Por: Roberto Parrottino. Fuente: Tiempo Argentino.
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En 1930, la primera Copa del Mundo se concretó por la determinación de dirigentes uruguayos que superaron el boicot del francés Jules Rimet a realizar el torneo en Montevideo. La edición de 2030 tambaleó tras la oposición de la UEFA al ya truncado plan privatizador de la FIFA de Infantino con Trump.
Entre el 17 y el 18 de mayo de 1929, en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, la Italia de Benito Mussolini desiste de la organización del primer Mundial de la FIFA en 1930 para “demostrar su simpatía por Uruguay, donde los italianos trabajan y juegan al fútbol”. Así lo exponen en el 18° Congreso de la FIFA, celebrado con representantes de 23 asociaciones nacionales. No hay altruismo: es la vendetta italiana contra Jules Rimet, el presidente francés de la FIFA, quien había saboteado la creación de una Copa de Europa y de una confederación continental. La candidatura de Italia le dejaba ganancia cero a la FIFA; la de Uruguay, asumía todos los gastos. Rimet guardaba la opción “oficiosa” de Francia, a mitad de camino entre la italiana y la uruguaya. De antemano, sólo seis asociaciones apoyaban a Uruguay. Pero Italia, liderando a Europa central, desistió “en favor de Uruguay” (Rimet ni siquiera pudo presentar la candidatura de Francia). Por la noche, en el viaje de regreso en tren desde Barcelona, Rimet y el banquero neerlandés Carl Hirschmann, secretario general de la FIFA, se pusieron al frente del boicot contra el primer Mundial.
Casi 100 años después, Europa volvió a jaquear la organización del fútbol mundial.
En la historia oficial, Rimet —presidente de la FIFA de 1921 a 1954— es llamado “el padre de los Mundiales”. Se oculta a Enrique Buero, quien, como titular de la “legación” de Uruguay en Europa —una especie de embajada— y como primer vicepresidente no europeo de la FIFA, salvó al primer Mundial. En octubre de 1929, Alemania y España anunciaron que se ausentarían en Montevideo. Se les sumaron Hungría, Checoslovaquia e Italia. Para enero de 1930, Inglaterra, Francia, Polonia, Suiza, Suecia, Noruega y Bélgica. El 8 de marzo de 1930, Buero llegó a Trieste, Italia, donde se reunían las asociaciones de Europa central. Los diarios —las fake news no son de 2026— anunciaban: “Uruguay desistió de organizar el campeonato del mundo sustituyéndolo por uno panamericano”. Buero lo desmintió. Y el 10 de marzo, ya en París, Rimet le propuso “cambiar el sistema de organización de la Copa del Mundo, haciendo dos grandes divisiones geográficas: América y Europa. Disputarse en cada uno de los dos continentes los partidos de selección, y oponer en Montevideo, a los dos finalistas europeos con los dos finalistas americanos, siendo el ganador el titular de la Copa del Mundo”. La Asociación Uruguaya lo consideró “inaceptable”.
Diplomático de oficio, dos meses antes del inicio del Mundial, Buero se reunió con ministros de Bélgica y de Francia. Los persuadió. Intercedieron en el envío de las selecciones, lo que convenció a las asociaciones de Rumania y de Yugoslavia, a las que les había enviado cartas. Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia fueron las cuatro europeas entre las 13 selecciones que jugaron el Mundial de 1930, para que la primera Copa propia de la FIFA sea “mundial”.

