Por: Mónica López Ocón. Fuente: Tiempo Argentino
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“En Marrón cabeza, Walter Lezcano al fin comprende –dice en el prólogo de ese libro Fero Soriano- el mapa de su cara. Entre la violencia, el destierro, el trabajo como principio regulador de todo y su soledad, el autor narra su historia como quien se busca en el espejo y toca las cicatrices en su frente. Nos cuenta su infancia hostil, los barrios del segundo cordón del conurbano donde fue saltando con sus hermanas, su madre y los novios violentos de ella; nos revela un no destino para su vida hasta que descubre el milagroso acto de leer.
Que lea, piensa su vieja, que lea para evitar los peligros de vivir en la calle. Los libros son para Walter, su Cristo y su cruz. Y, también su única propiedad en un mundo que no tiene planes para él”.
Luego de una infancia muy violenta de la que aún Lezcano dice sentir los golpes, su vida no fue por el camino que casi podía predecirse. Hoy Walter es escritor, músico, docente y editor. Y siente que tiene una vida plena.
Pero no se crea ni por un momento que Marrón cabeza es un libro de autoayuda, ni una edulcorada historia de superación personal de esas cuya omnipotente filosofía de fondo es “tú puedes”. Tampoco es un elogio de la lectura como un higiénico acto cotidiano tal como bañarse o lavarse los dientes. Marrón cabeza bucea a otra profundidad. Dice César González en la contratapa: “La literatura salva” es una frase inofensiva que suele servir de souvenir de cumpleaños. Pero en su caso (el de Walter Lezcano) abruma literalidad”.
Se trata de un relato autobiográfico en el que la madre tiene un papel protagónico.

-¿Cómo se gestó en vos este libro?
-Decantó después de varias ideas. Por un lado, yo venía queriendo hablar un poco de mi familia. Somos tres hermanos de distinto padre y mi vieja también tiene una relación distante con su papá, mi abuelo, al que no conozco. Entonces, quería hablar de mi familia como algo desarticulado en cuanto a los padres. Por otro lado, me interesaba la idea de cómo accedemos a la cultura los «marrones», la clase baja, los pobres. Cómo es que accedemos allí… Y después, como para que este río se encauzara llegó la invitación Ana Ojeda, editora de Emecé y escritora, alguien a quien admiro mucho. Me propuso pensar un libro alrededor de cómo, en determinados contextos adversos, algunos decidimos escribir y leer. Esas tres cosas me ayudaron empezar a pensar el libro. Así comenzaron a delinearse muy rápidamente estos tres caminos que son leer, escribir y combatir y ahí empezó a gestarse el magma de este libro, que oscila entre lo autobiográfico, lo generacional, la lucha de clases y, en el centro de todo eso está mi vieja. La escritura fue tomando nuevo impulso cuando pude ver claramente el mapa del libro y empezó a tomar la forma ya definitiva.
–Me pareció muy bueno que tocando áreas muy íntimas demuestres que lo íntimo también es social, incluso más social de lo que suele creerse.
-Sí, también a mí. Era algo que venía elaborando en varios libros anteriores y que ya pensaba incluso antes de tener la suerte de publicar. Percibí que había ciertas voces, ciertos cuerpos y hasta te diría que ciertos colores de piel que no estaban tan presentes en la literatura argentina de los que empezamos a publicar en el siglo XXI, de pensar esta cuestión de cómo conectar mi historia con cosas que venía escuchando, ya sea en comidas, en la calle o circulando, simplemente. Creo que todo el tiempo pensaba en eso y también algo que me que me guiaba un poco al escribir ficción y que tiene que ver con Roberto Bolaño. Cuando él publicó Los detectives salvajes dijo que era una carta de amor a su propia generación. Esa frase me gustó mucho. Y también me interesa esa cuestión de aquello que vivimos de forma privada, siempre está totalmente filtrado y matizado por esa zona pública que tenemos algunos. Es decir por la clase social a la cual pertenecemos, los lugares por donde andamos, por las cosas que leemos, pensamos y sentimos, pero quizá sea mejor la lectura que vos haces, así que me siento súper feliz de que algo de eso esté más o menos puesto en lo que vos estás diciendo.
-Supongo que plantearte un libro a partir de un material tan sensible te habrá resultado tan valioso como, a la vez, difícil. Porque vos trabajás con hechos de primera mano, digamos, no te lo contó nadie, sino que los viviste vos. Pensé en lo terrible de no poder estar nunca resguardado, porque la pareja de tu mamá era tan vilolento. Me resultó muy admirable que hayas podido darle cabida a eso y contarlo sin morbo.
-Sí, sí, fue difícil, pero también creo haber tenido la suerte de conocer el otro extremo: conocer gente “grossa”, la alegría, la felicidad, la amistad, el amor romántico correspondido, es decir el hecho de amar, de que te amen y te lo demuestren, me parece que equilibra un poco la balanza. Pienso, incluso, que he tenido cierta suerte en la vida. Viví algunas cosas, incluso cosas hermosas que ni siquiera soñé que me fueran a tocar. Eso te arma un poquito mejor para poder contar lo malo y, sobre todo, algo que a mí me interesa mucho que es mirar de frente al daño. Mirarlo de frente.

-¿Qué significa, exactamente, mirar de frente al daño?
