Por: David Andersson. Fuente: Agencia Pressenza.
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La humanidad no carece de retos. Las guerras siguen cobrándose vidas, el cambio climático amenaza la estabilidad de nuestros ecosistemas y la creciente desigualdad económica socava la cohesión social. Ahora, otra fuerza transformadora ha entrado en escena a nivel mundial: la inteligencia artificial.
A diferencia de las revoluciones tecnológicas anteriores, la IA no es simplemente otra herramienta más. Tiene el potencial de transformar las economías, la educación, la ciencia, la sanidad, la comunicación y la toma de decisiones políticas. Si se regula adecuadamente, podría convertirse en uno de los mayores aliados de la humanidad a la hora de abordar las crisis a las que ya nos enfrentamos. Si se regula mal, podría agravar la desigualdad, intensificar la rivalidad geopolítica y crear riesgos existenciales totalmente nuevos.
Por eso, los gobiernos, los científicos y las organizaciones internacionales debaten cada vez más no solo cómo debe desarrollarse la IA, sino quién debe regularla.
Está surgiendo una notable convergencia en partes muy diferentes del mundo. A pesar de las profundas diferencias políticas y culturales, las principales iniciativas internacionales describen cada vez más la IA como una tecnología cuya importancia va mucho más allá de la innovación comercial.
En la Cumbre sobre el Impacto de la IA de la India, celebrada en Nueva Delhi en febrero de 2026, los países participantes adoptaron la Declaración de Nueva Delhi sobre el Impacto de la IA, en la que se abogaba por una inteligencia artificial centrada en el ser humano, inclusiva y accesible, guiada por el principio de Sarvajan Hitaya, Sarvajan Sukhaya —«Bienestar para todos, felicidad para todos»—.
Apenas unos meses después, en la Conferencia Mundial sobre Inteligencia Artificial de 2026 celebrada en Shanghái, el presidente chino Xi Jinping propuso un marco internacional de gobernanza de la IA basado en cuatro principios: apertura y beneficio compartido; seguridad y control humano significativo; inclusión a través del aprendizaje entre civilizaciones; y solidaridad a través de la gobernanza multilateral. China presenta cada vez más la IA no solo como una industria, sino como una infraestructura fundamental capaz de dar forma a la civilización misma.
Una tercera iniciativa surgió desde una perspectiva muy diferente. El 16 de julio, más de 200 premios Nobel, científicos, diplomáticos y líderes mundiales firmaron la Declaración de Roma, en la que pedían simultáneamente una ralentización coordinada del desarrollo de la IA de vanguardia y la eliminación verificable de las armas nucleares. Su preocupación es que la humanidad se está acercando a dos fronteras tecnológicas cuya interacción podría resultar catastrófica.
Esa preocupación quedó patente durante la conferencia de Roma, organizada por la Asociación Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW), la Asamblea Global del Nobel y el Vaticano. En una entrevista posterior, el Dr. Ira Helfand, expresidente de la IPPNW, resumió el reto en seis palabras: «No dejemos que la IA se haga con la bomba».
El lema plasma quizás el reto más urgente de hoy en día en materia de gobernanza de la IA: impedir que la inteligencia artificial se integre en los sistemas de mando y control nucleares. Los delegados advirtieron de que combinar la toma de decisiones autónoma con las armas nucleares aumentaría drásticamente el riesgo de una guerra nuclear accidental o involuntaria.
Estados Unidos, por su parte, ha abordado en gran medida la IA a través de tres prioridades: mantener el liderazgo tecnológico, fomentar la innovación comercial y reforzar la seguridad nacional. Esta estrategia ha impulsado una inversión extraordinaria y un rápido progreso tecnológico, pero también plantea una cuestión importante: ¿puede la competencia entre empresas y rivales geopolíticos coexistir con la cooperación internacional necesaria para regular una tecnología que trasciende las fronteras nacionales?
