Por: Marcelo Castillo Duvauchelle. Fuente: Agencia Pressenza
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Edgard Morin.- Filósofo, Antropólogo, Sociólogo, Académico Francés.
La Sociedad y la Educación Humanizadora del Futuro, dentro de un todo indisociable.
Un maestro sembrador de esperanzas, Filósofo, sociólogo, académico y político francés. Nacido en París un día 8 de julio de 1921. Fallece el 29 de mayo de 2026.
Este escrito surge desde mi admiración por este hombre sabio, su legado educativo, social y filosófico es profundo, esperanzador y abundante. Como profesor, lo conocí a través de estudios de post grado. Para esta columna me centraré en uno de sus múltiples libros sublimes: «Los siete saberes necesarios para la educación del futuro» (año 2000).
Comienzo diciendo que el mundo de las ideas pedagógicas y sociológicas está de luto, recientemente ha partido físicamente Morin, un hombre visionario, un espíritu luminoso que cruzó un siglo entero de barbaries y luchas con la mirada atenta, el corazón abierto y la mente lúcida. Nos deja a los 105 años de edad, habiendo sido un pensador y testigo excepcional de la historia contemporánea.
Morin fue sociólogo, antropólogo y filósofo, pero por sobre todas las cosas, un humanista planetario. Su legado en el ámbito educativo nos insta a replantearnos la educación al invitarnos a derribar los muros que separan a las ciencias de las humanidades. En el plano humano y filosófico, nos enseñó que la razón no debe asfixiar la afectividad, sino abrazarla, porque somos tanto seres lógicos como poéticos (homo sapiens-demens). En el plano social, su voz se alzó siempre para recordarnos que la Tierra no es un recurso inerte, sino nuestra «Tierra-Patria», una gran comunidad de destino donde la solidaridad y la comprensión mutua son las únicas vías para salir de las crisis que nos asolan.
El valor pedagógico y humanista de una obra eterna
A finales del siglo XX, la UNESCO le pidió a Edgar Morin proyectar las líneas maestras de la enseñanza del mañana. El resultado fue el libro «Los siete saberes necesarios para la educación del futuro» (1999).
Esta obra no es un manual técnico, un compendio de leyes o una guía de contenidos curriculares abstractos. Es, en esencia, un mapa del alma para el acto de enseñar. Su valor pedagógico radica en que se atreve a mirar los puntos ciegos de nuestros sistemas escolares: esos olvidos fundamentales que dejamos de lado por el sometimiento el paradigma positivista (resultados cuantificables, centralidad en lo medible) y la obsesión por la especialización técnica.
El valor humanista del libro es incalculable. Morin nos devuelve la poesía de la existencia y también del acto educativo. Nos dice que educar no es llenar un recipiente con datos fragmentados, sino encender el fuego de la curiosidad, el pensamiento crítico y creativo, conectar las distintas dimensiones de la vida y preparar a los seres humanos para la aventura de vivir, amar y habitar este planeta en tiempos de incertidumbre y vacío.
Sobre la Esencia de los 7 Saberes, regalo de Morín al mundo (ideas medulares)
La educación actual vive bajo el gran error de asumir que el conocimiento es una herramienta perfecta que se entrega ya fabricada. Morin nos advierte que todo conocimiento corre el riesgo de sufrir la ilusión y el error, porque la mente humana traduce y reconstruye la realidad a través de sus propios miedos, deseos y memorias de manera inconsciente. Debemos enseñar a nuestros estudiantes a conocer el propio conocimiento, elevar el aprendizaje hacia estadios de metacognición, poniendo en práctica procesos de reflexión, crítica y autocrítica constante, para no caer en el dogma y la falsa comodidad de las verdades absolutas e indiscutibles.
Hemos hiper-especializado el saber, separando la ciencia y la técnica de las letras, dividiendo los problemas en parcelas abstractas e invisibilizando el todo. Sin embargo, los desafíos del mundo real son globales, multidimensionales y complejos, incluyendo la vida humana. Este saber nos invita a despertar la curiosidad natural y la inteligencia general del estudiante para que aprenda a contextualizar la información. Es urgente enseñar los métodos que permiten unir las partes con el todo y el todo con las partes, porque nada en este universo existe de manera aislada.
