Por: Dr. J. Ariel Rementería. Fuente: Agencia Pressenza
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Dr. J. Ariel Rementería. Fuente: Agencia Pressenza.
El filósofo coreano Byung-Chul Han nos advirtió que vivimos el fin de las narrativas. Ya no nos habitan relatos colectivos que den sentido a la experiencia; lo que queda es un archipiélago de microhistorias, datos y opiniones dispersas en el feed infinito de las pantallas.
Si alguien busca la encarnación física de esta tesis, no necesita mirar los textos filosóficos: basta con observar el Mundial de Fútbol 2026. Anunciado como el más lucrativo de la historia, este torneo no es la celebración de un deporte; es la consolidación de la mayor franquicia de entretenimiento transmedia global, una máquina que ha facturado la escalofriante cifra de 11.000 millones de dólares a costa de vaciar de sentido el juego mismo.
La mutación es absoluta y se mide en variables financieras. El salto de los ingresos por boletería y hospitalidad, que pasaron de los 950 millones en Qatar a los 3.000 millones en esta edición norteamericana, demuestra que el estadio ya no es un espacio público de catarsis comunitaria. Es un estudio de televisión de alta densidad cerrado para una élite, un set inmersivo donde el hincha tradicional ha sido sustituido por un figurante que paga miles de dólares para validar el espectáculo. Lo que ocurre en la cancha es apenas el pretexto. La verdadera acción transcurre en la simulación optimizada para las plataformas: el gol dura menos que el meme que lo parodia, y la jugada se diluye entre métricas de rendimiento superpuestas en tiempo real, apuestas en vivo y reacciones en Twitch. El deporte ha sido desplazado por su propio algoritmo.
¿Qué uso real tiene la tecnología que satura estos estadios? La narrativa oficial defiende la justicia deportiva, pero el rigor crítico nos obliga a ver el panóptico comercial. Las redes 5G y el rastreo óptico no están ahí para los futbolistas, sino para registrar el comportamiento del consumidor, transformando los tiempos muertos del VAR en valiosas ventanas de inserción publicitaria y monetización de datos crudos. El deportista ya no es un héroe mitológico que encarna una épica nacional; es un emisor de KPIs que cotiza en la nube.
La pregunta más incómoda y urgente es de carácter pedagógico: ¿qué tipo de aprendizaje deja este escenario a los más jóvenes?
Imbuida en esta dinámica, la infancia asimila una preocupante lección de deshumanización. Al ver que la FIFA duplica su bolsa de premios hasta los 871 millones de dólares y corona el éxito con un cheque de 50 millones para el campeón, los jóvenes aprenden que el mérito y el esfuerzo solo adquieren ontología si son monetizables. El futbolista ya no es un referente de disciplina atlética, sino una corporación unipersonal. La cultura del clip de TikTok de quince segundos devalúa el proceso: el entrenamiento diario, el fracaso y la constancia importan menos que el destello estético hipereditado para el consumo inmediato.
La gran enseñanza de este Mundial para las nuevas generaciones es el desencanto ético. Se les educa en la pedagogía del vacío, donde la pasión se traduce en un emoji y la memoria colectiva en un archivo borrable en la nube. Al privatizar la experiencia del estadio y transformar el juego en un festival de algoritmos financieros, el sistema les está diciendo a los niños que el fútbol ya no les pertenece.
El Mundial 2026 ha perfeccionado la técnica del simulacro. Es un producto impecable, brillante, escalable y multimillonario. Pero como toda estructura hipercomercial, padece de una alarmante anorexia de sentido. El capitalismo tardío ha logrado montar el asado más grande del planeta, pero al quitarle la carne del relato común y el pebre de la contingencia humana, nos ha dejado masticando puro humo brillante. El futuro del fútbol ya no se escribe con goles, sino con estadísticas; y en esa contabilidad, los más jóvenes corren el riesgo de olvidar que la verdadera magia del juego siempre ocurrió abajo, en el polvo de la cancha de barrio, donde una pelota gastada no necesitaba de ningún algoritmo para cambiar el mundo.
Ante esta debacle, la pregunta se vuelve imperativa: ¿estamos condenados a ser simples criticones de café o existen grietas para la resistencia? Enfrentar un monstruo de 11.000 millones de dólares requiere abandonar el lamento e imaginar salidas urgentes.
La primera vía de escape es el retorno a la escala humana: rescatar el fútbol de barrio y de clubes locales, ahí donde el gol sigue siendo un mito comunitario y no un frío indicador de rendimiento financiero. La segunda es pedagógica: aplicar en las aulas y hogares una «pedagogía de la sospecha» que enseñe a los más jóvenes a decodificar el espectáculo, entendiendo que los tiempos muertos del VAR o los destellos hipereditados de TikTok no buscan su asombro, sino su captura cognitiva. Finalmente, la trinchera política exige defender el juego analógico, promoviendo espacios donde jugar un partido libre de pantallas y rastreos se convierta en el verdadero acto de rebeldía.
La tecnología y el capital ya diseñaron su cancha perfecta en la nube, pero el juego real se disputa abajo, en el polvo. Queda el debate abierto para el lector: ¿es posible arrebatarle el sentido del juego a los algoritmos corporativos, o debemos resignarnos a que las futuras generaciones asimilen que la pasión no es más que otro producto perfectamente empaquetado y vacío?
Doctor José Ariel Rementería Piñones. Departamento de Publicidad e Imagen, Facultad Tecnológica, Universidad de Santiago de Chile