extraordinaria riqueza de sugerencias poéticas y de pensamiento: hechos narrados o apenas insinuados, aperturas vertiginosas hacia el infinito e ideas, ideas, ideas. Cómo esta densidad se realiza sin la menor congestión, en una prosa de la mayor claridad, sobriedad y ligereza; cómo una narración sintética y de escorzo conduce a un lenguaje hecho enteramente de precisión y concreción, cuya inventiva se manifiesta en la variedad de los ritmos, los giros sintácticos y los adjetivos siempre inesperados y sorprendentes: este es el milagro estilístico, sin igual en la lengua española, cuyo secreto solo Borges posee»[25]. La brevedad y la densidad de sus páginas son extraordinarias.

Savater escribe: «Feliz, maravillosa vivacidad la de Borges, que nunca lo abandonó, en mayor o menor medida, a lo largo de más de sesenta años de práctica literaria. No hay escritor con menos líneas inertes que él; probablemente por eso jamás se resignó a los géneros que las requieren, como la novela y el tratado»[26]. Es la fuerza de las palabras la que se revela en los textos poéticos de Borges, con una serena transparencia. Domenico Porzio comenta: «Es indudable que Borges es un escritor cuyas palabras, en un grado altísimo y simultáneo de precisión y alusión, poseen un vasto campo de resonancia: ellas son las verdaderas protagonistas de sus páginas, arrastradas por densas metáforas, audaces oxímoros y sorprendentes hipálages»[27].

Su español, un milagro de equilibrio y mesura, se enriquece con los aportes lingüísticos que le permitía su cultura políglota: giros propios del inglés, la peculiar estructura del alemán que sitúa el verbo al final de la oración e incluso el conocimiento de las metáforas de las lenguas escandinavas, las kenningar[28]. Ese equilibrio, o pudor, constituye para Pauls una política lingüística y una estrategia literaria. Frente a todo lo enfático, grandilocuente, barroco o retórico, los escritos de Borges se vuelven con el paso de los años cada vez más sencillos, casi austeros: simplifica, elimina, aligera. No todo debe comunicarse de manera explícita; es posible sugerir, dar a entender. De ahí el pudor borgeano, que nace en el ámbito familiar y que, trasladado a las letras, florece en la magia y en la búsqueda de una sobria clasicidad. Escribir con pudor significa confiar en aquello que se dice con pocas palabras, para que la otra parte —la invisible, la no dicha— pueda revelarse por sí misma; y significa también confiar en el lector. Borges crea al lector de sus propias obras.

La relación con lo divino: escéptico y fascinado por la humanidad de Jesús

Fundamentalmente agnóstico y, por momentos, ateo, Borges escribe en su Esbozo de autobiografía que su madre era una ferviente católica (por entonces ella aún vivía), y precisa que, durante su juventud, la religión pertenecía solo a las mujeres y a los niños, mientras que la mayoría de los hombres en Buenos Aires se definían como librepensadores, aunque en sociedad, ante una pregunta directa, probablemente se habrían declarado católicos. Y Borges siguió siendo un librepensador hasta el final de su vida: suavemente escéptico, eclécticamente ecuménico.

Borges nunca propuso un sistema filosófico o conceptual de referencia. Más que un pensador filosófico, supo utilizar ciertas ideas como pretexto para la escritura. Toma una idea filosófica y la transforma en una ocasión narrativa. Ajeno a cualquier forma de análisis psicológico, lo que interesa a Borges es la sucesión de los hechos y las acciones, el drama —a veces apenas velado por la ironía— que suscitan o plantean algunas de las grandes cuestiones humanas.

Aunque afirmara no poseer una concepción estética, sus páginas suscitan una reflexión en ese sentido, tanto en las de poesía como en las de prosa. Los temas presentes en ambos tipos de textos son, de hecho, análogos: «La relatividad de las dimensiones espacio-tiempo, la concepción cíclica de la historia universal, las posibilidades estéticas que ofrecen las diversas filosofías y teologías, la dialéctica de los opuestos, el misterio del ser, la representación del universo… la autobiografía como parte esencial de la obra»[29]. Esto determina, por un lado, una condición de ambigüedad constante, que coincide con el sentido de distanciamiento y de ironía que el escritor comunicó en repetidas ocasiones.

