Por: Fuente: Teia Dos Povos. Brasil
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La Organización Meteorológica Mundial (OMM) alertó sobre la posibilidad de un El Niño de intensidad moderada a fuerte en los próximos meses. Las proyecciones indican más de un 80% de probabilidad de que el fenómeno se establezca en el segundo semestre de 2026 y más de un 90% de probabilidad de permanecer activo a partir de agosto, con posibilidad de extenderse hasta principios de 2027.
Las señales ya preocupan a los investigadores. En el Océano Pacífico Ecuatorial, las temperaturas registradas bajo la superficie presentan anomalías de hasta 4°C por encima del promedio, uno de los principales indicadores de la formación del fenómeno. El secretario general de la ONU, António Guterres, clasificó la situación como una alerta climática urgente.
Los primeros impactos deben sentirse con mayor intensidad en la Amazonia y en el Noreste, regiones donde los ríos, los manantiales y los ciclos de lluvia sostienen la vida de millones de personas. En muchos territorios, los cambios en el clima no llegan solo como números o pronósticos meteorológicos: aparecen en la disminución del agua, en la dificultad para producir alimentos y en el aumento de los riesgos ambientales.
Hablar de preparación para El Niño no significa solo seguir los pronósticos meteorológicos o esperar la llegada de los eventos extremos. Los impactos del fenómeno tienden a ser más severos en regiones donde los ríos, los manantiales y las áreas de vegetación ya sufren una presión constante, ya sea por la deforestación, la degradación ambiental o la expansión de actividades económicas que alteran el equilibrio de los ecosistemas.
En el Norte y en el Noreste, donde el pronóstico apunta a una reducción de las lluvias y un aumento de las temperaturas, la preocupación no radica solo en la posibilidad de una nueva sequía, sino en los efectos acumulados de años de presión sobre los territorios. La disminución de la disponibilidad de agua afecta la producción de alimentos, aumenta el riesgo de incendios y compromete las actividades que dependen directamente de los ciclos naturales.
Por otro lado, las experiencias desarrolladas por comunidades indígenas, quilombolas, campesinas y pueblos tradicionales demuestran que la protección de los manantiales, la conservación de las áreas boscosas y la diversificación de la producción agrícola pueden ampliar la capacidad de respuesta ante los cambios climáticos. En diferentes regiones del país, estas prácticas han contribuido a reducir la vulnerabilidad de los territorios tanto en períodos de sequía como en momentos de lluvias intensas.
El avance de El Niño también vuelve a poner en debate los modelos de ocupación de la tierra y de producción de alimentos. Mientras que los sistemas que dependen de los monocultivos tienden a sufrir más con las oscilaciones climáticas, las formas de producción diversificadas suelen presentar una mayor capacidad de adaptación ante eventos extremos cada vez más frecuentes.
La «Teia dos Povos» es una articulación de pueblos, movimientos, territorios y organizaciones que luchan por la Tierra, el Territorio y la dignidad desde el camino de la autonomía, las semillas y el cuidado de la Madre Tierra.