Por: Jorge Nuñez Arzuaga. Fuente: Agencia Pressenza
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Cede Central del Fondo Monetario Internacional. Washintong. DC. EEUU.
Cuando un modelo económico ha demostrado durante décadas su incapacidad para generar bienestar, crecimiento sostenido y justicia social, y sin embargo vuelve a ser implantado con entusiasmo por gobiernos que se suceden en el poder, estamos ante la obligación de desenmascarar sus falsedades.
América Latina sigue siendo el terreno de pruebas del experimento neoliberal. Desde las dictaduras del Cono Sur en los años setenta hasta los gobiernos que, ya en el siglo XXI, han vuelto a abrazar el decálogo del Consenso de Washington, la región asiste a un espectáculo desolador: la repetición, con asombrosa fidelidad, de recetas que ya demostraron “éxito” para unos pocos y fracaso para las grandes mayorías.
El caso argentino es, en este sentido, un laboratorio ejemplar. Pocos países en el mundo han transitado con tanta claridad el ciclo neoliberal: endeudamiento externo masivo, ajuste fiscal, devaluación, recesión, fuga de capitales, y luego -cuando el modelo colapsa- un nuevo rescate del Fondo Monetario Internacional que llega con las mismas condiciones de siempre. Y lo más notable: los mismos equipos económicos, los mismos nombres, los mismos think tanks que diseñaron el desastre anterior, vuelven a ser convocados para repetirlo.
No es un secreto que el FMI, lejos de ser un árbitro neutral, ha actuado como cabeza de lanza ideológica del neoliberalismo en la región. Cada rescate financiero ha venido acompañado de condiciones que profundizan la desigualdad: privatización de activos públicos, desregulación laboral, recorte del gasto social y apertura financiera que facilita la fuga de divisas. El resultado, sistemáticamente, es el mismo: aumento de la pobreza, destrucción del tejido industrial, precarización del trabajo y una dependencia externa que se renueva y se profundiza.
Pero Argentina no es un caso aislado. En toda la región, asistimos a un retorno de la ortodoxia que se presenta como “realismo” o “responsabilidad fiscal”, pero que en los hechos significa volver a poner la economía al servicio de los acreedores externos y los mercados financieros, en lugar de al servicio de las personas. Incluso países que fueron faro del progresismo han experimentado, con distintos matices, este viraje que reinstala la lógica del mercado como único horizonte posible.
Lo más inquietante no es el fracaso en sí mismo, sino la obstinación con que se insiste en él. Porque quienes vuelven a aplicar estas políticas no pueden alegar desconocimiento. Los datos están ahí, disponibles, documentados por organismos internacionales, centros de estudios y universidades de toda la región. La evidencia empírica es abrumadora: el neoliberalismo no ha traído desarrollo sostenible, no ha reducido la desigualdad estructural, no ha generado empleo digno ni ha fortalecido la democracia.
Desde una mirada humanista, no se trata solo de cifras macroeconómicas que no cierran, se trata de vidas concretas: niños que dejan de comer, jubilados que no pueden pagar sus medicamentos, trabajadores que pierden sus puestos, jóvenes que emigran porque en su país no hay futuro. Cada ajuste, cada devaluación, cada recorte tiene un rostro, un nombre, una historia. Y la decisión de repetir el modelo es, en el fondo, una decisión ética: la de privilegiar la lógica financiera por encima de la vida humana.
El “giro a la izquierda” de principios de siglo fue, en gran medida, una respuesta a este agotamiento. Gobiernos como los de Lula en Brasil, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Hugo Chávez en Venezuela, o los Kirchner en Argentina intentaron construir alternativas que pusieran el Estado nuevamente al servicio de los pueblos. Pero el péndulo ha vuelto a oscilar, y con él, la tentación de regresar a las recetas que ya sabemos cómo terminan.
Quizás el problema de fondo es que el neoliberalismo no es solo una teoría económica: es una ideología que concibe a la persona como un consumidor, a la democracia como un mercado de votos y a la felicidad como sinónimo de crecimiento del PIB. Frente a eso, un enfoque popular propone algo radicalmente distinto: que la economía debe estar al servicio de la vida, y no al revés.
América Latina tiene la memoria suficiente para no repetir los errores del pasado. Y sin embargo, la memoria parece ser el primer recorte que aplican los equipos económicos cuando asumen el poder. Por eso, hablar de “volver al fracaso” no es una exageración, es una constatación. El modelo neoliberal ya fracasó en los noventa, ya fracasó en la crisis de 2001, ya fracasó en la crisis de 2008, y sigue fracasando en cada país que lo adopta con “solución” dogmática.
La pregunta que debemos hacernos es por qué las sociedades siguen eligiendo a sus “verdugos”. Y la respuesta es que hay sectores muy poderosos -dentro y fuera de la región- para quienes el fracaso del modelo no es tal, porque saben extraer ganancias enormes incluso en medio del desastre colectivo.
Pero la historia no está escrita. Y la construcción de alternativas más justas, más solidarias y más humanas sigue siendo una tarea abierta. Para eso, el primer paso es llamar a las cosas por su nombre: no es un fracaso inevitable, es una elección reiterada. Y toda elección puede ser revertida.