Por: Edmundo Fuster. Consultor y Columnista de Opinión
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Corría 1982. Después de la guerra de Malvinas, la dictadura preparaba la partida, la esperanza de entonces se llamaba Raúl Alfonsín y, en ese tiempo, Julio Iglesias imponía el tema “Con la misma piedra”. La frase célebre del coro era: “Tropecé de nuevo y con la misma piedra…” Pasaron 44 años, 13 presidentes y otra vez la canción nos pinta un cuadro de época, con diferentes actores, pero las mismas escenas. O aún peores.
Luego de las peleas de escasísimo nivel y las operaciones dignas de Jugate conmigo y Cris Morena para defenestrar a la Vicepresidenta, llegó el papelón de la Ley de Tierras, la manifestación con unos cuantos violentos que duraron presos lo que duran cinco guitas en la puerta de un convento, la oposición les tumbó una ley que incluía todo, una mezcla rara de Museta y de Mimí, y nada de vender tierras a extranjeros, como si en la actualidad ya no sucediera, nada de Ley del Fuego para cambiar el destino de las tierras incendiadas.
Tampoco sucederá lo que el ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno, admitió y defendió: que, bajo la visión del Gobierno sobre las inversiones, un inversor extranjero podría comprar un pueblo entero o una provincia entera en la Argentina.
Este planteo, digno de Avivato, ese personaje de Lino Palacios, que era capaz de venderte un buzón, realmente se quedó corto.
Este proyecto, que era candidato a no salir con fritas, el Gobierno lo retiró para evitar la goleada y, entre las peleas con Lula y los cortocircuitos con nuestro principal socio comercial, la calle movilizada, el proyecto retirado y la precandidatura de Lacunza por el PRO, sacaron del ostracismo, de la pelea entre sueños de la oposición, y se juntaron todos. Algo tan obvio que iba a suceder que nadie lo podía dudar.
El Gobierno, ni lerdo ni perezoso, descubrió que, más allá de otras circunstancias, era hora de convocar al PRO para ir todos juntos, una formalidad porque mucho PRO tiene más ramitos de violetas que Sarita Montiel cantando La Violetera, pero, como en esta fiesta, nadie se quiere quedar en la puerta, todos juntos somos más.
Volvamos al principio, otra vez acuerdos superestructurales para cambiar todo desde la oposición, o avanzar con el cambio desde el oficialismo y nuevamente no solo los de siempre, sino para hacer lo de siempre y como siempre.
Ellos se juntan, se arreglan, se distribuyen o se prometen y hay que aguantarlos por períodos de 4 años o sus múltiplos.
Tal como el PRO necesitó a la UCR para ganar las elecciones y después le pagó el acompañamiento, la fiscalización y la militancia con un sándwich de mortadela, lo mismo hizo La Libertad Avanza con Juntos por el Cambio.
El que a hierro mata, a hierro muere. A cantarle a Gardel.
Esto demuestra que cuando el poderoso te llama para ir juntos, si gana te paga con nada. Te acomoda a unos pocos y al resto lo mandan a dormir.
Esta historia ya la vimos, por eso hay gente en el PRO que no quiere saber nada con la unión.
Del lado del peronismo pasa bastante parecido, aunque con algunas diferencias, se arreglan entre ellos, la gente después va y vota a quien le dicen y ahí se termina la película.
Si la novedad pasa por rebelarse a CFK, igualmente irán todos juntos para ser competitivos y repetiremos la historia que ya conocimos con Alberto Fernández, con la única diferencia que el centro del poder no estará en el Congreso sino en San José 1111, o donde La Doctora fije una nueva residencia.
Otra vez chocar con la misma piedra, arreglos superestructurales, reparto de cargos y cajas, candidaturas a dedo, un año y medio a media máquina porque ya el país y la gente, LOS NOSOTROS, realmente no le importan a nadie, toda la rosca en horarios de trabajo y en lugares públicos, la Casa de Gobierno, nacional o provincial, coches oficiales si hay traslados, un gasto impresionante que solventamos con nuestros impuestos los 47 millones de argentinos-espectadores.
Pagamos sus aspiraciones, muchas veces desmedidas, con nuestra propia vida.
Mientras nos invitan a chocar con la misma piedra, los jubilados deben llevar una vida miserable, los que cierran sus locales pasan a formar parte del ejército de Uber, a los jóvenes se les dibuja en su imaginación llevando pizzas en una moto o repartiendo en bicicleta y rezando que no aparezca alguno sin códigos y les robe la herramienta de trabajo.
Vamos marchando hacia una sociedad de adultos mayores por la baja de la natalidad y, si a los 40 y poco se te terminó el trabajo, preparate porque antes de leer tus antecedentes miran tu edad y el descarte se vuelve así automático, aunque te falten 15 o 20 años para jubilarte.
Nuestra clase dirigente, TODA (política, gremial, empresarial, religiosa, deportiva), juega a Titanes en el Ring, hace como que se pelea, nunca ninguno termina nocaut.
Mientras hacen como que hacen, la desocupación crece, la cantidad de empresas y/o emprendimientos despiden personal o bajan las cortinas, se reduce el consumo, aumenta el endeudamiento y la morosidad y pareciera que ni siquiera para estos dramas pueden ponerse de acuerdo para buscar una solución, unos porque no quieren poner una moneda y otros porque cuanto peor mejor, sin entender que los que quedamos en el medio somos los de a pie.
Entre tanto buscar la reelección y/o el fracaso del Gobierno, los usureros se hacen el gran festín, porque este desastre humanitario que afecta a varios millones de personas es responsabilidad de todos, así que ninguno nos hable del valor de la virginidad a la salida de un prostíbulo.
Chocar con la misma piedra es mirar cómo juegan con nuestras vidas.
Chocar con la misma piedra es tener que escuchar a algunos exfuncionarios, que no están presos simplemente porque la Justicia es lenta.
Chocar con la misma piedra es tolerar exabruptos, provocaciones, corrupción, patoterismo, amenazas para ahuyentar inversores, como si fuera lo más normal del mundo.
Chocar con la misma piedra es creer las fantasías que nos cuentan o prometen sin siquiera analizar cuánto hay de cierto y honesto en las propuestas.
Chocar con la misma piedra no es pedir que se vayan todos, es aceptar que se queden todos.
Chocar con la misma piedra es aceptar sin siquiera enviar una carta de lectores a un diario que los temas de corrupción duerman el sueño de los justos.
Chocar con la misma piedra es comer vidrio molido, decir “¡qué rico!” y preguntar si hay un poco más.