Por: Agencia Pressenza
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Javier Tolcachier- (Imagen de María Luque)
Intervención del escritor humanista Javier Tolcachier en el evento en Córdoba, Argentina que conmemoró el 81° aniversario del lanzamiento de bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki.
Es bueno conocer lo que sucedió. La memoria es uno de los tres tiempos de nuestra conciencia e incide en lo que hacemos y lo que haremos.
El 6 y el 9 de Agosto de 1945, las y los habitantes de Nagasaki e Hiroshima sufrieron la terrible catástrofe de ser bombardeados con bombas atómicas, que costaron la vida de más de 200.000 personas, entre los muertos el mismo día y los que murieron luego, sin contar las innumerables dolencias que produjo posteriormente el envenenamiento radioactivo.
Según la historia oficial, que siempre escriben y también filman los ganadores – en general para justificarse -, este hecho cruel dio por terminada la 2a. guerra mundial. Otros historiadores afirman que la guerra hubiera terminado de cualquier modo y que hubo motivaciones geopoliticas por parte de EEUU para mostrar su poderío bélico y afirmar su pretensión supremacista en el control del mundo de la posguerra.
Esto desató una carrera entre distintos países para dotarse de arsenales atómicos en el marco de la llamada estrategia de disuasión, que en términos simples puede entenderse como “si matas masivamente a mi gente, mataré masivamente a la tuya”.
Así organizaron sus arsenales nucleares luego de los Estados Unidos, la Unión Soviética – hoy Rusia – (los mayores poseedores de ojivas nucleares, totalizando casi un 90% del total) y luego China, Gran Bretaña, Francia, Corea del Norte, India, Pakistán e Israel.
En razón del aumento general de la población y su concentración en centros urbanos, un cálculo hecho por la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares dice que tan solo una bomba nuclear cayendo sobre la ciudad de Nueva York asesinaría a más de 1 millón de personas.
Según nos informa el Instituto Sueco SIPRI, la actual tendencia es que “los Estados recurren cada vez más a las armas nucleares como instrumentos de poder nacional —revirtiendo así décadas de esfuerzos por reducir su número y su papel—, a pesar de que los riesgos de errores de cálculo y de escalada van en aumento.”
En esta época de desmedido uso de la inteligencia artificial y de la colusión de las corporaciones digitales con la industria armamentista, es indudable el peligro de que la situación se descontrole por completo causando una catástrofe.
Por supuesto que la proliferación de armamento atómico ha acompañado el considerado “armamentismo convencional”, si es que podemos aceptar el término “convención” para el desarrollo de instrumentos cuyo único fin es destruir vidas humanas.
El despilfarro mundial en armamento, según la institución sueca, alcanzó en 2025 a casi 3 millones de millones de dólares, una suma equivalente a 2.7 veces el presupuesto público total combinado de los 48 países más pobres del mundo. Una suma de dinero que reconducida desde las arcas militares a la salud, la educación y otras prioridades sociales, en vez de destruir vidas, ayudaría a salvar y mejorar la calidad de vida de millones de personas.
Cifras que atestiguan lo anterior – y sirven al mismo tiempo como evidencia flagrante de la hipocresía del discurso de muchos dirigentes del llamado Norte global, señalan que 37 horas del gasto militar mundial equivalen al total de la ayuda internacional anual destinada a la educación por parte de los países donantes, según datos de 2025.
Es bueno conocer lo que sucedió, dijimos. Y bueno es conocer la situación actual, en la que el tema del armamento nuclear es usado como argumento para atacar países que supuestamente quieren desarrollarlo como en la actual agresión de Israel y Estados Unidos contra Irán para supuestamente prevenir que este último tenga también estas armas. Un argumento similar al que se usó para invadir Irak, con el pretexto de la existencia de armamento químico, lo que luego se demostró como una falacia propagandística. En otras palabras, seguir matando para supuestamente evitar que otros tengan tu mismo poder de destrucción.
Según Naciones Unidas, si las tendencias actuales continúan, el gasto militar podría alcanzar entre $4.7 y 6.6 billones para 2035, es decir entre un 50% y el doble más que ahora en diez años.
Lo que está claro, es que todo esto tiene mucho que ver (o quizás todo que ver) con los intereses de las empresas que fabrican y venden armamento. De las 10 primeras compañías armamentistas en este nefasto ránking según el monto de sus ganancias en 2024, seis son estadounidenses, una rusa, una británica y dos chinas. Solo en 2024 estas corporaciones tuvieron una ganancia combinada de más de 326 mil millones de dólares, 1,2 veces de lo que costaría acabar con el hambre mundial, según un costo estimado por un informe de Naciones Unidas.
¿Cómo vamos a parar esta espiral autodestructiva, esta enfermedad mental de creer que vamos a vivir más seguros con más armas a nuestro alrededor? ¿Cómo vamos a justificar esta inmoralidad absoluta ante nosotros mismos?
Es bueno conocer lo que sucedió, dijimos. Y bueno es conocer la situación actual, pero lo fundamental es tener claro lo que vamos a hacer a futuro.
Ante todo, es necesario que pongamos algo de luz en esta oscuridad y celebremos el avance que significa el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares aprobado en Naciones Unidas en 2017 y que ya está en vigencia desde 2021, cuando alcanzó el número de los primeros 50 países que lo ratificaron. Este tratado acaba de alcanzar los 100 países signatarios, más de la mitad de los miembros de las Naciones Unidas, mostrando el creciente apoyo de la comunidad internacional a la prohibición.
Sin embargo, ninguno de los países poseedores de armas nucleares lo ha firmado, por lo que este avance es todavía relativo.
Para nosotros, humanistas, este punto está claro. Debemos crear conciencia acerca de que continuar por esta senda equivale a una estupidez colectiva. No podemos seguir siendo rehenes de gobiernos crueles que, más allá de cualquier retórica o justificación, nos están condenando a sufrir esta amenaza.
Como lo venimos haciendo desde hace varias décadas, intentamos unir esfuerzos con muchos otros colectivos para generar una masa crítica suficiente para cambiar el rumbo de los acontecimientos sociales y políticos.
Pero no bastan los llamamientos ni los argumentos. Hay un tema clave que necesitamos abordar con urgencia y coherencia. Es necesario un cambio de mentalidad personal y colectivo, una transformación en cada uno y cada una de nosotros/as/es, para desterrar definitivamente la violencia. Es imprescindible que adoptemos un estilo de vida noviolento, cotidianamente y esto es posible de realizar si nos disponemos a ejercitarnos y a profundizar en la comprensión de su raíz.
La raíz de la violencia no está en la naturaleza humana, sino que está ligada al sufrimiento, que tampoco es parte de nuestra naturaleza. Podemos superar el sufrimiento si superamos las contradicciones, es decir, si aprendemos a actuar colocando en unidad lo que pensamos, sentimos y hacemos. Podemos superar las contradicciones y el sufrimiento, si aprendemos a tratar a los demás del modo en que queremos ser tratados. Podemos superar las contradicciones, el sufrimiento y la violencia, si abrazamos la dirección que propone el Humanismo, colocando al Ser Humano como valor central.
Así, irradiando este nuevo modo de pensar, sentir y actuar, podremos extenderlo a través de nuestro ejemplo, a los grandes conjuntos.
Caminemos juntos este camino, que no solo será bueno para nosotros y quienes nos rodean, sino también para las futuras generaciones. Abramos una nueva puerta de la historia humana, para que por ella pase la primera civilización noviolenta de la historia.
Muchas gracias por su atención.