Por: Claudia Aranda. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Claudia Aranda)
Mientras la OTAN presenta la «amenaza rusa» como el fundamento estratégico del rearme Alemán y su preparación para una eventual guerra, la verdadera transformación ocurre en otro plano: una narrativa de guerra futura que impulsa el mayor ciclo de militarización occidental desde la Guerra Fría y redefine las prioridades políticas, económicas e industriales de Europa.
Alemania acelera su proceso de rearme con el objetivo declarado de estar preparada para un eventual conflicto de alta intensidad hacia el final de la década. Aunque distintas autoridades militares alemanas han situado ese horizonte entre 2027 y 2029, la planificación responde a la evaluación estratégica de la OTAN, que sostiene que Rusia podría recuperar para entonces capacidades suficientes para amenazar a uno o más Estados miembros de la Alianza.
Uno de los pilares de esta estrategia es el corredor de Suwałki, una estrecha franja de aproximadamente 65 kilómetros entre Polonia y Lituania que separa el enclave ruso de Kaliningrado de Bielorrusia. Si ese corredor quedara bajo control ruso, los tres Estados bálticos podrían quedar aislados por tierra del resto de la OTAN. Esa es la razón por la cual Alemania desplegará una brigada permanente en Lituania, el mayor estacionamiento de tropas alemanas en el extranjero desde la Segunda Guerra Mundial.
Sin embargo, la verdadera pregunta no es si Alemania se prepara para una guerra, sino sobre qué premisa política se construye esa preparación.
Mi análisis es que la hipótesis de un ataque ruso contra la OTAN funciona hoy, sobre todo, como el principal soporte discursivo de la mayor carrera armamentística occidental desde el fin de la Guerra Fría. No afirmo que una guerra sea imposible per se, sino que el escenario de una confrontación futura se ha convertido en el argumento político que permite justificar un incremento sin precedentes del gasto militar, la expansión de la industria de defensa y la aprobación de programas multimillonarios de adquisición de armamento que se extenderán hasta finales de esta década, y que este es el quid principal de todo.
Hasta la fecha, no existe evidencia pública de que Rusia haya anunciado un plan para invadir un país de la OTAN. Lo que existe es una evaluación estratégica elaborada por la propia Alianza, que proyecta un posible escenario de amenaza para los próximos años. Esa diferencia no es menor. Una evaluación de riesgo no constituye una prueba de intención, pero sí puede transformarse en un poderoso instrumento para orientar decisiones políticas, económicas y militares.
Desde esta perspectiva, la narrativa de una amenaza inminente cumple una doble función. En el plano estratégico, fortalece la cohesión interna de la OTAN y acelera el proceso de rearme europeo. En el plano económico, garantiza durante años una demanda extraordinaria para el complejo industrial-militar occidental, uno de los sectores que más recursos públicos movilizará hacia el final de la década.
Rusia, por su parte, sostiene exactamente la tesis inversa: que es la expansión militar de la OTAN hacia sus fronteras la que alimenta la escalada y aumenta el riesgo de un enfrentamiento, y de esto sí hay sólidas y obvias evidencias. Como ocurre con frecuencia en geopolítica, ambas partes construyen su legitimidad sobre la base de amenazas atribuidas al otro.
En mi opinión lo relevante no es únicamente el rearme alemán. La noticia es que Europa está reorganizando toda su arquitectura política, económica e industrial alrededor de un escenario de guerra futura cuya probabilidad sigue siendo objeto de disputa. Y cuando una hipótesis estratégica comienza a mover cientos de miles de millones de euros, modificar doctrinas militares, transformar economías nacionales y reconfigurar alianzas internacionales, deja de ser solamente una previsión militar para convertirse en un hecho político de primer orden. Ese es el fenómeno que merece ser observado con mayor atención.