lunes 29 de junio de 2026 - Edición Nº2763

Derechos Humanos | 29 jun 2026

Nueva Arquitectura del Poder.

Del Cóndor al Consentimiento: la nueva arquitectura del poder en América Latina

09:15 |«Toda época imagina haber superado las formas de dominación del pasado. La historia demuestra, sin embargo, que el poder rara vez desaparece: simplemente aprende a transformarse».


Por: Yngrid Armas. Fuente: Agencia Pressenza

(Imagen de Crónica Viva)

«Toda época imagina haber superado las formas de dominación del pasado. La historia demuestra, sin embargo, que el poder rara vez desaparece: simplemente aprende a transformarse».

Por: Yngrid Armas*

Hace cincuenta años, el miedo tenía uniforme, fusil y centros clandestinos de detención. La represión era visible. Los cuerpos desaparecían, las voces eran silenciadas y el terror se convirtió en una política de Estado. La Operación Cóndor simbolizó la coordinación de un poder que no ocultaba su rostro: perseguía, torturaba y eliminaba a quienes consideraba enemigos políticos. El miedo era el instrumento; el silencio, el resultado.

Hoy, medio siglo después, el vuelo del Cóndor parece haber cambiado de dirección. Ya no necesita sobrevolar el continente con la misma violencia para ejercer influencia. El poder ha aprendido una lección más sofisticada: las sociedades pueden ser conducidas hacia la renuncia gradual de sus libertades sin recurrir necesariamente a la represión masiva. Basta con que el miedo cambie de objeto y que la seguridad se convierta en el argumento capaz de justificar aquello que antes habría resultado inaceptable.

El ciudadano deja entonces de ser únicamente víctima del poder para convertirse, muchas veces sin advertirlo, en su principal legitimador. El control ya no siempre se impone; con frecuencia se solicita. La vigilancia deja de percibirse como una amenaza y comienza a entenderse como protección. La excepción deja de ser extraordinaria para convertirse, lentamente, en una forma habitual de gobierno.

La historia demuestra que las formas de dominación evolucionan. Si la Operación Cóndor representó la coordinación represiva de las dictaduras latinoamericanas del siglo XX, el siglo XXI plantea una pregunta más inquietante: ¿es posible que los mecanismos de control hayan mutado hasta hacerse menos visibles y, precisamente por ello, más eficaces? ¿Es posible que el autoritarismo contemporáneo ya no necesite imponerse mediante el terror, sino que encuentre en el consentimiento ciudadano su forma más refinada de legitimación?

El tránsito resulta paradójico. Antes se gobernaba mediante el miedo a la fuerza; hoy, con frecuencia, el miedo al delito, al terrorismo, a la crisis económica, a la migración, a la desinformación o a la polarización política conduce a una parte de la ciudadanía a aceptar restricciones crecientes de derechos fundamentales en nombre de la seguridad y del orden. El control deja de imponerse únicamente desde el Estado y comienza a ser reclamado por quienes, en teoría, deberían ser sus principales destinatarios de protección: los propios ciudadanos.

En este escenario, las advertencias de la literatura dejaron de parecer simples ficciones para convertirse en inquietantes espejos de nuestro tiempo. 1984, de George Orwell, imaginó una sociedad vigilada hasta en sus pensamientos; Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, mostró un mundo donde los libros desaparecen no solo porque son prohibidos, sino porque la sociedad deja de desear el pensamiento crítico; Un mundo feliz, de Aldous Huxley, anticipó una civilización que entrega voluntariamente su libertad a cambio de comodidad, estabilidad y entretenimiento. Tres novelas, tres advertencias y una misma pregunta que hoy resuena con mayor fuerza que nunca: ¿qué ocurre cuando el control deja de sentirse como opresión y comienza a experimentarse como una necesidad?

Quizá la forma más perfecta de dominación no sea aquella que obliga al ciudadano a obedecer, sino aquella que consigue que sea el propio ciudadano quien reclame las cadenas creyendo que constituyen la única garantía de su seguridad.

Estas lineas no pretenden sostener que América Latina revive una Operación Cóndor idéntica a la del siglo pasado. Sería una simplificación histórica. Lo que prpongo es una reflexión distinta: si las formas del poder han evolucionado, también debemos preguntarnos si las formas del autoritarismo han aprendido a ocultarse detrás de instituciones democráticas, discursos de seguridad, estados de excepción, tecnologías de vigilancia y consensos sociales construidos desde el miedo. Porque la amenaza para las democracias ya no reside únicamente en la fuerza con la que el poder puede imponerse, sino en la facilidad con la que una sociedad puede llegar a aceptar, e incluso a reclamar, la renuncia progresiva de las libertades que alguna vez conquistó.

«El poder más peligroso no es el que impone obediencia, sino el que logra que la libertad parezca prescindible.»

(*) Analista, Abogada y Conciliadora.

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