Por: Joe Atencio. Noticias ONU
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Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. Una partera realiza un masaje abdominal tradicional a una mujer embarazada en Ecuador.
Para muchas comunidades indígenas de América Latina, las parteras son mucho más que quienes acompañan un nacimiento: son guardianas de conocimientos transmitidos durante generaciones. La Organización Panamericana de la Salud reconoce su trabajo y advierte que las mujeres indígenas siguen enfrentando profundas desigualdades en el acceso a una atención segura y culturalmente pertinente.
Martha Arotingo creció viendo a su madre acompañar embarazos, partos y pospartos en las comunidades Kichwa de Cotacachi, en Ecuador. Desde niña observó a las mujeres mayores, escuchó sus conversaciones y aprendió una manera de entender el nacimiento en la que el cuerpo no está separado de las emociones, la familia, la espiritualidad ni el territorio. Sin embargo, no fue hasta que ella misma dio a luz a su primer hijo cuando comprendió que aquel conocimiento que había visto durante toda su vida terminaría marcando también su propio camino.
La partería llegó a mí a través de mi familia, mi madre, con todas las mujeres mayores que he compartido de mi comunidad
Su madre no pudo acompañarla aquel día y Martha tuvo que acudir a un hospital. Allí, asegura, sufrió violencia obstétrica. La experiencia fue especialmente difícil porque contrastaba con los partos que había presenciado junto a su madre, a quien recuerda sosteniendo a las mujeres “con tanta dulzura, con ternura”. En una palabra, “con humanidad”. Martha dice que llegó al hospital siendo una mujer joven, sola, indígena y procedente de una zona rural, esperando recibir un acompañamiento parecido al que había visto en su comunidad. No ocurrió así.
“En realidad no es que yo decidí un día convertirme en partera. La partería llegó a mí a través de mi familia, mi madre, con todas las mujeres mayores que he compartido de mi comunidad”, cuenta en una entrevista con Noticias ONU. Su madre, Luzmila Morán, continúa siendo una de sus principales maestras; su abuelo paterno fue partero y otros integrantes de su familia practicaron distintos conocimientos de medicina ancestral. Para Martha, por eso, la partería no es el trabajo de una persona aislada, sino la pertenencia a “todo un colectivo, a un entramado, a un sistema” que las comunidades han preservado durante generaciones.
La Organización Panamericana de la Salud coincide en que el papel de las parteras tradicionales indígenas va mucho más allá del momento del nacimiento. Sandra del Pino, asesora regional en diversidad cultural de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), explicó por escrito a Noticias ONU que su labor comprende dimensiones comunitarias, espirituales y culturales profundamente arraigadas y que las propias parteras se reconocen como sabedoras, consejeras y guardianas de la vida.
En comunidades rurales, indígenas o aisladas, donde los servicios médicos pueden encontrarse lejos o ser difíciles de alcanzar, las parteras pueden convertirse además en las primeras y, en ocasiones, únicas proveedoras de atención para mujeres embarazadas, puérperas y recién nacidos. Según la OPS, también pueden detectar tempranamente señales de alarma durante una urgencia obstétrica, facilitar una derivación a los servicios sanitarios y movilizar redes comunitarias de apoyo.
Para nuestros pueblos la salud no está separada de la vida
Para Martha, sin embargo, describir ese trabajo únicamente a partir de procedimientos concretos sigue siendo insuficiente. Cuando habla de las plantas medicinales, por ejemplo, no se refiere solamente a conocer sus propiedades. Significa saber dónde crece una planta, cuándo recogerla y cómo relacionarse con el territorio del que forma parte. “Para nuestros pueblos la salud no está separada de la vida”, explica. La espiritualidad, añade, atraviesa también la manera en que una familia sostiene a una mujer para que el embarazo, el parto y el posparto no sean vividos como experiencias individuales.
Por eso, Martha cuestiona los intentos de incorporar la medicina ancestral a los sistemas convencionales cuando esa integración consiste solamente en tomar algunas plantas o reproducir ciertas técnicas. “Se está dejando fuera justamente lo más importante: nuestra filosofía, nuestra cosmovisión”, afirma. Para ella, un sistema ancestral de salud no puede fragmentarse y trasladarse por partes sin perder aquello que le da sentido.
Esa preocupación encuentra eco en la propia OPS. Del Pino explica que un sistema de salud verdaderamente intercultural no consiste simplemente en añadir algunos elementos culturales a los servicios biomédicos —por ejemplo, señalización en lenguas indígenas o la posibilidad de escoger una determinada posición durante el parto—. Supone reconocer que existen diferentes sistemas de conocimientos, prácticas y formas de comprender la salud y la enfermedad, y que la relación entre ellos debe construirse desde el respeto mutuo y la horizontalidad.

Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. Una madre besa a su bebé recién nacido envuelto en una manta.
Con el paso de los años, Martha comenzó a preocuparse por otra cuestión: quién continuaría aprendiendo todos esos conocimientos. Cuando regresó a la organización de salud ancestral de la que forma parte en Cotacachi, se dio cuenta de que era prácticamente la única partera joven. Recuerda que las compañeras de menor edad rondaban ya los 50 años, mientras ella todavía no había llegado a los 30.
Comenzó entonces a proponer la creación de una escuela que permitiera transmitir los conocimientos más allá de la estructura tradicional de una madre que enseña a su hija o una abuela a su nieta. Durante algún tiempo, cuenta, la idea no tuvo demasiado eco. Entonces llegó la pandemia de COVID-19. Las restricciones dificultaron que muchas mujeres Kichwa embarazadas pudieran salir de sus territorios y Martha recuerda desplazarse junto a su madre de comunidad en comunidad para atender partos.
Lo vamos a hacer; si no lo hacen ustedes, lo voy a hacer sola
Aquella experiencia terminó por convencerla. “Decidí fundar la escuela. Dije a la organización: lo vamos a hacer; si no lo hacen ustedes, lo voy a hacer sola”, recuerda. Finalmente, otras parteras respaldaron la propuesta y crearon una escuela construida desde lo que Martha define como una visión pedagógica propia. La formación comenzó alrededor de 2021 y, según explica, hasta ahora nueve nuevas parteras han completado el proceso para regresar a trabajar con sus comunidades. La más joven tiene 24 años y ya acompaña partos.
La escuela no busca aislar a sus alumnas de la medicina occidental. Al contrario, una de las preocupaciones de las propias parteras mayores fue que las jóvenes pudieran entender a los médicos cuando acompañaran a una mujer hasta un hospital. “Ustedes tienen que saber y conocer lo que los médicos están hablando”, recuerda Martha que les decía una de ellas. Por esa razón incorporaron a la malla curricular un módulo denominado “Otras ciencias”, que incluye conocimientos de anatomía desde la medicina occidental junto a los saberes ancestrales. Algunas mujeres, dice Martha, ya han decidido acudir a hospitales acompañadas por parteras formadas en la escuela.

Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. Retrato de la partera ecuatoriana Martha Arotingo con vestimenta tradicional.
La experiencia de Cotacachi plantea una pregunta más amplia: si las parteras están dispuestas a conocer las herramientas del sistema biomédico, ¿está el sistema biomédico igualmente preparado para reconocer los conocimientos de las parteras?
Martha considera que se han producido avances. Existen médicos y otros profesionales sanitarios que reconocen el trabajo de las parteras y buscan colaborar con ellas. Pero, desde su experiencia, la relación continúa siendo “bastante inequitativa, desigual” porque persiste la idea de que el sistema biomédico ocupa una posición superior y que es la partera quien debe adaptarse para ser aceptada.
Martha insiste en que su planteamiento no es estar en contra de la medicina occidental ni reemplazarla. Lo que reclama es que ambos sistemas puedan relacionarse desde el respeto. Para ella, todavía existen ejemplos en los que la palabra interculturalidad se utiliza sin que cambie realmente la relación de poder entre quienes participan.
A veces se piensa que la interculturalidad es llamar a la partera a una reunión para enseñarte a lavarte las manos y eso no es una verdadera interculturalidad
“A veces se piensa que la interculturalidad es llamar a la partera a una reunión para enseñarte a lavarte las manos y eso no es una verdadera interculturalidad”, afirma.
La OPS sostiene que ambas perspectivas tampoco tienen por qué entenderse como opuestas. Para Del Pino, la atención basada en evidencia y el respeto a las prácticas tradicionales pueden coexistir y forman parte de una atención materna de calidad. Eso implica respetar las preferencias de las mujeres indígenas, garantizar una comunicación culturalmente apropiada y el consentimiento previo, libre e informado, pero también fortalecer la coordinación entre las parteras y los servicios médicos para identificar riesgos tempranamente y realizar una derivación cuando sea necesaria una atención especializada.
En distintos países de la región ya existen experiencias de este tipo. La OPS señala que no hay un único modelo, pero identifica varios elementos que se repiten: reconocimiento de los conocimientos tradicionales, participación de las comunidades indígenas, espacios de diálogo entre parteras y personal sanitario y mecanismos que permitan trasladar oportunamente a una mujer cuando aparecen complicaciones. La Organización ha impulsado, entre otras iniciativas, los llamados diálogos de saberes y una Herramienta de Promoción del Parto Culturalmente Seguro, desarrollada de forma participativa con parteras indígenas y personal de salud de varios países de América Latina y el Caribe.

Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. La partera Martha Arotingo asistiendo en un parto en Ecuador.
La discusión sobre interculturalidad no es únicamente una cuestión de reconocimiento cultural. Las desigualdades en salud que enfrentan los pueblos indígenas de las Américas están vinculadas también a pobreza, distancia geográfica, discriminación, barreras lingüísticas y dificultades para acceder a servicios sanitarios de calidad que respondan a sus necesidades culturales, según la OPS.
La Estrategia y plan de acción sobre etnicidad y salud 2019-2025 de la Organización advierte que la discriminación por motivos de etnicidad, incluido el racismo institucional, interactúa además con determinantes estructurales como el género y produce inequidades en salud. El documento señala que la discriminación estructural y la escasa representación de los pueblos indígenas y otros grupos étnicos en la toma de decisiones repercuten tanto en su acceso a los servicios como en la calidad de la atención que reciben.
Las mujeres indígenas [...] podían enfrentar un riesgo de muerte materna hasta nueve veces mayor que aquellas que vivían en municipios con mejor acceso a servicios y atención sanitaria
Las diferencias pueden ser especialmente pronunciadas cuando se cruzan género y etnicidad. En México, por ejemplo, el documento de la OPS señalaba que las mujeres indígenas que vivían en municipios predominantemente indígenas, con elevados niveles de marginación y aislamiento geográfico y social, podían enfrentar un riesgo de muerte materna hasta nueve veces mayor que aquellas que vivían en municipios con mejor acceso a servicios y atención sanitaria. La Organización advierte al mismo tiempo que la falta de datos suficientemente desagregados por pertenencia étnica continúa dificultando conocer la magnitud completa de estas desigualdades.
El problema tampoco se explica únicamente por la distancia de un hospital. La propia estrategia de la OPS señala que en la mayoría de los países analizados el uso de anticonceptivos modernos, la atención prenatal y la atención durante el parto eran menores entre las mujeres indígenas; incluso después de ajustar los resultados por riqueza, educación y lugar de residencia, algunas diferencias persistían.

Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. La partera ecuatoriana Martha Arotingo se encuentra en la cima de una colina con vistas a un paisaje montañoso con un lago.
Para Martha, reconocer a las parteras significa precisamente que ese reconocimiento deje de ser únicamente simbólico.
“Para mí reconocer realmente a las parteras significa pasar del discurso a los hechos, pasar a la acción”, dice. No necesita, explica, una política que simplemente declare que las parteras existen. “Nosotros sabemos que existimos desde siempre”. Lo que pide es participación en las decisiones, condiciones dignas para ejercer su trabajo y mecanismos que protejan los conocimientos de sus comunidades.
No queremos políticas diseñadas sobre nosotras, sino políticas construidas con nosotros
La OPS reconoce que los avances no han sido iguales en todos los países. Algunos han logrado convertir el reconocimiento formal en mecanismos de participación y articulación con sus sistemas sanitarios, mientras otros todavía enfrentan dificultades para consolidarlos. En su estrategia regional, la Organización ya señalaba que 17 países de las Américas habían creado algún tipo de entidad o mecanismo estatal con el mandato específico de gestionar la salud intercultural y mencionaba avances en el reconocimiento de la medicina tradicional y su articulación con los sistemas de salud en países como Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Ecuador, México, Nicaragua y Perú.
Pero para Del Pino, la participación efectiva exige algo más: respetar la autodeterminación de los pueblos indígenas, el consentimiento previo, libre e informado y su derecho a intervenir en las políticas, servicios y acciones que afectan directamente a su salud. En otras palabras, reconocerlos no únicamente como receptores de políticas públicas, sino como sujetos de derechos con capacidad para participar y decidir.
Es precisamente ahí donde la perspectiva de la OPS y el reclamo de Martha parecen encontrarse. Ella sostiene que los Estados deben sentarse con las organizaciones de parteras y con los propios pueblos indígenas antes de diseñar las políticas que los afectarán. Las personas que viven en los territorios, insiste, no deberían aparecer únicamente cuando una decisión ya está tomada.
“No queremos políticas diseñadas sobre nosotras, sino políticas construidas con nosotros”, afirma.

Foto de Jonnathan Pucachaqui. Cortesía de Martha Arotingo. La partera Martha Arotingo (derecha) participa en una ceremonia tradicional al aire libre.
En Cotacachi, Martha intenta que esa transformación comience mucho antes de llegar a los ministerios o a los grandes debates internacionales. Comienza en una escuela pequeña, con parteras mayores enseñando a mujeres jóvenes, con conocimientos ancestrales compartiendo espacio con anatomía occidental y con nuevas parteras que puedan entrar a un hospital sin dejar en la puerta aquello que aprendieron de sus comunidades.
No necesitamos del asistencialismo, necesitamos que nuestra voz en realidad se escuche y para eso necesitamos trabajar en conjunto
Martha dice que la transmisión de saberes continúa y que ya piensan en llevar la experiencia a una escala más amplia. También participa en una red nacional de parteras y considera que la incidencia política será necesaria si quieren que el reconocimiento llegue más allá de las declaraciones. Para ella, ninguna de esas aspiraciones supone escoger entre una medicina y otra; supone poder sentarse en la misma mesa sin que una sea considerada automáticamente superior.
Después de una vida aprendiendo de su madre, de las mayores de su comunidad y de las mujeres cuyos nacimientos ha acompañado, Martha resume el cambio que espera con una frase que trasciende la partería y alcanza la forma en que se diseñan las políticas para los pueblos indígenas:
“No necesitamos del asistencialismo, necesitamos que nuestra voz en realidad se escuche y para eso necesitamos trabajar en conjunto”.