En conjunto, estas iniciativas revelan algo notable. La India hace hincapié en el bienestar humano, China destaca la coordinación multilateral, la Declaración de Roma advierte del riesgo existencial y Estados Unidos da prioridad a la innovación y al liderazgo estratégico. Aunque difieren sustancialmente en sus enfoques, todas reconocen que la inteligencia artificial ha adquirido demasiada importancia como para ser tratada simplemente como otra tecnología comercial más.
Sin embargo, ninguna responde plenamente a la cuestión política central. Si la IA se está convirtiendo en una infraestructura cognitiva global, ¿quién debería determinar legítimamente las normas bajo las que se desarrolla? ¿Deberían negociarse principalmente entre los gobiernos? ¿Ser establecidas por las empresas tecnológicas? ¿Guiarse por prioridades militares? ¿O deberían las personas cuyas vidas se verán transformadas por estos sistemas tener una voz significativa a la hora de configurarlos?
La trayectoria económica de la IA también sigue siendo incierta. Se están invirtiendo cientos de miles de millones de dólares en chips, centros de datos e infraestructura informática, mientras que las predicciones sobre una pérdida rápida y a gran escala de puestos de trabajo siguen siendo en gran medida especulativas. Previsiones similares acompañaron a revoluciones tecnológicas anteriores (desde Internet hasta los vehículos autónomos), pero la historia sugiere que la transformación tecnológica suele desarrollarse de forma más gradual y menos predecible de lo que se esperaba inicialmente.
La historia también nos recuerda que las tecnologías fundamentales rara vez se desarrollan siguiendo una única vía. Durante los inicios de la era de Internet, los sistemas propietarios parecían destinados a dominar el mercado. Sin embargo, el software de código abierto, especialmente Linux, acabó convirtiéndose en la columna vertebral de gran parte de la infraestructura digital mundial. La IA podría evolucionar de manera similar, con modelos propietarios y de código abierto coexistiendo y compitiendo por la influencia.
La cuestión central, por lo tanto, no es simplemente quién construirá la IA más potente, sino quién establecerá los principios que rijan la infraestructura cognitiva emergente de la humanidad.
Las carreteras determinan cómo se desplaza la gente. Las redes eléctricas determinan cómo las sociedades generan y distribuyen la energía. Internet transformó la forma en que la humanidad intercambia información. La inteligencia artificial podría convertirse cada vez más en la infraestructura a través de la cual la humanidad aprenda, cree, se comunique e incluso tome decisiones colectivas. Si ese es el caso, el reto al que nos enfrentamos ya no es meramente tecnológico. Es ético, político y civilizatorio.
Todas las grandes infraestructuras acabaron necesitando instituciones públicas, normas compartidas y rendición de cuentas democrática, ya que sus efectos se extendían mucho más allá de sus creadores originales. Una infraestructura cognitiva global no debería ser diferente. Dado que la IA no reconoce fronteras nacionales, su gobernanza no puede permanecer confinada dentro de ellas.
Esto puede convertirse en el primer reto democrático verdaderamente global de la humanidad. ¿Serán los gobiernos, los estamentos militares y las empresas tecnológicas quienes redacten principalmente las normas? ¿O surgirán estas gracias a la participación significativa de científicos, educadores, trabajadores, artistas, organizaciones de la sociedad civil y ciudadanos de todos los continentes?
Al igual que las generaciones anteriores lucharon por establecer los derechos humanos, las instituciones democráticas y el derecho internacional, es posible que la nuestra tenga que establecer los principios que rijan la propia inteligencia. Esos principios deben basarse en la dignidad humana, la transparencia, el conocimiento compartido, la cooperación internacional y el compromiso con el bienestar de toda la humanidad.
La cuestión ya no es simplemente cómo regulamos la inteligencia artificial. Se trata de quién gobernará la infraestructura cognitiva a través de la cual la humanidad ejerce cada vez más su inteligencia colectiva. La respuesta determinará no solo el futuro de la IA, sino el futuro de la propia civilización.