Para Borges todo es relativo; toda filosofía es poco fiable: «He leído mucha teología protestante, budismo y a Spinoza. Pero no soy religioso, ni budista, ni spinozista. He utilizado a Berkeley y a Schopenhauer por sus posibilidades literarias, no porque creyera en sus doctrinas. Mis relatos no son fábulas para convencer a nadie». El sistema de Borges es más bien un sistema de negaciones: niega los sistemas filosóficos, niega la ciencia, niega las matemáticas; se muestra irónico ante la historia, que está escrita por los vencedores, del mismo modo que niega la historia de la literatura entendida como historia de individualidades. La literatura, tan arbitraria como lúdica, se justifica únicamente por su valor artístico[30].

«La obra de Borges está inundada de metafísica»[31]. El ideal de lo heroico evoca a Homero, Virgilio, las sagas nórdicas y las humildes e ingenuas milongas que recuerda con emoción. Una galería de filósofos da título a sus poemas: Heráclito, Basílides, Agustín de Hipona, Averroes, Baruch Spinoza y Blaise Pascal. En sus poemas y prosas comentó y glosó a los Evangelistas, la Biblia, el Corán, Buda, Dante Alighieri y Emanuel Swedenborg[32]. En la trama de estas referencias puede surgir la pregunta de cuánto de estas cultas alusiones es solo una parodia de la metafísica.

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Sobre él, el padre Castelli escribía en las páginas de esta revista en 1971: «En él la metafísica parece haberse vuelto loca y se impulsa despiadadamente hacia posiciones contradictorias, ambiguas y alucinadas»[33]. Aunque crítico con su pensamiento, el jesuita reconoce, sin embargo, que el escritor está «constantemente orientado a la búsqueda del sentido de la vida, de la muerte, del dolor, del destino, del absoluto y de la personalidad. Es cierto que su búsqueda excluye el método y el sistema, pero es rica en intuiciones y desarrollos; sobre todo, es capaz de introducirnos en el corazón de los grandes problemas existenciales y universales. El centro de esta búsqueda es el ser humano, con toda su carga de grandeza y miseria»[34].

Borges es, por tanto, «un estudioso de la naturaleza de Dios y, sin embargo, un negador de Dios»[35], que quizá encuentra en las afirmaciones de la teología negativa de Juan Escoto Erígena y de Maestro Eckhart, a quienes nunca cita explícitamente, la posibilidad de atribuir a la «nada» de Dios —entendida como la imposibilidad de atribuirle cualquier predicado— el fundamento creador de la creatio ex nihilo. Borges rechaza la religión entendida como un tesoro o un sistema organizado de enseñanzas. Las consecuencias de su escepticismo lo llevan a afirmar la impersonalidad de la producción literaria o artística, de modo que la literatura sería obra de un Espíritu impersonal y atemporal (véase, por ejemplo, el relato El sueño de Coleridge) que se encarna en una persona para encontrar una voz.

De manera análoga, la personalidad se diluye, porque un hombre es todos los hombres; existe un solo hombre que se despliega a través del tiempo, y aquello que una persona vive ya ha sido vivido antes por otros (véanse, por ejemplo, los relatos Biografía de Tadeo Isidoro CruzLos teólogosHistoria del guerrero y de la cautiva y La forma de la espada). Son numerosos los pasajes en los que el tema del sueño aparece para afirmar la inconsistencia de la vida. Castelli extrae sus conclusiones de forma tajante: «Desde esta perspectiva, ya lo hemos intuido, los valores éticos pierden todo significado, la historia y la revelación se disuelven en el mito, los hechos y las personas se desvanecen como sombras. […] Sin embargo, la conmoción y el espanto de su alma prevalecen sobre el estoicismo»[36].

«Lúcida desesperación, espíritu atormentado, en busca de paz, amistad y amor», escribe Castelli. «El inexistente Dios es una tortura constante, una brasa, un aguijón, una molestia y un imán en todas sus páginas»[37], escribe Domenico Porzio. Permanece, sin embargo, la fascinación por la persona de Jesús. Escribe el cardenal Gianfranco Ravasi: «En la base de la cristología borgeana se encuentra indudablemente la humanidad de Jesús de Nazaret, que nace y muere, aun proclamándose Hijo de Dios y atribuyéndose así una cualidad trascendente. El escritor no ignora esta interrelación entre lo divino y lo humano, entre lo absoluto y lo contingente, entre la eternidad y el tiempo, entre lo infinito y el límite; y, aunque se sitúa en el plano de la humanidad, no duda en interpretar la conciencia de Cristo en un poema de extraordinaria fuerza, como lo es la matriz evangélica original que lo inspira»[38]. La referencia es al poema Juan 1,14, en la versión incluida en Elogio de la sombra, que muchos consideran la página de mayor sintonía con la figura de Jesús.

