lunes 17 de agosto de 2026 - Edición Nº2812

Derechos Humanos | 17 ago 2026

Mitigador de Angustias.

El silencio

08:51 |Durante las tareas de búsqueda de personas vivas bajo los escombros que dejó el terremoto en Colombia, los rescatistas pedían una sola cosa: silencio. El silencio como una herramienta para la confirmación de la existencia, tendiendo un puente entre la vida y la muerte. El silencio como lo que es, un mitigador de angustias.


Por: Alexandra Vega-Rivera. Fuente: Agencia Pressenza

(Imagen de Rita Rombolotti)

Durante las tareas de búsqueda de personas vivas bajo los escombros que dejó el terremoto en Colombia, los rescatistas pedían una sola cosa: silencio. El silencio como una herramienta para la confirmación de la existencia, tendiendo un puente entre la vida y la muerte. El silencio como lo que es, un mitigador de angustias.

Necesitar y pedir silencio en medio de la angustia que produce una catástrofe natural y en un país desesperantemente ruidoso como Colombia es una tarea más que titánica. “Qué difícil”, me repetía cada vez que veía esas imágenes. Sin embargo, fue posible. Hace años en un viaje de trabajo a Colombia iba caminando por las calles de Medellín con la que era mi jefa de entonces, recuerdo su rostro exhausto y abrumado cuando me preguntó cómo había sido posible crecer e ir a la escuela en un lugar tan ruidoso. Durante el último estallido social en Colombia el comandante de una estación de policía de Bogotá admitió haber sometido a varios jóvenes detenidos a escuchar reguetón a un altísimo volumen argumentando que lo había hecho para mantenerles ocupado el pensamiento. Recordé que hace algunos meses M y yo
íbamos caminando cerca del centro de Buenos Aires con el profundo deseo de sentarnos a leer en un café y, frustrados, empezamos a hacer la cuenta de los lugares de los que salíamos con la misma rapidez con la que entrábamos porque el ruido de la música de fondo era realmente insoportable e inhabilitante de cualquier lectura, de cualquier paz. Pienso en los insoportables exhostos de las motos y en las personas que no usan auriculares o audífonos en el transporte público. En muchas ocasiones es transparente la intencionalidad con la que suben el volumen e imponen a la mayoría su estruendo. Siempre me he preguntado qué les motiva a hacer eso y hace poco tiempo descubrí que es una efectiva forma de desprecio.

Me pregunto por qué se le tendrá tanto miedo al silencio, por qué se lo ve como un recipiente vacío al que hay que llenar. ¿Tantas cosas devela que se hace hasta lo imposible por evitarlo?

Lo más importante del silencio no es el silencio en sí, sino la forma en la que repercute. Una cosa es callarse y otra es entregarse al silencio, a su escucha y existencia, a admitir su carácter ubicuo. Pienso en el silencio, pienso en silencio. Lo escucho porque el silencio absoluto no existe, el silencio absoluto indica la ausencia de vida.

Siempre hay sonidos, la vida suena, pero no es lo mismo el sonido que el ruido. En el silencio se hace posible el intercambio; pienso en todo lo que exhibe y expone. El silencio es límite frente al lenguaje, el exilio de las palabras. El silencio no busca tener la razón, es uno de los bordes de la vida.

El silencio es el espacio en el que ocurre absolutamente todo lo importante, como honrar a los muertos o encontrar a personas y animales con vida bajo montañas de escombros. Vuelvo a la imagen de la búsqueda, del silencio ofrecido para ser roto. Ese silencio como hoja en blanco, como espacio de oportunidad a las respuestas posibles: el sonido como indicador de vida o más silencio, como un llamado a la resignación.

Pienso en lo necesario que es el silencio para encontrarnos a nosotros mismos en medio de los escombros de un sistema hostil que repele la vida. Animarnos a pensar y a sentir desde el silencio y también a propósito de él, que no se nos pase la vida sumidos en la mezquindad de la bulla y el estruendo, reconocer que lo contrario al silencio no es el ruido, es la respuesta.

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