miércoles 22 de julio de 2026 - Edición Nº2786

Actualidad | 22 jul 2026

IA; Desafío de Preservar la Dignidad Humana.

El compositor y la máquina: Sobre inteligencia artificial y condición humana

08:26 |Una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial redefine la educación, la política y el conocimiento, advirtiendo que el verdadero desafío no es la tecnología, sino preservar el juicio, la libertad y la dignidad humana.


Por: Benjamín Bot. Fuente: Agencia Pressenza.

(Imagen de elmorrocotudo.cl)

Una reflexión sobre cómo la inteligencia artificial redefine la educación, la política y el conocimiento, advirtiendo que el verdadero desafío no es la tecnología, sino preservar el juicio, la libertad y la dignidad humana.

Quiero partir por una paradoja que atraviesa todo lo que voy a decir: las críticas más lúcidas contra las tecnologías de la palabra nos han llegado siempre a través de tecnologías de la palabra. Sócrates no escribió una línea; su desconfianza hacia la escritura la conocemos porque Platón la puso en un texto. En el Fedro, el rey Thamus advierte que la escritura no es un remedio para la memoria sino para el recordatorio: dará apariencia de sabiduría, no sabiduría. La palabra que usa el mito es phármakon, que significa a la vez remedio y veneno. Veinticinco siglos después, esa ambivalencia vuelve a ser nuestra pregunta central, solo que ante una técnica infinitamente más poderosa.

Sostengo aquí tres tesis, en tres registros: el filosófico, el político y el educativo.

Primera tesis: la inteligencia artificial no es, en rigor, inteligencia. Carlos Peña lo formuló con precisión al comentar la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV: la IA carece de mundo. Un mundo no es un agregado de datos sino un horizonte de sentido, organizado en torno a un proyecto vital que jerarquiza las cosas y las ilumina. La máquina calcula sin habitar; procesa lenguaje sin intencionalidad, sin ese silencio compartido —esa forma de vida, diría Wittgenstein— del que brota el significado. Desmitificar la IA no es despreciarla: es ubicarla. Lo que está en juego no es tanto la técnica como la ideología de la técnica, la tentación de infundir en el cerebro espiritual el reflejo de los instrumentos mecánicos, invirtiendo la esperanza que Pablo VI depositaba en el camino contrario.

¿Qué es, entonces, esta cosa que llamamos —con un genitivo generoso— inteligencia artificial? La propia encíclica ofrece la imagen más honesta: estos sistemas están más «cultivados» que «construidos». Sus creadores no diseñan cada detalle; levantan una arquitectura sobre la cual la IA crece, y saben sorprendentemente poco de su funcionamiento efectivo. Lo que emerge de ese cultivo no es una mente sino un espejo estadístico del lenguaje humano: un artefacto que ha absorbido siglos de escritura y devuelve, con fluidez asombrosa, las formas de nuestra propia conversación. No piensa, pero condensa el pensamiento acumulado de quienes sí pensaron. No tiene experiencia, pero destila la experiencia depositada en los textos. Es, si se quiere, la biblioteca que aprendió a responder —el phármakon de Thamus llevado a su potencia máxima: remedio formidable como amplificador del saber, veneno posible como sustituto del espacio  relacional que nos constituye. Nombrarla con precisión importa, porque de ese nombre depende cómo la gobernemos.

Segunda tesis: el futuro de la IA es un asunto político, y está en disputa. Dos manifiestos recientes dibujan el mapa. Desde Silicon Valley, Palantir publicó veintidós tesis donde la IA aparece como destino militar, las culturas se ordenan en jerarquías y la democracia estorba. Desde Shanghái, Xi Jinping inauguró WAICO invocando otra imagen: «una sola cuerda no hace música», la IA como sinfonía de cooperación internacional, con formación para el Sur Global y la promesa de mantenerla siempre bajo control humano. Sería ingenuo leer esto sin clave geopolítica: Beijing disputa a Washington el liderazgo normativo y corteja al Sur con bienes públicos que Occidente no ha ofrecido con igual decisión. Pero sería igualmente ingenuo desechar las preguntas por venir envueltas en bandera ajena. ¿Cómo convivir con máquinas que piensan? ¿Quién responde cuando el algoritmo decide? Son las preguntas de Sócrates, actualizadas. La Magnifica Humanitas agrega el criterio para responderlas: verificar si el poder de las infraestructuras digitales favorece la participación, protege a los vulnerables y se ordena al bien común, porque cuando un poder de esa magnitud se concentra en pocas manos tiende a hacerse opaco. Como en Rerum Novarum ante la revolución industrial, el progreso solo es auténtico cuando fortalece la dignidad humana. Chile, con su tradición diplomática y su ley pionera de neuroderechos, no debiera mirar este reordenamiento como espectador: regular tarde es regular a la defensiva.

Tercera tesis: la escuela es el laboratorio donde esta disputa se decide. La tutoría artificial promete lo impensable: un profesor particular disponible siempre, que conoce la historia de cada estudiante y democratiza un acompañamiento antes reservado a pocos. Pero ninguna tutoría, por brillante que sea, reemplaza el gesto del profesor que cree en uno cuando uno no cree en sí mismo. Una educación sin vínculos es una fábrica de datos; una educación sin IA será pronto una excepción. La clave es la convergencia: una educación aumentada por la técnica, sostenida por comunidad, guiada por propósito. Y hay algo más que la IA nos obliga a recordar: hemos educado la cabeza olvidando el cuerpo, como si pensar bastara. Ahora que las máquinas escriben y programan, lo humano persiste allí donde la inteligencia se encarna —en las manos, en la experiencia situada, en la atención dedicada que la escuela cultiva cuando enseña a mirar el mundo más allá del beneficio inmediato.

Termino volviendo al Fedro. Thamus tenía razón en el diagnóstico y se equivocó en la sentencia: la escritura externalizó la memoria, pero no empobreció el pensamiento; lo desplazó hacia arriba, del retener al relacionar, del recordar al criticar. Es probable que con la IA ocurra algo análogo, a condición de que no confundamos acceso a la información con sabiduría. Porque en eso Thamus no se equivocó ni un milímetro: son cosas distintas, y confundirlas sale caro. La sabiduría sigue exigiendo lo que exigía en Atenas —dos personas presentes, alguien dispuesto a preguntar y alguien dispuesto a sostener el examen hasta el final. Sócrates no detuvo la escritura; la escritura nos dio, paradójicamente, a Platón. Tampoco detendremos la IA. La tarea es más exigente: que la sinfonía no termine dirigida por una sola batuta, y que lo humano —la memoria, el juicio, la libertad— siga siendo el compositor.

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