Por: Dr. José Ariel Rementería – Universidad de Santiago de Chile
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(Imagen de Another-Blog-Another-Company)
El Mundial de Fútbol 2026 se anuncia como el más lucrativo de la historia: tres países sede, shows de medio tiempo dignos de Super Bowl, transmisiones multiplataforma y una escalabilidad del producto que haría sonrojar a cualquier MBA. Pero detrás de la fiesta global, late una pregunta incómoda: ¿es esto todavía deporte o es simplemente la última gran franquicia del entretenimiento?
Byung-Chul Han, filósofo coreano afincado en Alemania, nos recuerda que vivimos el fin de las narrativas. Ya no hay relatos que cohesionen la experiencia colectiva; lo que queda son fragmentos, microhistorias, opiniones dispersas en redes sociales. El Mundial encarna esa mutación: antes era epopeya nacional, hoy es trending topic. El gol de un delantero dura menos que el meme que lo parodia.
El fútbol solía ser narración épica: Maradona contra Inglaterra en el 86, Zidane en el 98, Iniesta en el 2010. Hoy, el Mundial es un feed infinito. La jugada se diluye entre hashtags, reacciones en Twitch y debates en TikTok. El relato se fragmenta en miles de pantallas, cada una con su propia versión. Han diría que el Mundial ya no cuenta historias, sino que produce eventos efímeros. La narrativa se sustituye por la lógica del consumo inmediato: hidratarse, comprar merchandising, comentar en vivo. El partido es apenas un pretexto para la circulación de datos y emociones.
Tres países sede (EE.UU., México y Canadá) no son casualidad. Es un gesto de integración norteamericana en tiempos de tensiones migratorias y comerciales. El Mundial se convierte en soft power, un espectáculo que disimula fracturas políticas bajo la bandera del entretenimiento. Pero aquí la ironía: mientras los gobiernos buscan legitimidad, la FIFA ofrece un relato alternativo de unidad y fiesta. El Mundial es más creíble que cualquier discurso presidencial. Han lo llamaría la crisis de la narración política: el fútbol reemplaza al parlamento como escenario de adhesión simbólica.
La escalabilidad es el nuevo mantra. El Mundial ya no se limita a 90 minutos:
Han advertiría que esta proliferación no construye relato, sino que lo disuelve. La escalabilidad es la inflación de lo mismo: más productos, más pantallas, más consumo, pero menos sentido.
Imaginemos el Mundial 2030:
Pero lo que no habrá es relato épico. El gol será un dato, la emoción un emoji, la memoria un archivo en la nube. El Mundial será la gran feria global del entretenimiento, un Disneylandia con balones.
El Mundial 2026 confirma la tesis de Han: el fin de las narrativas. El fútbol ya no cuenta historias, sino que produce flujos de consumo. Es cercano y distante a la vez: cercano porque invade nuestras pantallas, distante porque ya no nos pertenece como relato común.
El futuro del Mundial es claro: será más rentable, más escalable, más multiplataforma. Pero también será más vacío. El gol se convertirá en un dato ontológico, la pasión en un KPI, la épica en un algoritmo.
El Mundial ya no se juega en la cancha: se juega en la nube.
El Mundial 2026 no será recordado por goles ni hazañas, sino por haber confirmado que el fútbol ya no necesita relato: basta con el algoritmo que mide la emoción en tiempo real. Byung-Chul Han diría que hemos pasado del mito de Maradona al KPI de engagement. Y allí está la paradoja: el torneo más lucrativo de la historia es también el más vacío. El futuro del fútbol no será épico ni narrativo, será estadístico y escalable. El Mundial se convirtió en un asado global, pero sin pebre ni ají no hay relato que valga: puro pan sin carne, puro ruido brillante.
Referencias
Han, Byung-Chul. (2023). La Crisis de la Narración. Herder, Editorial S.A.