Por: Adrián Melo. Fuente: Tiempo Argentino
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Es mucho más que una obra de teatro: es un acontecimiento político. En en estos tiempos de negacionismo histórico y obscenidad neoliberal, Haroldo en la luz constituye un acto de memoria y de resistencia social al poner en escena una pieza que recrea la vida cotidiana de los últimos años de vida del escritor detenido-desaparecido Haroldo Conti (1925-1976).
La dramaturgia de Paula Mujica Lainez se inclina por retratar la intimidad del genial creador oriundo de Chacabuco y de su compañera, Marta Scavac, con el mismo estilo lento, minimalista y centrado en la belleza de los detalles que Conti utilizaba en sus obras. Captar la esencia del tiempo, su fluir y su transcurrir fue una obsesión artística que Haroldo desarrolló, influido por Hemingway y Faulkner, en novelas como Sudeste (1962), Alrededor de la jaula (1966) y En vida (1971). Para el autor, en las horas aparentemente muertas pero irrepetibles, en la cotidianidad, en el placer simple de una copa de vino o un beso con la amada, era posible aprehender algo del fluir y el transcurrir de la existencia. Por ello llegó a escribir: “La vida es una entera travesía… La vida es un barco más o menos bonito. ¿De qué sirve sujetarlo?… Lo mejor de la vida se gasta en seguridades… Por lo tanto, conviene pasarla en celebraciones, livianito. Todo es una celebración”.

Conti aparece lejos del mármol, en la fragilidad cotidiana donde también habitaba su potencia creadora.
Reminiscencias de los textos haroldianos aparecen de manera sutil en proyecciones escenográficas sobre una tela, con especial énfasis en ambientes acuáticos y fluviales —metáforas del eterno, lento pero inexorable paso del tiempo— que fueron centrales en las narraciones de Conti, como el Delta del Paraná, el Tigre y el Río de la Plata. Asimismo, Mujica Lainez intercala, de manera nada forzada, textos de las obras de Conti con fragmentos de declaraciones del autor en reportajes. Así, de manera pedagógica —en el buen sentido—, introduce al espectador en el universo literario contiano, en su proceso creador y también en el del militante combativo del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS).
Osmar Núñez se pone en la piel del escritor chacabuquense con la ductilidad que le es propia y con los sentimientos a flor de piel, en una caracterización alejada del mármol, donde en la parsimonia de la cotidianidad asoman ráfagas de genialidad. A su vez, Lorena Szekely encarna con naturalidad a Marta Scavac, la estudiante de Conti que devino en su amante y compañera hasta el final, y por la que ambos abandonaron a sus respectivas familias. Esa opción por la aventura amorosa coincidió, a su vez, con un compromiso más intenso de la pareja con la causa redentora de los sectores populares.

Osmar Núñez interpreta a Conti con una convicción cautivante.
Por ello, Haroldo en la luz se centra asimismo en la gestación de la última novela más política del escritor: Mascaró, el cazador americano (que le valió el Premio Casa de las Américas, en Cuba, y el triste honor de ser censurada por la dictadura militar argentina), donde, a través de la odisea de un circo poblado por encantadores perdedores, retrató las seculares injusticias, las esperanzas y las luchas sociales de los humildes y los desposeídos. Tal como le escuchamos decir al Conti de Núñez: “Yo estaba triste y vacío cuando un buen día escuché de un auténtico vagabundo la historia del Príncipe Patagón. Me gusta escuchar a la gente. Creo que eso me salvó. Pegué un salto en el aire. Ahí tenía mi próxima novela. Tan clara la tenía que me abalancé sobre un papel y escribí de un saque el plan. Fue la primera vez que tuve el plan de principio a fin”.
En algún momento de Haroldo en la luz, el protagonista expresa sus deseos de volver a Chacabuco y ver a su familia. En ese deseo está implícita el ansia de detener el tiempo, de volver al mundo de la infancia, al pueblo de Chacabuco. Lo hizo a través de la literatura. Así como García Márquez con Aracataca-Macondo, Soriano con María Ignacia Vela-Colonia Vela y Manuel Puig con General Villegas-Coronel Vallejos, Conti elevó a Chacabuco, su pueblo natal, a la categoría de ícono literario, con una melancolía y un lirismo poco frecuentes en la literatura argentina.

La dramaturgia de Paula Mujica Lainez enlaza escenas cotidianas, textos de Conti y momentos clave de su vida.
El momento más conmovedor de la obra llega con la desaparición de Haroldo Conti, en la madrugada del 5 de mayo de 1976, cuando regresaba con Marta a su domicilio de la calle Fitz Roy tras haber ido al cine a ver El padrino II. Allí los esperaba una patota que pasó seis horas golpeándolos brutalmente mientras desvalijaba la casa. Szekely relata emotivamente el testimonio de Marta Scavac (que no fue desaparecida porque no entraba en el auto de los secuestradores, que prefirieron hacer lugar al televisor y al tocadiscos de la pareja) y su partida al exilio, a través de la Embajada de Cuba, junto con Ernesto, el entonces bebé de tres meses de la pareja. “¿Dónde está Haroldo Conti?”, se pregunta Marta Scavac —Lorena Szekely—, y esa estremecedora pregunta llevó a personalidades como García Márquez, Julio Cortázar, Eduardo Galeano, el padre Leonardo Castellani y Alberto Ratti a denunciar el caso ante organismos internacionales.
“Aun haciendo belleza, podemos hacer literatura política, pero lo político emergerá con naturalidad, no como una cosa impuesta”, supo declarar alguna vez Haroldo Conti. Y ese es el espíritu de Haroldo en la luz: un homenaje merecido al periodista, militante y escritor argentino, y una obra de teatro política necesaria en estos tiempos. No en vano, en un momento de la obra, Mujica Lainez hace decir anacrónicamente al protagonista: “Son 30 mil”. «