Por: Juan Pablo Cinelli. Fuente: Tiempo Argentino.
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No es descabellado afirmar que el arte puede ser sanador, capaz de convertir una herida en algo sublime y de transformar el horror en belleza. Ensayar una lista de ejemplos excede por mucho el espacio disponible en esta página, pero alcanza con mencionar el caso del pintor argentino Cándido López para confirmar la teoría por partida doble.
Nacido en 1840, con poco más de 20 años López llegó a retratar a Bartolomé Mitre, por entonces recién asumido presidente, y apenas dos años más tarde participó como soldado del ejército argentino en la Guerra del Paraguay, un acontecimiento que cambió su vida. No solo porque ahí perdió su brazo derecho, su mano hábil, sino porque en medio de ese espanto encontró el que se convertiría en el gran tema de su obra: los campos de batalla.

Un siglo y medio después de aquella guerra, la artista plástica e historietista María Luque, también argentina, rescata la figura y la historia de López para contarla en su libro, La mano del pintor, reeditado por editorial Sigilo. En él imagina que el fantasma del célebre artista la visita en su casa para pedirle ayuda. López necesita la mano de una colega para terminar una serie de bocetos que quedaron inconclusos con su muerte, ocurrida en 1902, y la elige a ella para encomendarle la tarea.
Sorprendida, la María de la ficción no se siente capaz de aceptar semejante encargo, pero López promete ayudarla a entrenar su estilo y así comienzan una amistad. Entre pinceladas y reuniones con amigos, el pintor le irá contando la historia de su vida a la aprendiz, incluída la traumática experiencia en el frente.
La elección de Luque resulta significativa y elocuente. Hay algo en su propio estilo que, salvando las distancias de época y de género —no es lo mismo la pintura que el cómic—, de algún modo se emparienta con los cuadros de López. No tanto en lo temático, porque el trabajo de Luque está bien lejos del horror que transmiten algunas de las obras del pintor, pero sí en lo estético. Hay un aire de familia entre las pinturas de López, que se adelantaron al llamado arte naíf en más de 50 años, y las viñetas que le dan forma a La mano del pintor.

Claro que el estilo de López surgía en parte de la necesidad de pintar con su mano izquierda, aunque esa limitación nunca le impidió que sus cuadros resultaran sumamente expresivos. No está de más aprovechar esta nota para recomendar el documental Cándido López, los campos de batalla (2005), en el que el cineasta José Luis García intenta desde el cine replicar la perspectiva de los cuadros de López.
Se trata siempre de escenas panorámicas que registran porciones de territorio muy amplias, en las que, a la manera de los cuadros de los Brueghel o de El Bosco, muchas acciones ocurren de manera simultánea. Los cuadros de López tanto pueden mostrar con precisión la forma en que miles de hombres avanzan en formación sobre el campo antes de la batalla, como retratar los horrores que ocurren ahí mismo, una vez que la lucha concluyó.
Luque juega en sus dibujos con un estilo decididamente infantil, muy útil a la hora de minimizar la parte más espantosa del relato de guerra, para concentrarse en las experiencias que llevaron al pintor a convertir sus memorias en obra y a superar la mutilación y la pérdida, para persistir en su vocación de artista.

María Luque
En ese sentido, en La mano del pintor Luque se propone de forma deliberada jugar con aquella idea inicial, la del arte como camino de sanación. Por un lado, para recuperar el ejemplo de tenacidad de un hombre que no se detuvo ante el obstáculo determinante que se interpuso entre él y su vocación, y así convertirse en uno de los artistas fundamentales de la plástica argentina.
"Pero también para volver a contar uno de los acontecimientos más vergonzosos y nefastos de la historia de nuestro país". Intentando que, a su manera, el arte funcione como un pedido de perdón para lo imperdonable. En ambos casos, Luque y su libro cumplen largamente con su cometido.