El ruido que fundó una época
Si mal no recuerdo, el origen de la cacerola se da en el marco del gobierno de De la Rúa, en protesta del corralito, cuando la clase media experimentó en carne propia que el gobierno se podía meter también con sus ahorros. De ahí en más la volvió a sacar en varias oportunidades. Y hoy no lo hace.
La pregunta es inevitable: ¿por qué no lo hace ahora, cuando el ajuste es incluso más profundo que el de 2001?
Una primera respuesta, la que circula a diario, dice que mantiene la ilusión de que el gobierno de Javier Milei, al aplicar la motosierra a los más vulnerables de clase baja y darle todas las facilidades a las clases altas, la va a beneficiar en el corto plazo. Sin dudas la clase media también ha caído en decadencia, y su capacidad de lectura de la realidad es alucinatoria, por eso no hay cacerolazo.
Pero esa respuesta es insuficiente. No alcanza con decir que está ilusionada. Hay que preguntarse de qué está hecha esa ilusión y por qué no se rompe.
Lo que se ve y se toca: la clase media como hibridación decadente
Para lo tangible, Néstor García Canclini es clave. En _Culturas híbridas_ nos enseñó que en América Latina nada es puro. Lo culto y lo popular, lo moderno y lo tradicional no se reemplazan, se mezclan y producen cosas nuevas. La clase media argentina fue, durante gran parte del siglo pasado, el mejor ejemplo de una hibridación virtuosa.
Millones de argentinos de clase baja se vieron beneficiados y subieron un escalón cuando en nuestro país la salud, la educación y la vivienda fueron prioridad para algunos gobiernos y se planificaron de modo colectivo. El hospital público, la escuela pública, la universidad gratuita, la casa del Banco Hipotecario, la obra social sindical. Era lo colectivo puesto al servicio del ascenso individual. Era Estado y esfuerzo personal mezclados. De ahí salió aquella clase media incipiente.
Esa hibridación hoy se volvió una parodia de sí mísma.
Lo que tenemos ahora es otra mezcla, pero decadente. Canclini llama a esto estrategias de reconversión: cuando una clase pierde base material, intenta reconvertir su capital para no caer. La clase media actual vive esa reconversión todos los días. Mantiene los símbolos de elite -prepaga, colegio privado bilingüe, vacaciones afuera, consumo en shoppings- pero con ingresos, laburos y estabilidad de clase baja.
Trabaja como pobre, consume como rica y se endeuda como clase media. Tiene la prepaga, pero paga copago y no consigue turno. Tiene el título universitario, pero maneja un Uber. Tiene la casa, pero no puede pagar las expensas. Tiene el objeto, pero vaciado de contenido.
Por eso no registra el robo de lo tangible. En 2001 le sacaron los dólares del banco de un día para el otro. Fue un despojo nítido. Hoy le sacan el contenido de lo que tiene, pero le dejan la cáscara para que siga creyendo que lo tiene. Y sostener esa cáscara le ocupa todo el día. No le queda tiempo ni energía para la cacerola. Está ocupada haciendo malabares para no caerse del mapa.
Lo que no se ve: el robo de la subjetividad
Pero la pérdida más grave no es tangible, es subjetiva. Y acá Canclini ya no alcanza. Necesitamos a Silo.
Hoy la clase media se cree una elite individualista, se creyó el verso de la meritocracia y no se da cuenta que todo lo que tiene hoy es resultado del trabajo de muchos, del trabajo de un pueblo que acorde a su necesidad y expectativa se movió para que la maquinaria no se detenga y llegue hasta donde estamos.
Silo, en su _Psicología de la imagen_, dice algo simple y demoledor: nadie se mueve sin una imagen que le dé registro. Registro es esa sensación interna, corporal, afectiva, de que algo es mío, es posible y me mueve. Sin registro, una idea es solo una idea muerta.
En 2001 la imagen daba registro inmediato: «me metieron la mano en el bolsillo». El cuerpo salía solo a golpear la cacerola. Era defensa propia.
Hoy el gobierno no solo se metió con las cosas que se pueden ver y tocar, sino que se está metiendo con su subjetividad. Le cambió el paisaje de formación. Le hizo creer que su ascenso histórico fue por mérito individual y no por proyecto colectivo. Le hizo creer que es elite y no pueblo. Le robó la identidad.
¿Cómo se cacerolea contra eso? ¿Cómo salís a la calle a gritar «me sacaron quién soy»? El robo de la subjetividad no tiene imagen nítida. Es difuso, es lento, es alucinatorio. No da registro para la acción. Al contrario, da culpa, da espera, da vergüenza. Si te creés elite, no vas a salir a protestar con los de abajo, porque tu imagen de elite te dice que ya vas a ser beneficiado.
La cacerola silenciosa
Entonces, hasta que la clase media no se percate que el gobierno no solo se metió con las cosas que se pueden ver y tocar, sino que se está metiendo con su subjetividad, no va a sacar las cacerolas. Lamentable, pero es así.
No suenan las cacerolas porque el despojo de hoy es doble y es híbrido.
Canclini nos explica la mitad: le vaciaron lo tangible pero le dejaron la cáscara, y por eso no siente que le robaron. Sigue sosteniendo la escenografía de clase media con el sueldo de clase baja.
Silo nos explica la otra mitad: le robaron la imagen colectiva que le daba registro. Le pusieron en la cabeza una imagen individualista y meritocrática que no tiene futuro. Una imagen que no da registro no moviliza. Una imagen de «soy elite» no te lleva a la calle, te deja esperando en tu casa a que te llegue el beneficio que nunca va a llegar.
La cacerola volverá a sonar el día que la clase media registre en el cuerpo que la decadencia no es solo perder plata, sino haber perdido quién era. El día que entienda que todo lo que tiene no es mérito propio, sino trabajo acumulado de un pueblo. Ese día, la imagen volverá a dar registro. Y el ruido volverá.