Por: Javier Tolcachier. Fuente: Agencia Pressenza.
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(Imagen de succo vía Pixabay)
Falluto es un modismo utilizado en varios países de América Latina para denotar la actitud de una persona que incumple compromisos. También se usa para criticar la hipocresía o la deslealtad de alguien.
La fallutería se devela como un comportamiento habitual cuando se comparan las promesas que hacen algunos candidatos con lo que sucede al ser electos. Este modo de obrar es la razón esencial del creciente divorcio existente hoy entre la población y aquellos que pretenden dedicarse a la gestión de los asuntos públicos. Peor aún, es uno de los principales motivos por los cuales las mayorías se alejan de la actividad política, por considerarla, básicamente, falta de probidad.
La conducta “falluta” no es en absoluto novedosa. Ya en los años 80´y 90´ los adalides del así llamado “libre mercado” – un eufemismo para ensalzar lo privado y abrir el camino a la enajenación de la propiedad pública – prometieron que con las privatizaciones y los recortes de derechos sociales en el presupuesto público, habrían de sanar las llagas lacerantes de la miseria y la desigualdad. Las reales consecuencias se sintieron a finales del siglo pasado, arrojando a la desesperación y la angustia a millones de personas.
El “no hay alternativa” thatcheriano era en verdad un eco tardío de las doctrinas promovidas por Friedrich von Hayek y la llamada Escuela austríaca, en las que resonaban con fuerza las ideas del economista y filósofo Ludwig von Mises. Según nos informa la enciclopedia virtual libre Wikipedia “Mises argumenta que la economía de libre mercado no solo supera cualquier sistema planificado por el gobierno, sino que en última instancia sirve como base de la civilización misma. “. Pero lo que no se dice en esos postulados, es que la concentración del rédito y la propiedad, la cartelización empresarial y la explotación del trabajo de otros, entre otros factores, vacía de todo sentido de realidad el concepto de “libertad”.
Así es como en la actualidad, los autodenominados “libertarios” – un robo semántico del concepto defendido por el anarquismo – insisten en basar sus prácticas y proclamas en gastados ideologemas como el “derrame”, según el cual, el provecho de pocos, poquísimos, con el tiempo alcanzaría a todos. En el mientras tanto, a todos les toca empobrecerse y perder derechos. En síntesis, una teoría falluta que, a poco de implementarse, muestra la inclemente precarización social de quienes, con una importante cuota de fe ingenua, apoyaron el surgimiento de personajes respaldados por financistas, mogules tecnológicos y agentes neocoloniales. Nada nuevo, salvo el descomunal aumento desinformativo por el uso masivo de tecnologías digitales a ese fin.
Falsas dicotomías y alternativas
La fallutería constituye un hábito de las minorías acaudaladas para justificar lo injustificable y de sus empleados políticos de la derecha para granjearse la simpatía y el apoyo de aquéllas. Sin embargo, no es solo propiedad exclusiva de los sectores conservadores.
Hay también quienes, desde posiciones supuestamente progresistas, acuden para ganarse el favor de la multitud a promesas que saben no van a poder realizar, al menos respetando los parámetros del capitalismo en los contextos actuales. O callan, omitiendo las medidas radicales que deberían aplicarse para cambiar la situación de las mayorías por temor a ser objetos de linchamiento público con el concurso de la maquinaria mediático-judicial, convenientemente aceitada por los sectores económicamente concentrados.
Lo cierto es que el cuerpo social hoy se halla fragmentado, desestructurado y la desesperación individual no conduce a la unidad de los sectores populares, que más allá de las nuevas modalidades, siempre pierden. Prima la competencia y la diferencia, estimulada por el poder para crear divisiones y restar fuerza a todo posible cambio. Muy lejos de la proclama naturalista de la “supervivencia del más fuerte”, el juego actual de cartas marcadas, en el que los ganadores están previstos de antemano, estimula a lidiar para ser “el menos débil”. Así se debilita la cadena de solidaridad necesaria para quebrar el ciclo de obediencia a un (des)orden inmoral.
