Por: Guri’s Dixit
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(c) National Galleries of Scotland; Supplied by The Public Catalogue Foundation (Imagen de El Rey Lear - Wikipedia).
«El poder no cambia a los hombres; los desenmascara.»
— Nicolás Maquiavelo, El Príncipe
En este teatro del mundo, el capitalismo muta sin pausas: fábricas que se vuelven jardines digitales, relojes que rehacen sus propios engranajes, ríos que se bifurcan tras compuertas invisibles. La robótica y la inteligencia artificial tejen nuevas sombras de poder; las plataformas gobiernan la atención humana como antes lo hacía el púlpito, y los datos son simultáneamente tesoro y prisión. Ante semejante cambio sistémico, conviene volver a los clásicos como brújula y memoria: invocar a los antiguos para descifrar el tsunami de la neoDerecha que sacude nuestras costas.
William Shakespeare no escribió para el siglo XVI. Escribió para todos los tiempos. En sus tragedias no hay tratados morales ni sistemas filosóficos cerrados, sino situaciones límite en las que los grandes dilemas del pensamiento se convierten en carne y sangre, en decisiones concretas de consecuencias devastadoras. Macbeth, Lear y Hamlet son tres diagnósticos sobre la psicología del poder, trazados antes de que la psicología existiera como ciencia.
El punto de partida es la hybris (ὕβρις): concepto griego que no significa simple orgullo, sino la voluntad deliberada de transgredir los límites impuestos a los mortales. Heródoto lo formuló con precisión quirúrgica: «La divinidad fulmina a los seres que sobresalen demasiado.» Esta idea milenaria tiene hoy nombre técnico: el Síndrome de Hubris, acuñado por el neurólogo David Owen. Sus síntomas son reconocibles en cualquier pantalla: visión narcisista del mundo, lenguaje mesiánico, fusión de la identidad personal con el Estado, progresiva pérdida de contacto con la realidad. Émile Durkheim lo habría llamado la anomia del poder: el instante en que el gobernante deja de sentir que las reglas también lo obligan a él.
Macbeth — La ambición como espiral
Aquí la locura es consecuencia, no origen: la ambición desmedida conduce a la paranoia, al delirio persecutorio, a la culpa patológica. El noble escocés no es un villano desde el inicio; es un hombre que elige mal en un instante de debilidad y descubre que volver es más difícil que seguir. El poder ilegítimo solo se sostiene mediante el terror, y el terror aísla hasta la deshumanización. Javier Milei presenta la huella de este arquetipo: la promesa de destrucción del orden existente —la motosierra como símbolo— sin proyecto de reconstrucción posterior. La violencia retórica no es accidente; es método.
Rey Lear — El narcisismo como trampa
Lear reparte su reino según la intensidad de las declaraciones de amor de sus hijas. Confunde la adulación con la lealtad; toma las palabras convincentes por verdad demostrada. Es el error filosófico que destruye a quien no distingue entre el espejo y el mundo. Donald Trump encarna este arquetipo con fidelidad casi literal: un líder cuyo ego exige validación constante y responde con furia ante cualquier fricción, distribuyendo el tuit incendiario como moneda de premio y castigo. Desinfoma informando. Su locura no es debilidad: es la lógica perfecta del poder que se alimenta de sí mismo.
Hamlet — El trauma de la integridad
A diferencia de los anteriores, Hamlet no desea el poder; lo hereda envenenado. Su dilema no es cómo conquistarlo, sino cómo actuar con dignidad dentro de un sistema intrínsecamente corrupto. En Italia, el Movimento 5 Stelle y Beppe Grillo reflejaron esta misma ambigüedad: un cómico que diagnosticó con lucidez la podredumbre del sistema italiano, pero eligió como herramienta el gesto carnavalesco —el legendario «Vaffanculo Day»— antes que la acción constructiva. El resultado fue la misma inacción trágica del príncipe danés: lúcido, paralizado, finalmente irrelevante.
En El Príncipe, Maquiavelo ejecutó una ruptura radical: separó la política de la ética. Su virtud —combinación de astucia, fuerza y audacia— exige la ferocidad del león para intimidar a los lobos y la astucia del zorro para reconocer las trampas. Shakespeare tomó ese manual y le mostró las facturas que no aparecen en sus páginas: la paranoia de Macbeth, la soledad de Lear, el agotamiento de Hamlet.
Max Weber añadió el matiz decisivo: el líder que no responde por las consecuencias previsibles de sus actos —que carece de ética de la responsabilidad— genera la espiral destructiva de Escocia bajo el tirano. El maquiavelismo sin conciencia ni objetivo no es poder: es hybris en estado puro. Solo dominación.
La performance disruptiva deja de ser estrategia y se convierte en síntoma. Los votantes no distinguen la trampa: los algoritmos han colonizado su pensamiento. Son parte del espectáculo. La democracia republicana alcanza su límite cuando el ciudadano, adoctrinado por la pantalla, deja de decidir.
CRISIS DE PARTICIPACIÓN CIUDADANA