En los planes y programas del sistema escolar, lo humano quedó desintegrado o demasiado difuso: el cuerpo está en los libros de biología, la psiquis en psicología, la sociedad en sociología y el alma en la literatura. Fue sí que se nos perdió el ser humano y por tanto, salió del centro, otros son los valores, otras las prioridades. Morin nos pide restaurar esta unidad compleja. Somos seres a la vez cósmicos, físicos, biológicos, culturales y espirituales. La educación debe mostrar que somos una maravillosa unidad humana que se nutre y evoluciona a través de su historia personal y social, todo en un sendero de liberación y mejoramiento de su condición vital.
Por primera vez en la historia, gracias a la mundialización (no de la globalización y su énfasis mercantil), formamos parte de un tejido mundial único; compartimos las mismas crisis, economías e informaciones. Sin embargo, arrastramos una pesada herencia de muerte provocada por la violencia en sus distintas expresiones y la degradación socioambiental. La educación del futuro debe sembrar la conciencia de que la Tierra es nuestro hogar común y que todos los seres humanos compartimos una misma comunidad de destino. Es urgente que aprendamos a sentirnos ciudadanos de la Patria-Tierra.
Durante siglos se nos enseñó que la ciencia nos daría certezas absolutas y que el futuro era predecible. El siglo XX destruyó esa ilusión revelando que el universo y la historia avanzan mediante accidentes, desvíos y caos. Morin nos regala una metáfora inolvidable: «Debemos aprender a navegar en un océano de incertidumbres a través de archipiélagos de certezas». La educación debe preparar las mentes de las nuevas generaciones para esperar lo inesperado y afrontarlo mediante estrategias flexibles que puedan adaptarse sobre la marcha.
La comprensión mutua es el medio y el fin de la comunicación e interacción humana, pero está trágicamente ausente en las aulas. Vivimos en un planeta hiperconectado tecnológicamente, pero sumergido en un estado involutivo de incomprensión, racismo, xenofobia y desprecio por la vida del otro. Este saber propone una ética de la comprensión que ataque las raíces del egocentrismo y el individualismo. Comprender exige aprender a no reducir al otro a una cosa y valorarlo según conveniencia o utilidad, sino practicar la introspección, la empatía y abrir nuestro corazón hacia el prójimo que piensa y siente del mismo modo, porque compartimos una misma condición humana.
La moral no se enseña desde la racionalidad ni con lecciones repetitivas en el aula, sino que nace de la toma de conciencia de nuestra triple realidad: somos, al mismo tiempo, individuo, sociedad y especie. Llevamos este bucle indisoluble dentro de nosotros. La educación debe fomentar una «antropo-ética» que promueva la democracia (el control mutuo entre el individuo y la sociedad) y que conciba la humanidad como un destino planetario solidario, que se proyecta hacia el progreso y bienestar de todos, sin excepción. El desafío para la escuela es traducir esta conciencia en una voluntad real de ejercer la ciudadanía terrenal.
Palabras finales: El faro de la educación de hoy y del mañana
Frente a la pena de su reciente partida, sumado a los acontecimientos turbulentos del siglo XX y XXI, el legado de Edgar Morin en “Los siete saberes necesarios para la educación del futuro” se consolida no como un texto del pasado, sino como un faro indispensable para los tiempos que corren. La educación actual no puede seguir siendo cómplice de un pensamiento fragmentado que automatiza las mentes, deshumaniza las relaciones y da la espalda a nuestra fragilidad terrenal. Hoy más que nunca, nuestra misión como educadores y como ciudadanos, es recuperar la esencia humana de todo proceso educativo (en sus distintos niveles). Necesitamos transitar hacia una pedagogía integral del vínculo y la colaboración, una escuela viva que enseñe a conectar los saberes con la vida, que abrace la incertidumbre con valentía, que siembre la paz a través de la comprensión y que encienda en las conciencias el orgullo y la responsabilidad de pertenecer a esta gran Patria-Tierra. Querido Maestro Edgar Morin: tu legado está destinado a una vida eterna; por siempre estará en la atmósfera de cada aula, especialmente donde esté un educador o educadora que enseña con amor, complejidad y con vocación de sembrar esperanza.
Marcelo Castillo Duvauchelle. Profesor humanista. Magister en Educación, mención en Liderazgo Transformacional