Por: Jorge Nuñez Arzuaga. Fuente: Agencia Pressenza
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Granja Ecosolar
El presente artículo explora la transición hacia el poscapitalismo como una reconfiguración geoeconómica y social en marcha. Se analizan tres indicadores: en primer lugar, el agotamiento del modelo extractivista occidental y el consecuente desencanto subjetivo; en segundo lugar, la hiper-expansión del capitalismo de Estado altamente planificado en China; y finalmente, la emergencia de alternativas de base comunitaria basadas en la economía circular, la soberanía alimentaria y la infraestructura de inteligencia artificial de código abierto.
1. La implosión occidental
El debate contemporáneo sobre el poscapitalismo ha dejado de situarse en el plano de la especulación para convertirse en un marco indispensable sobre las condiciones de desarrollo para el mundo. En el centro de las economías centrales, el modelo de acumulación tradicional enfrenta una doble crisis terminal: una de carácter biótico y material, y otra de naturaleza subjetiva y social.
Como advierte Paul Mason (Postcapitalism: A Guide to Our Future), el avance de la economía del conocimiento y la automatización choca de frente con las dinámicas de valorización del capitalismo industrial, al tiempo que la lógica extractivista e ilimitada colisiona contra los límites biofísicos del planeta. La incapacidad del sistema para acoplar la expansión económica perpetua con la preservación ecológica ha provocado una crisis climática e industrial sin precedentes.
Paralelamente, el impacto en la esfera subjetiva se traduce en lo que Byung-Chul Han diagnostica como “La sociedad del cansancio”: el paso de una sociedad disciplinaria a un régimen de rendimiento donde el individuo se transforma en sujeto autoexplotado. La precarización sistemática del trabajo, la disolución de las mallas de protección social y el colapso de la promesa del progreso intergeneracional han incubado una desilusión que erosiona la cohesión comunitaria y fractura la legitimidad democrática en Occidente.
El economista humanista argentino Guillermo Sullings señala desde hace más de dos décadas que este agotamiento no es coyuntural sino estructural: sostiene que la concentración de la riqueza alcanzó un punto en que ya ni siquiera necesita disfrazarse de democracia de mercado, porque los grandes poderes económicos operan cada vez más a cara descubierta, sin la mediación de las instituciones que supieron legitimar al sistema. Su diagnóstico no es el de un colapso repentino, sino el de una arquitectura que se volvió insostenible por su propio diseño: no hay reforma cosmética capaz de resolver lo que es, en el fondo, un problema de concentración y de fines.
2. La alternativa oriental
Frente al repliegue financiero y la parálisis infraestructural de las potencias occidentales, el vertiginoso ascenso de la República Popular China redefine la geoeconomía del siglo XXI. Distante del dogma del libre mercado neoliberal, Beijing ha consolidado un modelo de “capitalismo de Estado fuertemente planificado” que combina el control estratégico del sector bancario con una agresiva política industrial pública (Arrighi, G.: Adam Smith in Beijing: Lineages of the Twenty-First Century).
China no solo se ha afianzado como el taller manufacturero del mundo, sino que ha monopolizado los eslabones críticos de la transición energética global. A través de iniciativas de infraestructura transcontinental como la Franja y la Ruta (conocida también como la Nueva Ruta de la Seda), el vector oriental desplaza gradualmente el eje de gravedad geopolítico hacia Eurasia, disputando la hegemonía monetaria e institucional de Occidente y demostrando la viabilidad de un desarrollo tecno-industrial fuera del consenso anglosajón.
El analista Javier Tolcachier viene describiendo este proceso como el tránsito hacia un mundo multipolar que impugna, de fondo, la pretensión de unipolaridad y el supremacismo cultural que sostuvo al colonialismo y al neocolonialismo durante siglos. Para Tolcachier, la emergencia de estos nuevos polos no es solo un reacomodamiento de poder económico, sino la posibilidad de una arquitectura internacional menos desigual, con mayor autonomía para las naciones que históricamente quedaron del lado perdedor de la globalización.
3. Prácticas emancipatorias
No obstante, la transición poscapitalista no se agota en la disputa bipolar entre hegemonías estatales o corporativas. En las grietas del sistema-mundo florece un ecosistema heterogéneo de prácticas sociales que prefiguran otros modos de producción y reproducción de la vida cotidiana.
Iniciativas como la economía circular y la ecología social desafían directamente la cultura del desecho; la fabricación industrial orientada a la durabilidad y sin obsolescencia programada recupera el valor de uso de los objetos; y las redes de soberanía alimentaria junto con el modelo cooperativista devuelven a los territorios el control democrático sobre sus necesidades vitales. Lejos de ser experimentos marginales, estas experiencias se replican y tejen redes transnacionales de resistencia y sustentabilidad.
4. Soberanía tecnológica
En este horizonte de transformación, la tecnología se sitúa como un campo de batalla crucial. Frente al extractivismo de datos y el riesgo de un oligopolio tecno-feudal liderado por los grandes conglomerados de Silicon Valley, la inteligencia artificial de código abierto (open source) y las tecnologías comunitarias emergen como vectores de soberanía digital.
Iniciativas de modelos abiertos democratizan el acceso al conocimiento y permiten auditar algoritmos transparentes adaptados a necesidades locales. Sin embargo, el desafío de la IA reside en el elevado costo de su infraestructura material (servidores y chips GPU). Para superar esta barrera sin caer en el alquiler de servicios propietarios, el ecosistema cooperativo está desplegando formas renovadas de mutualismo tecnológico (Benkler, Y.: The Wealth of Networks: How Social Production Transforms Markets and Freedom. Yale University Press):
Cómputo federado y nubes cooperativas: Agrupación de capacidades de procesamiento compartidas entre múltiples entidades para distribuir costos de adquisición y mantenimiento.
Optimización local (Local-First): Utilización de modelos cuantizados de bajo consumo energético ejecutados en servidores comunitarios o hardware local.
Fideicomisos de datos (Data Trusts): Gobernanza colectiva de la información sensible para evitar el extractivismo algorítmico y garantizar el impacto social del conocimiento generado.
5. Conclusión
El poscapitalismo no debe concebirse como un acontecimiento homogéneo. Es, por el contrario, un terreno en disputa activa donde la caducidad del extractivismo occidental y la concentración del poder tecno-estatal de la alternativa oriental chocan contra la fuerza transformadora de lo común. El futuro del siglo XXI dependerá de la capacidad de los pueblos para articular la soberanía ecológica, la democratización tecnológica y el mutualismo social al servicio de la vida.