Buero relató los entretelones en Negociaciones internacionales, libro que reproduce —textualmente, sin comentarios— cartas, telegramas y documentos. Lo publicó en Bruselas en 1932, después de que renunciara a la vicepresidencia de la FIFA. “Visto desde hoy, aparece como un acta de acusación contra la FIFA y un desmentido total, punto por punto, de los cuentos perpetuados hasta hoy en los libros que escribió la academia francesa”, apunta el historiador franco-uruguayo Pierre Arrighi, autor de Treinta y seis mentiras de Jules Rimet y de Cuatro estrellas de verdad, por los “torneos mundiales” de Uruguay en los Juegos Olímpicos de París 1924 y de Ámsterdam 1928. Arrighi comprobó, en archivos franceses y de la propia FIFA, que la FIFA y la Federación Francesa —también presidida por Rimet— organizaron como poder principal el fútbol en París 1924 (y la FIFA en Ámsterdam 1928). Rimet lo había negado en La maravillosa historia de la Copa del Mundo, publicado en 1954 —dos años antes de su muerte—, la fuente de la historia oficial.
Arrighi concluye que Rimet era “un profesional de la falsedad” y que mintió con el fin de recibir el Premio Nobel de la Paz (cualquier semejanza con el invento de Gianni Infantino del Premio de la Paz de la FIFA otorgado a Donald Trump no es pura coincidencia). Y que Rimet no sólo no fue “el padre” de la Copa del Mundo, como se autocelebró, sino que conspiró contra la organización del primer Mundial. “Buero era un tipo honesto en medio de muchos mentirosos —cuenta Arrighi—. Pero Rimet no fue un mentiroso más: fue un impostor. Y el impostor es un especialista que amasa sus mentiras en base a ciertos hechos de verdad, como dice Javier Cercas”. La Italia de Mussolini organizaría el siguiente Mundial, el de 1934. Y, sin respetar la alternancia, Francia (Rimet), el de 1938.
¿Fue Infantino “el impostor” de la actual FIFA que ocultó la intención de venta del 20% del Mundial a un fondo de inversión ligado a Trump y al JPMorgan con su truncado “FIFA Forward Enterprise (FFE)”? ¿La UEFA —16 selecciones en el Mundial 2026— se hubiera separado de la FIFA para organizar torneos paralelos, como la Copa de las Naciones que se jugó en Suiza mientras se disputaba el Mundial de 1930 en Uruguay? ¿O se trató, apenas, de una pelea por el negocio, de sacar a Infantino y erigir como nuevo presidente de la FIFA al qatarí Nasser Al-Khelaifi, dueño del PSG (en 2027 habrá elecciones)? ¿Se expandirá, tras el primer Mundial de 48 selecciones (ingresos récord de 15 mil millones de dólares y sorpresas como Cabo Verde, mencionada por Infantino en el anuncio del FFE), a 64 equipos el del centenario en 2030, para darle más partidos además de las tres migajas de los inaugurales a Sudamérica, y después trasladarlo a España, Portugal y Marruecos, movida que le entregó la sede de 2034 a Arabia Saudita, candidata única y sostén de Infantino?
Rimet —tercer presidente de la FIFA, fundada en 1904 como una asociación europea para disputarle el fútbol a los “inventores” del Reino Unido— pretendió elevarse como él como “el inventor de la Copa del Mundo” también por celos con otro francés, el barón Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos modernos. Cuando lo hizo, en La maravillosa historia de la Copa del Mundo, Rimet había pasado 33 años como presidente de la FIFA. “Ajustó el discurso a los intereses de la naciente empresa FIFA. Para ese nuevo Rimet, era el Mundial lo que le daba dinero. Su visión ya no era deportiva, sino puramente política y profesional. Entendió que a la FIFA no le convenía dar a entender que el Mundial lo había creado también Coubertin. Lo grave es que esta lógica de marca registrada sigue intacta hasta hoy”, sostiene el historiador Arrighi.
Infantino es el noveno presidente de la FIFA. Asumió en 2016 tras el escándalo de corrupción del FIFAGate, fogoneado por el FBI (Estados Unidos) y los arrepentidos (¿el mismo Infantino?). Con o si él, la Copa de 2030 tendrá su partido inaugural en el Estadio Centenario de Montevideo, construido para el Mundial de 1930, que por poco no es “mundial”.