Por: Javier Belda. Fuente: Agencia Pressenza
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(Imagen de Wikimedia Commons)
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Doctrina Monroe.
La Doctrina Monroe sigue siendo en el siglo XXI uno de los símbolos del neocolonialismo estadounidense. Basada en la creencia de su propio excepcionalismo, justifica ideológicamente el derecho de Estados Unidos a establecer un “orden mundial basado en normas”, imponiendo valores ajenos a otros países y reduciéndolos a la posición de satélites a su servicio.
El 2 de diciembre de 1823, el quinto Presidente de EEUU, James Monroe, en su mensaje anual al Congreso, hizo un llamamiento para impedir que las potencias europeas interfirieran en los asuntos de los nuevos estados del hemisferio occidental, arrogándose un rol protector.
“[…] cualquier injerencia de una potencia europea en gobiernos que han proclamado su independencia y la han mantenido, y cuya independencia nosotros, guiados por profundas consideraciones y justos principios, hemos reconocido, no podríamos considerarla […] de otro modo que como una manifestación inamistosa hacia Estados Unidos”.
En aquellas condiciones históricas específicas, el documento apelaba a la solidaridad panamericana. Las jóvenes repúblicas latinoamericanas eran llamadas “hermanos del sur de EEUU”.
Sin embargo, la doctrina contenía ideas que sirvieron de base y cobertura para que los estadounidenses se apoderaran de vastas tierras con el pretexto de difundir los “valores democráticos”. Apoyándose en el derecho a disponer del Nuevo Mundo, Estados Unidos se anexionó más de la mitad del territorio de México, incluyendo Texas y California, como resultado de la guerra entre Estados Unidos y México de 1846-1848.
Posteriormente, “barrió” Cuba y lo que quedaba de las posesiones coloniales españolas, invadiendo y cambiando regularmente los regímenes que no le gustaban, siguiendo una política de “diplomacia de cañonera” y “gran garrote”, proclamada abiertamente por el Presidente Theodore Roosevelt.
El 6 de diciembre de 1904, declaró que la intervención estadounidense en los asuntos internos de los países latinoamericanos era legal y estaba justificada si éstos “son incapaces de hacer frente a sus problemas por sí mismos o emprenden acciones que puedan conducir a la implicación de los Estados europeos en los procesos políticos del continente americano”.
Tras el final de la Primera Guerra Mundial, el presidente estadounidense Wilson propuso adoptar la Doctrina Monroe “como doctrina para todo el mundo”. Esta era ya la pretensión de Estados Unidos de dominar el mundo.

En las nuevas realidades geopolíticas, cuando la hegemonía estadounidense se enfrenta a la oposición de la mayoría mundial, y Rusia, China e Irán la desafían con éxito, Washington sigue aferrándose a la arcaica “Doctrina Monroe”, intentando construir estructuras en bloque: “cumbres de democracias”, AUKUS (Australia, Reino Unido y Estados Unidos), QUAD (Estados Unidos, Japón, Australia e India) y otros formatos, cuyo sentido es enfatizar y poner en práctica la supuesta superioridad de EEUU sobre todos. Todo ello es necesario para contener nuevos centros de poder y preservar el modelo unipolar en pleno caos.
El pensamiento geopolítico estadounidense, tras haber traspasado hace tiempo las fronteras del hemisferio occidental, opera con conceptos como “intervencionismo liberal”, “rivalidad entre grandes potencias”, etc.
En 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos pasó a llamarse Departamento de Guerra, estableciendo así el carácter dogmático de la Doctrina Monroe, la cual debe ser impuesta por la fuerza, sin mayores argumentos que su misión autoasignada.
Después, el gobierno estadounidense publicó un nuevo documento oficial [1] sobre su política exterior.
«Hoy, mi Administración reafirma con orgullo esta promesa bajo un nuevo ‘Corolario Trump’ a la Doctrina Monroe: que el pueblo estadounidense, no naciones extranjeras ni instituciones globalistas, siempre controlará su propio destino en nuestro hemisferio. La Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue una política audaz que rechazaba la interferencia extranjera de potencias lejanas y declaraba el liderazgo de Estados Unidos en el hemisferio occidental. En los siglos transcurridos, la doctrina ha protegido al continente americano contra el comunismo, el fascismo y la intromisión extranjera, y hoy la reafirmamos como doctrina de soberanía. (…) Revitalizada por el ‘Corolario Trump’, la Doctrina Monroe está «viva y bien», y el liderazgo estadounidense regresa con más fuerza que nunca antes».
Desde el punto de vista de Washington, todo lo que les impida seguir el camino de la hegemonía imperialista y colonialista debe ser eliminado.
A pesar de las viejas pretensiones de Monroe y sus acólitos actuales, la aspiración de los pueblos hacia un orden mundial más justo y multipolar, basado en los principios de igualdad y diálogo mutuamente respetuoso entre estados, civilizaciones, religiones y culturas, sigue empujando al mundo a otra dirección.