Sin embargo, los modelos que hoy son promocionados como alternativas, presentan igualmente severas fallas. China, por ejemplo, que se vanagloria con justeza de haber sacado a millones de sus ciudadanos y campesinos de la pobreza, no aclara que la contracara del modelo de exportación de bajo costo que le sirvió para atraer riqueza, fue el hundimiento de millones de personas de otras naciones en el desempleo y la inestabilidad laboral.
Tampoco son un ejemplo a seguir las teocracias, autocracias, burocracias y mucho menos las mentirosas democracias occidentales. ¿Qué queda entonces que pueda mostrar un camino de futuro, ante el panorama de desconcierto, incerteza y desestructuración social?
Falsas elecciones, manipulación y promesas
A pesar de ser conscientes de sus enormes defectos, archiconocidos hoy, gran parte de la militancia política progresista se esfuerza todavía por ganar elecciones. La divisa es evitar que triunfe la derecha y se haga con el manejo de los recursos que – todavía – tiene el Estado. Sobre todo de la supuesta legitimidad que confiere a quien, coyunturalmente, le es asignado dirigirlo por una – otra vez supuesta – “voluntad popular”.
Más allá de lo ideológico, acaso también en parte ese esfuerzo militante tenga relación con la posibilidad de lograr algún trabajo rentado. No hay nada de malo en ello en una región donde la subsistencia se vuelve cada vez más complicada.
Pero el punto es que se sigue creyendo – o al menos declamando – que la democracia sigue siendo el mejor sistema, que no hay alternativa a la democracia, equiparada a una mera formalidad electoral… y así siguiendo.
Sin embargo, es necesario preguntarse con cierto sentido de realidad: ¿se trata de reales elecciones o de farsas en las que el pueblo vota pero no decide? ¿Es una democracia real o una ficción que sostiene el andamiaje de un sistema antidemocrático? ¿Se puede condenar al pueblo a un nuevo ejercicio de fallutería prometiendo el cielo a corto plazo sin cambiar reglas esenciales?
Las respuestas son tan obvias como dolorosas. No hay verdad alguna en esta democracia formal, en la que el poder de decisión sigue estando en manos de las minorías.
¿Cómo entonces abrir una nueva etapa hacia una Democracia real, hacia la desconcentración del poder?
En un tejido social desvencijado, solo nuevos valores pueden colaborar con el fortalecimiento del tejido humano y sus integrantes desde la misma base social. Valores que vengan del futuro, no de glorias pasadas. Valores humanistas, que pongan al Ser Humano como centro de toda la estructura de la sociedad. Valores que están en todas las culturas y que también comienzan a mostrarse en algunas regiones, aunque oscurecidos cotidianamente por la monstruosidad del antihumanismo.
Es preciso huir del espejismo de que las dirigencias van a resolver el futuro. Tampoco los dioses, las fuerzas del cielo o los fantasmas van a proveer soluciones. Nada exime a cada individuo de su propia responsabilidad, que es esencialmente intencional, humana, y además, colectiva y temporalmente situada. Para lo cual es necesario gestar proyectos, imágenes que impulsen y guíen la acción.
Esto último lo explica de manera elocuente el pensador humanista Silo en su libro Cartas a mis Amigos: “Es la imagen y representación de un futuro posible y mejor lo que permite la modificación del presente y lo que posibilita toda revolución y todo cambio. Por consiguiente, no basta con la presión de condiciones oprimentes para que se ponga en marcha el cambio, sino que es necesario advertir que tal cambio es posible y depende de la acción humana.”
Así, en tanto comienzas a movilizarte y a crear ámbitos de humanidad junto a otros, desconfía de los fallutos que invitan a desmovilizarte y dejarle a ellos la tarea. Mira con ojos críticos al discurso estridente que promete soluciones rápidas. Su única infalibilidad radica en que te van a fallar.
Javier Tolcachier es co-fundador de la Agencia Internacional de noticias Pressenza e integra el Movimiento Humanista desde hace más de 4 décadas.