– Tratar de encontrar las palabras justas para poder hacer de eso otra cosa, algo medio alquímico en donde uno pueda convertir como pasa, creo, en Volver al futuro II. Convertir la basura en combustible, que la cosa horrible pueda volverse atractiva a través de la palabra, por ejemplo. Ese me parece que es un proceso de la literatura: primero la lectura, después la escritura que a mí permitió enfrentar el miedo, mirarlo bien de cerca y generar con eso una un principio de realidad y después también la potencia de la alegría. La potencia de la felicidad. La escritura es el gran contrapeso de lo malo para mí.
-¿Siempre te planteaste el libro con esta forma o tenías algún otro proyecto alternativo?
-Bueno, justo cuando surge el proyecto de este libro ya había terminado una biografía que va a salir este año por El gourmet musical sobre un letrista que se llama Marcelo “Cuino” Skornik que escribió muchas letras con Calamaro, canciones muy famosas. Escribir biografías es un trabajo desgastante. Se trata del laburo de reflejar la verdad de una vida, si es que eso existe. Entonces, como venía embalado por el libro anterior, seguí pensando qué es contar una vida. Y fue en ese momento en que empecé a pensar la segunda pregunta que es qué sería contar mi vida. Ahí fue que empecé a considerar la posibilidad de incluir la voz de mi vieja, como para cotejar mi recuerdo del pasado con el de ella. Creo que el mayor problema técnico a resolver fue ese. Ahí empieza a jugar un poco el género.
-¿Y cómo funcionó la escritura de la biografia anterior sobre Marrón Cabeza?
-Para mí funcionó como co
mo investigación, exploración y experiencia que traté ver cómo utilizar en este proyecto nuevo. Y lo que pensé es que de lo que se trata es de de ver si uno puede encontrar la verdad y si es posible acceder a ella. Entonces, en el diálogo con mi vieja me di cuenta que era una especie de duelo entre dos memorias, la memoria de mi vieja y la mía. El resultado de esa especie de diálogo o duelo es un poco lo que lo que quedó en el libro. Volviendo a los géneros, me parece que llegué a un texto híbrido o por lo menos una biografía un poco fragmentada, porque justamente la búsqueda de la verdad me fue llevando hacia esos lugares, a tratar de pensar con mi vieja cómo era mi vida y la vida de ella, tratar de pensar en relación a los textos, si en algunas poesías que escribí i estaba ese rastro de verdad. Entonces, al género un poco deforme que tiene el libro llegué por esta misma búsqueda.
-Lo híbrido está en varias cosas distintas. Lo que vos lograste es que pueda ser leído también de otra manera. En la tapa del libro, Gabriela Cabezón Cámara lo menciona como una mezcla de géneros.
-Sí, sí, quizá eso tenga ver un poco con que con que hay un tratamiento literario del material, pero a mí me gustaría también que fuera entretenido, que pueda ser experimentado también de esa forma.
-Es que es entretenido. Me parece un texto muy bien armado, con lo difícil que debe de ser escribir un relato autobiográfico. Aunque te haya dado excelentes resultados como cuestión motivadora de la escritura, que la verdad en sí misma sea tan importante es clave. Porque pensar eso presupone que se trata de un ente único y la verdad es un ente múltiple.
-Sí, totalmente, concuerdo, y creo también que hay versiones distintas de la existencia. En mi familia había algo que creo que es común en muchas familias como ciertos silencios: había un montón de cosas de las que no habíamos hablado nunca con mi vieja. Ella, podríamos decirlo así, fue como un caballo desbocado que va hacia adelante y nada más. Entonces, a mí me costaba pescarla y que me respondiera alguna pregunta, lo que para mí era importante. Hoy, ella es una persona más calma. Podría decir que más plena. Cumplió su sueño de la casa propia, se compró un auto, disfruta de sus dos nietas, mis sobrinas. Y hasta tiene un novio más joven…
Dice Lezcano: «Hasta hace poco mi vieja no me contó que en mi familia habia tobas. Yo creo que a ella misma le costó aceptarlo o verlo con claridad. Su padre, mi abuelo, era toba. Por supuesto que antes de saberlo yo me miraba al espejo y notaba que no descendía de alemanes, pero también me doy me doy cuenta de que saber que yo tenía sangre toba fue una cosa hermosa, increíble y me hizo, de algún modo que todavía estoy decodificando, entender algunas cosas mías que siento, pienso e incluso sostengo».
Y luego agrega: «Marrón cabeza, a través del diálogo con mi madre, también me permitió acceder a ese tipo de silencios, a que se rompan algunos silencios de mi familia. No solamente significó entender parte de mi vida, de mis cosas y mis pensamientos, sino también hasta te diría, y no creo estar exagerando, pero a veces pienso que ahora entiendo también por qué me gustan algunas cosas, algunas bandas, algunos libros, algunas películas e incluso por qué escribo de la forma en que escribo».
«Abrí la puerta del baño y mi mamá estaba sentada en el inodoro cortándose el yeso de su pierna derecha con un cuchillo Tramontina.
Me quedé mirándola.
Ella no se distrajo, no se detuvo ni un segundo, como si nada estuviera pasando.
La vi serruchando totalmente concentrada, decidida, implacable.
Fue un rayo instantáneo perforando mis ojos, atravesando mi cabeza, abriendo mis ojos: me di cuenta de que todo era posible.
En ese instante me volví escritor.
Faltaba un tiempo para que me pusiera a escribir de forma consciente y habitual. Recién estaba terminando la infancia, entrando a la adolescencia, empezando mi primer año de secundaria perdidamente enamorado de la lectura, y había anotado cositas en papeles que no le mostraba a nadie (…)».
Fragmento de Marrón cabeza de Walter Lezcano.