Por: Redacción Central.
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Alejandro Domínguez, Santiago Peña y Robert Harrison.
Paraguay está totalmente paralizado. La victoria de la albirroja contra Alemania no solo oficia como una suerte de unidad nacional, sino que trae aparejado todo un halo de heroísmo de un pueblo guerrero contra un todopoderoso.
"Que se escuche el sapukái", como reza el estribillo del tema de Tierra Adentro, uno de los himnos de la selección, se escuchó en Boston y también en Asunción, donde miles de personas salieron a la calle a festejar un triunfo épico que pocos auguraban tras el fallido debut ante Estados Unidos.
La calle Palma es una fiesta. Los autos desfilaban en procesión desde todas las direcciones, a bocinazos limpios, acompañados de gritos: el sonido de la euforia, una catarsis colectiva, un premio merecido para el equipo de Gustavo Gómez y para todos los paraguayos.
Pareciera que el estilo poético de Gustavo Alfaro tiñe toda la narrativa de un mundial que se presenta como épico para un pueblo que esperó 16 años para volver al evento deportivo más importante del mundo.
El paraguayo es un pueblo futbolero que vive con pasión y tensión cada partido de la selección pero que recuperó la confianza perdida por los fracasos anteriores. Esto es, sin lugar a dudas, una medalla para el presidente de la Asociación Paraguaya de Fútbol (APF), Robert Harrison, y el jefe de la Conmebol, Alejandro Domínguez.
Santiago Peña mantiene un acercamiento continuo con ambos a quien considera empresarios exitosos y con llegada a la gente gracias a la popularidad del fútbol. Esto no pasa inadvertido para el oficialismo, que está a la búsqueda de outsiders con posicionamiento mediático sostenido de cara a potenciales candidaturas electorales.
La estrategia de tentar a empresarios reconocidos y con resto económico para financiar campañas electorales es una vía que también analiza el abdismo, interesado en perfiles que no solo arrastren el favor de los colorados, sino también el voto jóven y el de aquellos que suelen quedarse en sus casas a la hora de una elección.
Lo cierto es que tanto Harrison como Domínguez se abrazan a la idea de "renacer albirrojo" que incluye los campeonatos en torneos juveniles, la clasificación a los Juegos Olímpicos de 2024, la clasificación al mundial y ahora este presente exitoso.
Peña no es ajeno a esta situación y volvió a decretar un feriado que busca conectar con el sentir popular de los paraguayos para potenciar su imagen. Y lo hizo a costa de los empresarios, que le achacan tanto feriado discrecional: el presidente decretó tres que puede decidir a voluntad. Ya se fueron dos, le queda uno que podría darse esta semana.
Los paraguayos salieron a las calles a celebrar esta victoria que en la previa era imposible y se preparan para una nueva utopía, probablemente, contra el superpoderoso Francia. La gente va a pie hasta el microcentro porque ni siquiera las motos pueden llegar. El tráfico, de por sí caótico, está colapsado. La fiesta es total.
El gobierno juega su relanzamiento bajo el fervor de los paraguayos que celebran gestas deportivas. Una receta conocida y, generalmente, efectiva. Peña no volvió a EEUU después del primer partido porque entendió que no es necesario estar en primer plano para subirse a una ola que todos quieren surfear.