Por: Oscar Martín, Sj.
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Antonio Gramsci es un filósofo al que no debemos perder de vista. Al reflexionar sobre la realidad que le tocó vivir señala algo bien importante para entender nuestra sociedad actual: que el poder no se sostiene solo con policías, ejército, leyes o plata.
Se sostiene también con ideas, imágenes, palabras y la construcción de sentidos comunes. Los sistemas políticos injustos duran mucho no solo porque reprimen, sino también porque logran instalarse adentro mismo de las personas y, sobre todo, de aquellas que justamente son más reprimidos. Gramsci llamó a esto hegemonía: la capacidad de un grupo social de presentar su manera de ver el mundo como si fuera natural, universal, obvia. De ese modo, intereses particulares del grupo aparecen como si fueran los intereses de todos; privilegios heredados de unos pocos se presentan como mérito. Así, lo que son claras injusticias se leen como fracasos individuales.
En ese proceso, los medios de comunicación cumplen un papel clave. Estos no nos dicen de forma grosera qué pensar, pero sí sobre qué pensar, qué admirar, qué olvidar, qué nombres asociar al orgullo y cuáles al silencio. Los medios señalan qué es lo importante, fijan agendas, construyen imaginarios. Y así van modelando lentamente la percepción colectiva. Por eso para Gramsci la cultura es un verdadero terreno de lucha: quien domina el relato, domina también la sensibilidad moral de una sociedad.
Desde ahí, quiero señalar que duele escuchar en la propaganda futbolera expresiones como “la furia guaraní”, “la garra guaraní” o, en el caso de Uruguay, “la selección charrúa”. No lo digo, ni mucho menos, para restar el atractivo del fútbol o pasión por la selección paraguaya, sino por señalar la brutal contradicción que esas expresiones encubren. Los charrúas fueron aniquilados, mientras en Paraguay los guaraníes y otros pueblos originarios malviven entre despojos, expulsiones de sus tierras, racismo y abandono. Se invoca su nombre para vender coraje, identidad y orgullo nacional; pero, en realidad, con mucha frecuencia, se desprecia a quienes hoy llevan esos nombres en su rostro, en la lengua, en la memoria y en la lucha por sobrevivir.
Ahí opera precisamente la hegemonía gramsciana. El sistema toma un símbolo indígena, lo vacía de su dolor histórico, lo vuelve marca deportiva y lo convierte en emblema emocional del nacionalismo futbolero. El indígena real, concreto, vivo, desaparece de escena. Queda el guaraní mítico, decorativo, útil para la publicidad; se borra al guaraní empobrecido, desalojado de su territorio, discriminado, que sobrevive en las plazas, en las esquinas, en las periferias urbanas o en comunidades cercadas por el agronegocio. Es decir: se encumbra al indígena imaginario y se margina al indígena existente.
Eso no es inocente porque produce una pedagogía social que va enseñando, día tras día, una forma de mirar. Nos acostumbra a admirar una palabra mientras ignoramos a las personas que esa palabra nombra. Nos enseña a sentir orgullo de “lo guaraní” en la camiseta, pero rechazo ante los indígenas que están en esquinas y semáforos o reclaman tierra, salud o sus derechos. Nos educa sentimentalmente para separar el símbolo de la vida. Y esa separación es una forma refinada de racismo.
Podríamos decir que estas expresiones son metáforas del deporte, tradiciones del lenguaje futbolero; pero justamente ahí está el problema. Cuando una sociedad puede usar con tanta ligereza nombres nacidos del genocidio, de la expulsión y de la humillación, es porque, en algún sentido, ha terminado normalizando esa realidad. Y es que el lenguaje no solo refleja el mundo: también lo modela, lo organiza. Por eso, cuando glorifica lo indígena en abstracto mientras convive sin escándalo con la injusticia concreta que padecen los pueblos indígenas, ya no estamos ante una simple costumbre, sino ante una forma de ceguera moral.
Finalmente, la pregunta es sencilla, pero inevitable: ¿de qué “garra guaraní” hablamos? ¿De la que se exalta en la propaganda mundialista o de la que resiste cada día al hambre, al despojo y al desprecio? Porque si el Paraguay se emociona con ese nombre, pero continúa abandonando a sus pueblos originarios, entonces esa propaganda termina revelando una incoherencia demasiado profunda para seguir pasándola por alto.