[…] Conocí la vigilia, el sueño, los sueños,

la ignorancia, la carne,

los torpes laberintos de la razón,

la amistad de los hombres,

la misteriosa devoción de los perros.

Fui amado, comprendido, alabado y pendí de una cruz.

Bebí la copa hasta las heces.

Vi por Mis ojos lo que nunca había visto:

la noche y sus estrellas.

Conocí lo pulido, lo arenoso, lo desparejo, lo áspero,

el sabor de la miel y de la manzana,

el agua en la garganta de la sed,

el peso de un metal en la palma,

la voz humana, el rumor de unos pasos sobre la hierba,

el olor de la lluvia en Galilea,

el alto grito de los pájaros.

Conocí también la amargura.

[…] A veces pienso con nostalgia

en el olor de esa carpintería.

***

Leer a Borges significa sumergirse en un prisma de palabras e imágenes: la poesía, el ensayo, la prosa de ficción, los relatos breves, las múltiples colaboraciones con su queridísimo amigo Adolfo Bioy Casares, los artículos literarios. Son múltiples las líneas de reflexión que su obra puede alimentar. Moverse dentro de la producción borgeana es intentar avanzar por un laberinto, símbolo que el propio escritor argentino consagró como una de las grandes metáforas del tiempo y de la condición humana. Como el laberinto del relato El jardín de senderos que se bifurcan, no se trata de un lugar en el que perderse, sino más bien de un espacio-tiempo en el que es posible explorar las posibilidades que subsisten en el presente y que se ofrecen tanto al lector como a quien busque en la obra de Borges un camino de investigación.

  1. J. L. Borges, Autobiografía (1899-1970), Buenos Aires, El Ateneo, 1999. 
  2. D. Porzio, Introduzione, en J. L. Borges, Tutte le opere, Milán, Mondadori, 1991, LXVI (56). 
  3. F. Castelli, «Jorge Luis Borges funambolo di gran classe», en Civ. Catt. 1971 IV 425-437. 
  4. Cf. A. Pauls, Il fattore Borges, Roma, Sur, 2016, 65. 
  5. Cf. ibid., 59 s. 
  6. J. L. Borges, Autobiografía (1899-1970), op. cit. 
  7. Ibid. Con cierta ironía Borges añade que dos de sus antecesores también fueron ciegos, José Mármol y Paul Groussac. 
  8. El hacedor (1960); El otro, el mismo (1964); Para las seis cuerdas (1965); Elogio de la sombra (1969); El oro de los tigres (1972); La rosa profunda (1975); La moneda de hierro (1976); Historia de la noche (1977); La cifra (1981); Los conjurados (1985). 
  9. J. L. Borges, Autobiografía (1899-1970), op. cit. 
  10. Es muy interesante el testimonio del escritor Alberto Manguel, quien, cuando tenía dieciséis años, fue durante cuatro años —de 1964 a 1968— uno de los que leían para Borges. Véase A. Manguel, Con Borges, Alianza, 2004. 
  11. En cuanto a la vida sentimental de Borges, un hombre reservado y muy unido a su madre, resulta muy interesante el testimonio de Estela Canto, la joven de quien Borges se enamoró en la segunda mitad de la década de los cuarenta y a quien le dedicó el cuento «El Aleph». Véase E. Canto, Borges a contraluz, Espasa, 1993. 
  12. J. L. Borges, El Aleph, Debolsillo, 2011. 
  13. Id., «El Congreso» en El libro de arena, Emecé, 1975. 
  14. F. Savater, Borges, Roma – Bari, Laterza, 2003, 92. 
  15. A. Pauls, Il fattore Borges, cit., 95. 
  16. Cf. ibid., 91-106. 
  17. Ibid., 106. 
  18. Cf. F. Savater, Borges, cit., 58. 
  19. Ibid., 64. 
  20. D. Porzio, Introduzione, en J. L. Borges, Tutte le opere, vol. 1, cit., XXXVII. 
  21. Cf. A. Pauls, Il fattore Borges, cit., 73-83. 
  22. Cf. ibid., 118. 
  23. Ibid., 125. 
  24. Ibid., 117. 
  25. I. Calvino, Jorge Luis Borges, en Saggi, vol. 1, Milán, Mondadori, 1995, 1294. 
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